A Sala Llena

El Ganador

La experiencia del cine es algo maravilloso de lo que jamás me recupero por completo.  Esa serie de convenciones que uno pone en marcha cuando decide comprar su entrada y sentarse en la butaca en medio de la oscuridad; ese ritual tan mágico como mundano, tan misterioso como cotidiano, como remanido y mecánico que nos deposita dentro de una especie de agujero negro en el que el tiempo, la realidad y la física son alterados para nuestro placer, nuestro embrujo y nuestro entretenimiento.

Debe haber pocas cosas que se comparen con la anticipación agitada que genera comprar una entrada de cine.

Primero la tenés en la mano, la mirás mucho, chequeás la sala y cosas por el estilo. Después, te la ponés en el bolsillo y durante todo el rato que te toma hacer la cola o comprar las golosinas, la sentís allí alojada, tibia, entera.  Cada tanto metés la mano y comprobás que esté bien, que no se arrugue, que no se pierda, que no se rompa. Tiene que estar perfecta hasta llegar a  quien deba partirla a la mitad. Por último, una vez desmembrada, cuando ya ha perdido su peso original (la entrada de cine vive menos que una mariposa), se queda quieta, desapareciendo silenciosamente, evaporándose posada en algún lugar desconocido, para ser encontrada muerta, muchos días (o años después) hecha un bollito mugriento o apelmazada por el jabón del lavarropas.

Allí estamos todos en la sala, con nuestras caras más inocentes, esperando que nos cuenten el cuento, que nos relaten la historia, que nos hipnoticen de la manera más poderosa que se pueda. Rondamos la hoguera de luz, esperando que el hechicero de la tribu diga la primera palabra.

Con esa antigua disposición, tan compleja como infantil, entramos al cine mi esposo y yo el domingo pasado, a ver El Ganador.

Habíamos estado almorzando con amigos e hicimos una sobremesa larga, muy agradable, sentados en el patio del restaurante. Estaba medio nublado, por lo que el sol entraba y salía sin estar rabioso del todo, lo que hacía que el clima estuviera benévolo y acompañara la buena charla, la comida generosa y la bebida fresca.

No habríamos tenido intención de meternos en el cine, si no hubiera sido por el hecho de que, mi dulce, fuerte y trabajador esposo, estaba con un dolor en la pierna derecha que se lo llevaba el diablo.  Habíamos planeado  caminar para encontrar un router para nuestra conexión de internet y de paso bajar un poco la comida, comprar algunas cosas para la casa, ver un par de muebles y recorrer algunas librerías, pero todo ese plan quedó suspendido y decidimos que era mejor sentarnos tranquilos en el cine a ver una película. 

Pensamos en Temple de Acero, pero, en el Multiplex de Belgrano la tenían demasiado tarde, así que, chusmeamos los horarios y la función que nos venía de pelos era la de The Fighter o El Ganador como la tradujeron acá para que, de entrada, todo aquel que no conociera la historia supiera el final  y se quedara tranquilo apenas pusiera una pata en la sala. Me pregunto por qué no la titularon El Peleador que es mucho más fuerte y adecuado, además de ser la traducción literal de su nombre  en ingles. En fin, vaya uno a saber…

La película empezó.

Arranca dejando en claro el código visual y narrativo. Una estética semi documental, con luz cruda, un poco fría y lavada, dura por momentos, que exacerba el estado de decrepitud emocional de los personajes y colabora pintando su perfil socio cultural, de manera bastante “clásica”. Por nuestra parte, nosotros estábamos con las cabezas juntas, agarraditos de la mano, solos en la fila. En el cine se sentía un olor muy confortable a pochoclos y caramelo, que se mezclaba con el aroma de las alfombras y del aire acondicionado.

El contrapunto composicional y de carácter de los dos personajes principales, también queda planteado desde el vamos.  Micky Ward (Mark Wahlberg) es callado, tímido, bonachón, algo quedado, inocente, un poco corto. Tiene destellos impresionantes de ternura y, aún así, por momentos parece detectarse una oscuridad contenida, a penas manejada y nunca liberada, que le confiere una cualidad de bestia enjaulada, de “oso” domesticado y dulce, pero salvaje al fin. Por el otro lado: Dicky Eklund (Christian Bale), hermano de Micky, boxeador retirado en perpetua amenaza de vuelta y adicto al crack.  Dicky es el opuesto exacto de su hermano en la vida, en la construcción emocional y arriba del ring. Bale hace una composición de personaje muy física, muy exterior, muy movediza y bailarina. Es un poco como si se hubiera parado frente al espejo y se hubiera dicho  Bueno pibe, qué tal si hacemos algo para el Oscar”. Se ha puesto el vestido de esas performances que a la academia parecen gustarle mucho. Bajó de peso, se inventó una calva, dejó que sus ojeras se pronunciaran debajo de sus ojos, hizo que sus dientes desaparecieran y arrancó. Aun conociendo el artificio, es imposible no quedar maravillado con él. Tiene una dinámica que se lleva puesta la pantalla y su energía física está prodigiosamente canalizada y contenida en el lenguaje puro, nuevo y genuino que construyó para el personaje.

Lo de Bale es bueno, muy bueno, sobre todo para quienes gustan de ver saltos en el aire o a tipos tragando fuego. Pero lo de Wahlberg es mejor. Su idea de personaje, su interpretación y su línea física y verbal, son de verdad ajustadas. Metida bajo esa especie de silencio tierno que acompaña al personaje, esa especie de condición de niño, de falta de intelecto, de total y absoluta supremacía de lo físico, se encuentra una composición sutil, precisa, virtuosa y despojada de artificios que pivotea magistralmente en la capacidad de leer la mente que tiene la cámara de cine.  Resulta verdaderamente sobrecogedor. Me recordó a aquel maravilloso Rocky de Stallone, en la primera y única obra maestra de la saga. Aquel personaje que iba a catapultarlo como el nuevo Al Pacino, el que tenía la mirada más buena, animal y salvaje de la historia del cine.

A medida que el film iba desarrollándose, nosotros nos íbamos acomodando y reacomodando en las butacas, sumidos en un entusiasmo primitivo y febril.  Parecíamos dos chicos. La película se te va metiendo en la sangre eufóricamente, como un partido de futbol o una jugada de truco con los amigos. Te va llevando en tour por viejas emociones, emociones que se encontraban en los cines de la infancia con las películas de Van Damme, Rob Lowe o Bruce Lee. Esas que te hacían sentir que había un sentido de justicia que reinaba en el universo, que el bueno ganaba, que el esfuerzo, el tesón, la bondad y el trabajo duro llevaban siempre al triunfo. En las que el malo recibía siempre su justo castigo y quedaba por allá atrás, cagado a palos, avergonzado y con el rabo entre las piernas, mientras al campeón lo llevaban en andas.

El Ganador es una película compleja, llena de emocionalidad, de tristeza y de fracaso, pero también de pasión, de buena estrella, de amor simple y sencillo, de vida común y silvestre, de humanidad, de fuerza bruta y necesidad de salir de la miseria. Está habitada por muchas otras grandísimas piezas de arte que vimos antes como El Luchador, Toro Salvaje, Gatica, Million Dollar Baby y la ya mencionada Rocky, pero también se las ingenia para ser nueva, diferente; para latir en un sentido único. El director, David O.Russel, arma un universo en el que, la debilidad, la enfermedad y la inocencia son cargadas con mucho peso por los hombres y la inteligencia, la ambición, la maldad y el poder real son llevados por las mujeres.

Alice Ward, (Melisa Leo) es una madre terrible y una manager abusiva, despiadada y cruel que se caga tanto en la carrera como en la vida de su propio hijo. Una mujer tan aborrecible como ignorante de su propia maldad, de su propia condición de “pedazo mierda”.  La actuación de Leo es buena, tal vez un poco grotesca y llena de lugares comunes, pero efectiva y contundente. Su transformación es verdaderamente remarcable.

Una de las cosas más alucinantes que tiene la película, es el retrato perfecto de la facultad que tienen los hijos varones de amar a sus madres aún cuando éstas son malvadas, imbéciles, descuidadas, injustas y psicóticas. Una característica tan masculina, tan varonil, tan distante de la naturaleza femenina, que verla en la pantalla  bien llevada y naturalmente representada, me dejó gratamente sorprendida. Micky soporta a su madre y la respeta, aún cuando esta lo ignora y  lo descuida, lo maltrata y lo pone en peligro. El amor oscuro, el abuso de poder y la maldad de la figura materna generan traumas tan profundos que ponen en riesgo la vida sentimental completa de sus víctimas. De eso se trata la película. Sí es una historia de superación, sí es un retrato familiar, pero, más que nada, es la historia de dos hijos cuya madre es una hija de puta y les caga soberanamente las vidas. Los dos terminan enfrentados, para comprender al final que lo único que puede redimirlos es tenerse el uno al otro en el mismo rincón.

La preferencia manifiesta que Alice tiene por Dicky es tan insoportable, tan asquerosa y estúpida que, de verdad, deseás todo el tiempo que su hijo le meta un gancho de derecha que la deje fuera de combate. Eso, por supuesto, jamás sucede. Micky la ama y la respeta por el solo hecho de que es la madre; pero eso sí, una vez que se hace de una novia más o menos inteligente, amorosa y ambiciosa, le da el botinazo a la vieja, dejándonos a todos eufóricos. Porque en este peliculón,  las cosas que pasan son las que uno quiere que pasen y el hecho de que la historia sea real, nos deja ilusionados, con la sensación de que la vida es justa.

Ya para cuando arrancó el montaje de peleas de Micky, mi media naranja y yo, estábamos al borde del frenetismo. Apenas sofocábamos nuestros gritos, levantábamos las manos, arengábamos a Wahlberg como si pudiera oírnos, no tapábamos la cara ante cada piñazo que recibía y saltábamos de sobresalto abrazándonos como si tuviéramos frío. Estábamos extáticos. ¡Nos encantaba! Si todavía fuéramos chicos, habríamos salido del cine tirando piñas.  ¡Qué bueno es cuando una película te hace sentir eso, que alucinante es involucrarse de lleno, vivirla completa y querer pararse a aplaudir! El cine es la panacea. La tarde de domingo que estábamos pasando era, simplemente, perfecta.  Nos besábamos a intervalos regulares riéndonos de nuestra propia y casi ridícula chochera.

La fotografía de Van Hoytema es un poco prosaica, pero efectiva. Bien nórdica, aporta el patetismo y la melancoholía exacta que sobrevuela el ánimo de los personajes.

El montaje de Pamela Martin es excelente, se merece amplia y justificadamente su nominación a un premio Oscar y la puesta de cámara del director se juega bastante. No porque ande de aquí para allá con el steady, si no porque se detiene en algunos planos semi largos interesantes, bien compuestos, que no retardan el relato visual, pero que por momentos lo oxigenan y lo suspenden, enriqueciéndolo pictóricamente y a la vieja usanza. Visualmente la película no tiene fallas y la banda sonora es muy pero muy buena. Cabe destacar también, otra actuación gloriosa de Amy Adams (para mí, la próxima Merryl) que encarna a Charlene Fleming, la novia de Micky. Charlene es ambiciosa y un poquito jodida, pero ama a Micky y, de alguna manera, lo rescata una y otra vez. Adams es una actriz versátil, de mucho carácter y sabe bien que su rango de posibilidades compositivas es amplio y generoso. Hace uso de su talento sin desbordes y de manera elegante y circunspecta. Me gusta esta mina, me gusta mucho.

Pero sin lugar a dudas, lo mejor de la película es esa energía que tiene, esa especie de embestida que pega contra la mala leche, contra el hastío, contra el aburrimiento.  Se despliega ante los ojos del espectador, con un fuerte perfume de revancha y, cuando de una vez lo abandona, se queda dentro de él, como un buen sabor de boca.

Por supuesto, tarde o temprano salimos del cine, el aire de la ciudad vuelve a metérsenos brutalmente por la nariz y entonces recordamos que todos vamos a morir.

Es ese el momento preciso, de volver a hacer la cola y sacar otra entrada.

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