A Sala Llena

El hombre gris (The Gray Man)

LA PELÍCULA DE LOS AMIGOS

 A Joe y Anthony Russo los conocimos en una sala de cine con Tres son multitud, una comedia de una inteligencia infrecuente que se grabó a una velocidad impresionante en nuestra memoria emotiva. Años después, los fans del cine de superhéroes tuvieron su momento de entusiasmo con los hermanos Russo: en la dupla veían a los autores potenciales de un género sin maestros. Pero después de Avengers: Infinity algo pasó y los hermanos se eclipsaron. Filmaron y escribieron otras cosas, pero ya no volvimos a encontrarlos en el cine, sino en las plataformas, con proyectos más o menos personales, de una escala infinitamente más pequeña que la de sus trabajos para Marvel. Ahora se estrenó El hombre gris en Netflix, una película filmada medida por medida para el cine, pero que no pasa por salas. Hace diez años, El hombre gris hubiera sido la película de acción de la semana, una más del montón, tal vez una tapada, que descubriríamos más por casualidad que por elección, como lo hicimos con Tres son multitud. Que El hombre gris se estrene en plataformas parece inconcebible, pero así está todo. No hablo de la calidad ni de los méritos de la película, sino del páramo yermo en el que se convirtió el cine, que ya no tiene espacio ni siquiera para estos artefactos explosivos, de los que se (nos) alimentó durante décadas. La culpa hay que echársela a las cuarentenas interminables, a la concentración y al avance incontenible del cine de superhérores, al que los Russo trataron, con algo de éxito, insuflarle algo de vida. 

Para los Russo, cine significa apropiación y revitalización de los géneros. Los hermanos son estudiantes dedicados de lo que alguna vez se llamó cine popular, y cada una de sus películas no es otra cosa que un intento de replicar y potenciar esos códigos compartidos ( a eso se dedicaron durante su largo paso por la factoría Marvel, reviviendo, por ejemplo, el cine de aventuras en la saga de Capitán América). Alumnos eternos y declarados, los Russo no saben qué es la vanidad ni conocen eso que Harold Bloom llamó angustia de la influencia: sus películas se construyen en diálogo con la historia grande del cine de manera abierta y desembozada, como si el destino mismo de lo que filman se jugara en la forma (lúdica y gozosa, nunca erudita) en la que se invoca un pasado en común.  

El hombre gris es la película y su circunstancia: desde el comienzo, los directores explicitan el sistema de referencias que estructura el relato. Aparecen, sin orden fijo, el cine de espionaje y la saga James Bond, las películas de Bourne (en especial las de Greengrass), Hombre en llamas, Jack Reacher (en especial la de McQuarrie), las tres John Wick y Michael Mann (en especial el de Fuego contra fuego). Esos reenvíos funden la cita con la invención propia, al punto que nos parece estar viendo una versión cinematográfica de El libro de los amigos de Von Hofmannsthal. 

Un pobre tipo es rescatado de la cárcel, entrenado y transformado en un agente secreto de elite lanzado a misiones imposibles (en especial las de Abrams). En algún momento, el conflicto de rigor impone que el hombre sea traicionado por la misma agencia que lo contiene y que ahora, sin red, deba medirse con todos los enemigos habidos y por haber, que llegan en oleadas, uno tras otro. 

La fórmula de los Russo es simple: el dúo se dedica a procesar ese montón de referencias tomando de cada una el nervio, la velocidad, la elegancia o la violencia que puedan extraerle. Los hermanos meten todo en una batidora industrial que arroja una criatura frankensteniana poderosa y magnificente, que pisa segura y hace ruido. Al principio la película duda, tiene traspiés, está en frío: no se sabe. La ejecución parece más una declaración de intenciones que un producto acabado, como se ve en la pelea alrededor de los fuegos artificiales, una idea de una gran belleza que, sin embargo, se cuenta mal y se ve peor. Los Russo siguen avanzando así, un poco a los tumbos pero con paso firme, como si le dijeran al público que tenga paciencia, eso que el cine de género se permite cada vez menos. Y el conjunto se va armando solo, sin que nos demos cuenta: Ryan Gosling hace por enésima vez el galán taciturno y resentido que le sale de taquito; Cris Evans (¿regalo de despedida de Marvel?) interpreta a un villano cínico y cruel que no tarda en robarse toda la película, y Ana de Armas (nunca hubo un apellido más acorde con la ficción) es la sidekick de mirada intensa y moral incorruptible, la mujer empoderada por el cine, fuera de agenda, sin marco teórico. Cual niños inmisericordes, los Russo empiezan a revolearles por la cabeza a sus personajes tiroteos, trampas, nuevos villanos y conspiraciones. A Gosling lo revientan a golpes y a cuchillazos sin despeinarlo y hasta lo llaman muñeco Ken: la máquina de guiños de los Russo es así, trabaja a futuro, con películas que todavía ni siquiera terminaron de filmarse. 

La película tiene dos momentos extraordinarios, dos escenas en las que los hermanos se inspiraron un poco por encima de la media. Una es la del combate en la calle entre Gosling, la policía y los hitmans mandados por Evans: la acción crece con un pulso impresionante sin que los directores pierdan nunca el control de la acción: todo es claro y magnífico. Imposible no pensar en la huída de los ladrones de Fuego contra fuego, pero multiplicada varias veces por sí misma y (claro) sin la precisión (ni el oído) de Michael Mann. Después está el final, un duelo a la vieja usanza que transcurre alrededor de una fuente y bebe (perdón) de los desenlaces del western y del cine de acción de los 80, cuando héroe y villano deciden medir fuerzas en igualdad de condiciones. Gosling y Evans se divierten jugando cada uno su juego: Gosling mira fijo y habla poco, que es lo que mejor le sale, y Evans aprovecha para darle un último golpe de cincel a su villano expansivo y estentóreo. Los Russo miran todo y se divierten como cualquier otro espectador: los tipos vienen de escenificar la destrucción de un antiguo caserón y ahora filman la pelea final en medio de un amanecer naranja cegador, de una solemnidad heróica y severa que agrega, al repertorio de referencias, la tragedia clásica, con su sacrifico último y sus trabajos eternos. En el fondo, ya estaba todo anunciado mucho tiempo antes, cuando el personaje Gosling cuenta que tiene tatuado el nombre de Sísifo: el que avisa no traiciona. 

(República Checa, Estados Unidos, 2022)

Dirección: Anthony Russo, Joe Russo. Guion: Joe Russo, Christopher Markus, Stephen McFeely. Elenco: Ryan Gosling, Chris Evans, Ana de Armas, Billy Bob Thornton, Alfre Woodard. Producción: Jeff Kirschenbaum, Mike Larocca, Palak Patel, Joe Roth, Anthony Russo, Joe Russo. Duración: 122 minutos.

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