A Sala Llena

La pulsión de hacer cine

Estoy sentada en mi casa, a punto de tomarme una de esas sopas instantáneas de queso. Parece que hoy, un tipo loco, la emprendió a tiros por Luis María Campos, así que por un rato tuve que recibir llamados y mensajes, que preguntaban si estaba bien, si el acontecimiento era cerca de mi casa, si yo estaba por la zona etc., etc., etc. La realidad es que todo el asunto se sucedió como a unas diez o quince cuadras así que, en mi pueblo y por las noticias, se enteraron mucho antes que yo. No sé por qué les estoy contando todo esto (jajajaja), siempre estoy contándoles un montón de cosas innecesarias. De verdad no sé por qué. Hoy quiero hablarles de algo distinto, de algo diferente. Compartir algunos devaneos, algunas ideas y, por qué no, algunos tormentos con ustedes. Pero supongo que esta cuestión de contarles y contarles cosas fútiles o triviales o, como en este caso, totalmente rayadas, viene al caso con el tema de la columna.

Estuve reflexionando sobre la escritura, la crítica y el análisis cinematográfico y he estado haciéndome algunas preguntas.

Como realizadora, siempre me he identificado profundamente con cualquiera que se lance a la aventura de hacer una película. Es por eso que, tal vez, nunca pueda criticar de manera verdaderamente objetiva, ningún film. Mi columna jamás constituye una crítica real y está bien que así sea. Pero, a veces, no puedo más que preguntarme algunas cosas. Cosas que se posan en mi pequeño cerebrito mal entretenido.

Muchas veces siento que, por alguna razón, le estoy haciendo trampa al universo. Es decir, a menudo no puedo creer mi propia suerte. Tengo mis combates, arduos de hecho, muchos, duros, feos, dolorosos pero, tiendo a creer que las bendiciones son más. Miro mi vida, y puedo distinguir claramente todas sus maravillosas facetas y encontrar luz y belleza aun cuando estoy (a veces demasiado tiempo) sumida en cavilaciones, alucinaciones, o mirando mi propio ombligo. Incluso esta columna se me antoja a veces como una trampa. Después de todo, puedo escribir lo que quiera, mirar películas, parlotear sobre mi propio film, decir lo que pienso y seguir mirando y mirando más películas. Algo así como estar en la procesión y tocar las campanas, que es algo que, de manera remarcable, define una parte importante de mi personalidad y mi constitución moral. Lo más loco, es ver como mi opinión es tomada en serio e, inclusive, tomada en cuenta. A veces contemplo toda la situación y me veo ridícula o, simplemente y más terrible, no me siento digna. Otras, se me hincha el pecho de brillantina y juro que, en una sola columna, desculé el sentido, el secreto, la verdad que se esconde a los ojos de todos.

¡Qué payasa!

Pero las preguntas están. Y sobre todo ahora, que pude estrenar mi película y estuve a merced de la crítica unos cuantos días. Algunos interrogantes vinieron a mi encuentro.

1-     ¿Qué quiero que una película haga conmigo, qué quiero que transforme?

2-     Cuando escribo sobre el trabajo de alguien más, ¿cuán a menudo olvido que el hacedor es el otro y yo soy, solamente, el observador?

3-     ¿Qué es lo que descubro a través de la mirada de alguien más? ¿Qué veo, en qué me refugio?

4-     ¿Es el cine mi ventana al universo? ¿Reside allí mi componente religioso, mi capacidad de observar y aprender cómo está habitado mi género; su sentido y su desgarro? Y si así es, ¿no debería ser en silencio que arribe a mis conclusiones?

5-     Si hay un componente espiritual, algo no secular en el proceso cinematográfico y sus logros, ¿no debería, por lo menos una parte de mí, rendirse a eso respetuosamente?

No sé, todo me da vueltas por la cabeza. Vaya a saber si alguna vez uno pueda o no descular el misterio. Eso sí, hay algo que se me ocurre bastante claro en este momento: la pulsión de hacer cine, viene siempre con una guarnición de amor por el análisis. Ahora, ¿es acaso cualquier análisis, tan importante como la película? Ayayay… Creo que, como todo en esta vida, suele tener demasiado que ver con la capacidad de los hombres de salir de sus propias pieles. Y eso, amigos queridos, es lisa y llanamente la iluminación.

¡Veri dificult!

Tal vez, el tan ansiado equilibrio, resida como siempre, en la búsqueda.

Una vez, en una película, vi una escena bastante esclarecedora con respecto de esto. Un mayordomo le hacía ver a su empleadora (que había perdido la memoria por un tiempo y había estado viviendo en la pobreza) que ella había tenido el raro privilegio de ver las cosas, verdadera y absolutamente, desde otra perspectiva. Y eso es realmente raro a los hombres. Cuando pienso en esa escena, entiendo un poco lo que pasa por mi cabeza y me siento agradecida. Aun cuando crea que hay algo tramposo en ser “arte y parte”, bendigo esa posibilidad en tanto la vida me la otorgue y me agarro de ella con uñas y dientes. En definitiva, el misterio es demasiado grande para develarlo entre cucharada y cucharada de esta sopa de queso.

¿Ustedes qué piensan?

¡Abrazo grande lúmpenes!

 

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