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Columnas - PAULO SORIA - Fantástico inoxidable

Fantástico Inoxidable | Por qué El extraño mundo de Jack es un clásico

El extraño mundo de Jack (The Nightmare Before Christmas, 1993) propone una de las relecturas más incisivas del espíritu navideño en el cine: no como el triunfo de la familia tradicional, ni como la resolución individual del héroe, sino como el reencuentro de una comunidad con su propio sentido de pertenencia. 

La Navidad es un ritual que en el imaginario colectivo se impone como símbolo de armonía doméstica: la familia tradicional suele ser el eje sobre el cual orbitan todas las historias. Si no es Papá Noel, es alguien de ese núcleo definido como único quien restablece el orden y el milagro navideño sucede. Pero en esta película, la Navidad es un territorio ajeno para los protagonistas. El pueblo de Halloweentown ve la Navidad como algo siniestro y fascinante a la vez. 

Todo comienza con un líder de Halloweentown aburrido. Jack está cansado de hacer siempre lo mismo. Entonces, por accidente, atraviesa el portal que lo lleva hacia la tierra de Navidad y, en ese opuesto, encuentra lo que buscaba. O eso cree.

La Navidad simboliza el nacimiento, no hace falta aclararlo. Halloween es una celebración ligada a la muerte. Tampoco hace falta aclararlo. Pero lo que Tim Burton trajo aquí, con la dirección de Henry Selick y la música de Danny Elfman, es el cruce imposible. Propuso una tragedia que antes no existía, el choque de las celebraciones opuestas. Una nueva forma de hybris (la rebeldía frente a la Ley de los dioses) que comienza cuando un adorador de la muerte se aferra a la vida. Pero no es uno solo, porque Jack contagia a todo el pueblo con esa fiebre de la celebración luminosa. Entonces, la idea de lo siniestro como “lo familiar que se hace ajeno” empieza a jugar distinto, porque los habitantes de Halloweentown se presentan como la personificación de lo siniestro para los espectadores, pero son ellos quienes experimentan en verdad esa experiencia de inversión de su cotidiano, porque se verán intentando copiar una festividad que es precisamente la inversa a la propia.

Jack trae la idea personal de la fascinación. Al intentar apropiarse de la Navidad, emprende un gesto individualista: creer que la solución a su vacío interior está afuera, en otras reglas, en otra estética, en otra forma de entender el mundo. Su error no es la curiosidad, sino la fantasía solitaria de cambiarlo todo sin escuchar a nadie más. Jack se propone reemplazar a Santa Claus, pero para eso debe secuestrarlo. Y el secuestro, para colmo, lo deja en manos de tres de los personajes más hermosos de la historia del cine, que son los pibes de Oogie Boogie: Lock, Shock y Barrel. Si la ingenuidad de Jack empezó a traer problemas cuando se fascinó con las luces de los arbolitos, al convocar a este trío para la misión más terrible, llega a su clímax. Meter a Oogie Boogie en medio —pedirle a Lock, Shock y Barrel que no lo hagan y actúen solos es lo mismo que hacerlo directamente— es habilitar personalmente la entrada del villano. Oogie Boogie representa lo siniestro de lo siniestro, es la muerte en el mundo de la muerte. Una muerte muy divertida y groovera, por cierto. Pero además, representa el azar en un mundo que busca el orden, y puede ingresar a hacer de las suyas porque Jack ha roto el orden habitual. Como religiosamente el Cine de Terror propone: al quebrarse las reglas que sostienen el cosmos, el caos ingresa con toda su fuerza.

Oogie Boogie termina capturando a Papá Noel y está a punto de matarlo: el más malo de la tierra de la muerte va a terminar con el más bueno de la tierra de la vida. Pero al final no va a poder, porque primero Sally y luego Jack, van a impedírselo. El film de Burton y Selick tiene para su protagonista un final del camino diferente a lo que él buscaba y también al de los films navideños de siempre. No es la conquista de una tradición ajena lo que salva a Jack. Primero es su heroica caída y posterior retorno a casa, pero después lo heroico también se resignifica, porque, mientras el héroe navideño clásico “salva la Navidad” para restaurar el orden burgués, Jack la destruye y pone en riesgo su propia fiesta, porque Halloweentown entra en crisis también. Entonces, es la comunidad la que de pronto debe recuperar su equilibrio, y es él, como figura central, quien debe volver a ser parte de ese orden simbólico que sostenía todo. Fué él mismo quien puso todo en riesgo y no es él mismo quien comprende de buenas a primeras lo que hay que hacer para salvar a su pueblo.

Ahí aparece Sally como la voz que anticipa, advierte y piensa lo colectivo, mientras Jack sigue cegado por lo individual. Ella entiende la tragedia inminente. Su amor no es redentor por romántico y punto, sino porque introduce la preguntas que Jack no logra hacerse: ¿para quién construimos? ¿desde dónde? ¿con quién? 

Jack la escucha apenas después de haber fracasado como engendro de Papá Noel. Es recién ahí, en la aceptación de su pertenencia y en el reconocimiento del otro, cuando puede recomponer el sentido de la Navidad, de Halloween y de sí mismo.

El triunfo final no es la pareja: es la comunidad reorganizada. Es Halloween salvando Halloween para restablecer el cosmos frente a la inversión de la Navidad y el caos de Oogie Boogie con su lógica del azar. Es Jack volviendo a ocupar su lugar, pero ya no como rey solitario, sino como parte de un tejido afectivo y ritual que lo excede (y completa). Y es Sally, que desde su fragilidad indomable, instala otra forma de amor: un amor que habilita, que acompaña, que piensa, que construye. No cierra el relato en una postal hogareña, lo abre hacia un futuro compartido donde el cambio es posible porque nace de un “nosotros”.

El extraño mundo de Jack revierte el espíritu navideño al desplazar la idea de salvación individual por la de una transformación comunitaria. Y de esa batalla entre lo plural y lo individualista, nace una alianza entre Halloween y su nueva conciencia. Jack y Sally no encuentran el milagro de la navidad de siempre, iluminan uno nuevo: el amor como construcción común.

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