A Sala Llena

En contra de La Forma del Agua: Un show de magia

Se sienta en la butaca, se apagan las luces y comienzan los trucos ¿Qué es esto? Un show de magia ¿Qué es también esto? La forma del agua.

En la oscuridad vemos trucos de fotografía, color, maquillaje, sonido, vestuario, algún truquito de guión y mucho de música. Solo nos falta ver un conejo salir de la galera, pero eso no ocurre. Al menos no literalmente…

Los trucos son actos sueltos, subordinados al efecto inmediato que producen. Un efecto lindo tal vez, pero momentaneo al fin.
Cada plano trucado de la película nos es lo que a Elisa, la protagonista, le es la masturbación. Lo que se interpone en encontrar algo mejor.

Inicialmente, La forma del agua prometía. Rápidamente nos coloca en un mundo de cuento de hadas, a través de una proeza tan técnica como fotográfica. Pero ese candor inicial naufraga en un abrir y cerrar de ojos. Y ya, casi sin darnos cuenta, los restos se hunden en la corriente.

Personajes tan chatos como correctitos. Una muda huérfana, un viejo desempleado y homosexual, una mujer de color en un matrimonio perdido, un ruso idealista y un supuesto Dios anfibio. Este ultimo, el más chato de todos.
La forma del agua falla en perpetuar lo imposible. Quiere ser universal al mismo tiempo que busca glorificar a las minorías anónimas. Pero el retrato que hace de estas es banal y superfluo; el problema de Giles es que no encuentra pareja (olvidándose de su carrera profesional), Zelda termina por ser nada más que una amiga chismosa y Elisa resulta ser solo una incomprendida virginal que se emociona con huevos duros y anfibios humanoides.

Del Toro muestra ser un simple escapista, se esconde momificando lo precedente y fantaseando sobre números musicales desfasados y glorias pasadas. Como le dice Giles al anfibio: “No somos más que reliquias”. A su vez, la película condena el futuro, cualquier acción que guié un devenir histórico/legendario y que saque a la película de la fabula mínima e individualista.

El enfrentamiento entre los soviéticos y estadounidenses es un comentario al pasar, un intento de perpetuar un marco diegético limitado y superfluo. Elementos propicios para un desarrollo polémico y trágico son tachados de lado por simplificaciones. Lo familiar -la de Zelda, la familia de Strickland y la ausente de Elisa- es reducido a un cartón publicitario. La amistad -existe si, pero solo dentro de lo funcional- es una escusa para las peripecias del guión y comentarios editoriales, la otredad, el ser fantástico, por fuera de este mundo, que replantea todo lo supuesto.
El hombre anfibio resulta más una minoría social que un ser doble o fantástico. Presentar una otredad es presentar un problema, Del Toro se lava las manos del problema convocado inundando la pantalla (literalmente, con agua) de efectos y dilemas inexistentes.

Con respecto a esto ultimo, ampliamos. Elisa, con un prendedor en la forma de una mariposa, descubre en el agua una nueva condición. Moriría su forma anterior para renacer en alguien nuevo. Su muerte y resurrección es interesante, pero no hay ningún tipo de dilema que la sustente. Elisa no deja nada detrás en su mutación, ya que la película dinamitó cualquier atisbo de valores a conservar.

Rose DeWitt, en Titanic, dejaba detrás los valores maternos para unirse simbólicamente con aquellos que aprendió de Jack, ella es ahora Rose Dawson. El rotundo cambio de Rose es trágico en su naturaleza, de esta forma, para afrontar lo nuevo (recuérdese que ella se encontraba arribando a América) es menester lograr una síntesis de aquello que deseamos guardar, conservar.

En La forma del agua, cualquier forma que vaya más allá de la minoría es ridiculizada. Y cuando la película busca sublimar, no hace nada más que hundirse sobre su propio peso. Ese final al estilo de: “Vivieron felices para siempre” no presenta un entendimiento superior de la situación, nada más allá de esa cripta donde se encuentra; aquí la familia es lo mismo que la CIA, la KGB o el mesero intolerante. Es un mundo donde todo esta dicho y hecho, y lo único que nos queda es escapar a sueños musicales o ha cuentos de hadas irrealizables.

La película esta en un enamoramiento hipnótico con sus personajes. Incluso cuando hay elementos interesantes para un desarrollo ambiguo, Del Toro presenta nada más que simplezas subordinadas a sus correctas minorías. La voz, el quedarse sin voz o perderla es, en si mismo, un tema interesante para desplegar. Ahora bien, Zelda le dice a su marido: “No hablas, no escuchas”, Giles traduce las palabras de amor de Elisa, ya que esta no puede expresarlas y, por ultimo, Strickland es degollado al interponerse entre los enamorados.

Estos ejemplos muestran lo cerrado que es el mundo de La forma del agua. Cerrado en su diégesis alejada -en su configuración de lugar cincuentona- y en su desarrollo total. Asistimos al matrimonio de Zelda como algo ya condenado, carente de cualquier matiz complementario. La mudez de Elisa no es nada más que una rarificación social carente de vuelo, además, este proceder es exclusivamente utilizado para confinarla a un rol de marginal/minoría. Comparemos a Elisa con Carrie, si bien ambas sufren de impedimentos sociales, encontramos vastísimas diferencias en sus respectivas ejecuciones.

Por ultimo, Strickland en su accionar brutal y despiadado, de tintes caricaturescos, venía mostrando ser un villano interesante. La escena en que este hostiga sexualmente a Elisa resulta fundamental en el diseño paródico de un malvado ejemplar. Ya que este corrompería (parodiaría) el amor (devenido sexual) que Elisa tiene para con el hombre anfibio. De esta forma, Strickland (como cualquier villano ejemplar) debería mostrar el lado oscuro de aquello que los héroes han de proteger y propagar.

Lo malo es que este designio queda en la nada, más aún, se invierte. En la conclusión de la película, Strickland debe enfrentarse a Elisa obligatoriamente, porque de no hacerlo, este perderá su familia, su trabajo y su vida. Su superior, el comandante Hoyt, que, como nos dicen antes, “puede hacer lo que quiere”, amenaza a Strickland con “desaparecerlo del universo”. A continuación pensamos “Claro, al tipo lo obliga el militar”, Este proceder, así como lo vemos, justifica el accionar del villano de la película. El mal en La forma del agua, que nos resultaba interesante hasta este punto, cambia de una conciencia paródica a una reducción primaria, y hasta empática.
Muchas veces se dice romanticamente: “El personaje debe tomar vida propia”. Pero para lograr semejante proeza es menester darles al menos un atisbo de libertad. La maldad de Strickland habría de desarrollarse a través de su libre albedrío (potenciado por la puesta en escena), no por alegorías sociales y bíblicas de una bajeza paupérrima.

De todas formas, lo más desilusionante de La forma del agua resulte ser su cinefilia crónica (despertándonos recuerdos de La La Land) y mortuoria. Del Toro se queda con los pasitos de baile, los números musicales innecesarios y con un monstruo de plastilina. De manera simétrica, la película es una gran pecera, pero no en el sentido territorial (véase Coppola). En cambio, es un sumun de elementos simbólicos dispersos (el huevo del mundo, el capullo de la mariposa o la muerte y resurrección), referencias teológicas y metafísicas inconcluyentes (el cine Orfeo, la gata Pandora, el Antiguo Testamento o el Dios anfibio) tanto como sueños húmedos con el cine clásico de Hollywood (principalmente en su vertiente “B“)

En la pecera de La forma del agua no hay nada más que peces muertos, flotando en la inmundicia. Flotando en trucos fotográficos y musicales. Muchos espectadores probablemente señalen “Lo bueno de las actuaciones”, “Lo lindo de las melodías” o “Lo bien que esta el color verde”. Pero estos trucos dispersos no so más que partes de un diseño desarmado.
Tal vez los trucos de este show de magia cautiven. Pero les recordamos que los trucos fueron creados para apartar la vista de lo que verdaderamente esta pasando. Al fin y al cabo: Para engañarnos.

© Pedro Seva, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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