A Sala Llena

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La Mina que Queria ser Mujer de un Pistolero Francés

La Mina que Queria ser Mujer de un Pistolero Francés

 

  

El sábado pasado, a eso de las nueve y media de la mañana, con todo y bártulos, partimos con mi marido rumbo al terruño natal. Llevábamos dos cafés gigantes, facturas, el equipo de mate,  revistas cholulas, los celulares, una compu, 1700 fotos del último viaje a Europa para que todos se hartaran, regalos para los sobrinos, cosas de laburo para adelantar, valija, cajas de zapatos  y la mar en coche. El destino: Huinca,  650 kilómetros por delante para charlar, escuchar la radio, mimarnos apasionadamente o, incluso, agarrarnos de los pelos. El motivo del viaje: cumpleaños de 15 de la hija de un pariente al que no vemos nunca, pero que por esas cosas de la vida, lo hace feliz el hecho de que uno vaya. Por mi parte detesto las reuniones familiares, pero aproveché para comprarme pilcha para el evento y para pedirle a mi vieja que me hiciera una cita con mi dentista de la infancia, el único que me permite hacer todos los berrinches que quiera, debido al pánico feroz que le tengo a todo el asunto del arreglo del comedor.

En seguida que llegamos y, por el humor de mi vieja, me di cuenta que el asunto iba a venir medio complicado. Esos fines de semana con tu familia que te mandan al diván de nuevo. Así que, violín en bolsa, me puse a hurgar en los DVD de mi papá, mientras él me contaba que estaba chocho porque mi hermana le había prometido Los aventureros y que ya se la había conseguido y patatín y patatán. Me preguntó si yo no se la había traído y le tuve que contestar que no, que no me la había dado. Visiblemente desilusionado, llamó a mi hermana para reclamarle y me dejó sola con sus películas.

Descubrí entre varias (La leyenda del indomable, El golpe, El gran Gatsby, la primer temporada de Los Sopranos que yo le regalé y algunos discos ilegibles) la caja con su disco correspondiente de El profesional de Georges Lautner, la película protagonizada por Belmondo cuya banda sonora del genial Ennio Morricone, es conocida y recontraconocida hasta en los confines del universo.

Ahí nomás me eché en el sillón y puse el DVD en el equipo, acurrucándome bajo una mantita, con un chocolate calentito, humeando en la mesa ratona, a mi disposición.

La trama es bastante conocida: Joss Beaumont (Belmondo) es una asesino profesional que el gobierno francés envía a matar al presidente de Malawi, pero, en el ínterin, Malawi se vuelve aliada de Francia y el servicio secreto entrega a Beaumont a las autoridades, digamos que como para “quedar bien”. El tipo es torturado y vejado durante dos años, hasta que consigue escapar y retornar a Francia con un solo objetivo, vengarse de todos y asesinar al presidente de Malawi de visita diplomática en Paris.

A penas puse la película, en el menú, el tema de Morricone apareció, soberbio, sonando sobre la pantalla rojo shoking con la figura recortada inconfundible de Belmondo empuñando su revolver. El cañón se agrandaba hacia la izquierda del plano de manera tan romántica como amenazante. Ahí nomás, de entrada me dieron ganas de llorar. Belmondo, su campera de cuero, el tema musical, las letras amarillas sobre ese colorado tan absoluto, tan erótico, tan fatal… No pude evitar pensar en que algunas de las películas de aquel cine francés hicieron que me convirtiera en cineasta. Por la piel de un policía, Borsalino, Los aventureros…

Podría hablar del tratamiento lumínico de la película, de lo ingenuo de ciertas partes de la trama, del erotismo inocente de la época, de la chispa de Belmondo, de la magnifica música de Morricone o de cómo la película no ha resistido bien el paso del tiempo, pero no lo haré. Quiero hablar de una escena en particular que me pareció alucinante. En medio del thriller francés, una escena de western, que se lleva los aplausos.

El comisario Rosén,  antagonista despreciable de la película encarnado increíblemente por Robert Houssein, llega a los jardines del departamento de la amante de Beaumont para encontrarlo y matarlo. En una galería de extensas columnas aledaña, se produce el encuentro. Rosén camina con un presentimiento, Beaumont lo llama de atrás de una columna, saliendo de la galería y exponiéndose. Ambos quedan en un sendero que está entre los jardines y la galería encolumnada. Rosén se desprende el botón del saco. Beaumont suelta el broche de su campera. El director mete cuatro planos cortos, dos de cada uno, que se achican sucesivamente. Plano general. En eso hace su aparición un florista con un arreglo dentro de un florero de cerámica, buscando a un tal Dr. Touchard. El hombre queda al medio de los dos pistoleros, cuando se da cuenta de que algo raro está pasando, diciendo pavadas, empieza a retroceder. Plano de Rosén, plano de Beaumont, el florista retrocede, te comes los codos, el florista tropieza y deja caer el florero, Rosén desenfunda, Beaumont es más rápido y le dispara, Rosén cae muerto y el florista huye. Un duelo de western en el medio de Paris en 1981.

Mi marido se había parado a curiosear masticando una torta frita. Helado me dice: Choreale ya esta película a tu viejo. Le hago caso sin chistar y me apronto a emperifollarme para el cumpleaños de quince. Me pongo bien divina y, en el medio de la nada, con el viento y la tierra soplándome en los dientes,  me imagino que soy la amante de un pistolero francés que vuelve a vengarse y termina muerto en mis brazos mientras yo lloro con mi sombra negra en los párpados y mi cara de rock star derramándose sobre él.

En fin, soy una romántica que le voy a hacer…

¡Ah!, en el dentista me fue re bien, lloré dos o tres veces nomás.

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