A Sala Llena

La Verdad Oculta

La Verdad Oculta (The Whistleblower, Estados Unidos/Canadá, 2010)

Dirección: Larysa Kondracki Guión: Larysa Kondracki, Eilis Kirwan Fotografia: Kieran McGuigan Elenco: Rachel Weisz, Vanessa Redgrave, Benedict Cumberbatch, David Strathairn, Monica Bellucci Productora: Samuel Goldwyn Films Distribuidora: Alfa. Duración: 118 minutos.

El peor de los infiernos

El tráfico de personas debe ser una de las realidades más espeluznantes, sino la más, del mundo actual, y toda película que aborde esta situación debería tener un efecto equivalente al de una piña en el medio del estómago del espectador, valiéndose exclusivamente de rasgos temáticos y jamás de otro tipo (a recordar sino el repudio de Rivette y Daney al travelling de Kapo, de Pontecorvo, apenas quince años después del Holocausto). Dicho esto, se puede afirmar que La Verdad Oculta pasa la prueba con creces. Con armas nobles e incuestionables, resulta todo lo angustiante, cruda y espantosa que debía ser.

Kathryn Bolkovac es una agente de policía de Nebraska que intenta ahorrar un poco de dinero para mudarse cerca de su hija, cuya tenencia es del padre. Desesperada, acepta un puesto en las fuerzas de paz de la ONU en Bosnia. Una vez allí descubre una enorme red de trata de esclavas. Los clientes de dicha organización son los policías, militares y diplomáticos que, al igual que ella, fueron enviados con inmunidad para ayudar en la reconstrucción de posguerra.

El film está basado en el libro de la propia Bolkovac, es decir, en hechos reales. Rachel Weisz entrega una performance notable en su encarnación de la autora.

“Mucha gente supone que la historia es demasiado escandalosa para ser real. Cuando se enteran de que la tuvimos que minimizar, quedan impactadas”, explicó la directora Larysa Kondracki acerca de las acciones que se ven en pantalla. Su película resulta aterradora no sólo por aquello que muestra sino también por aquello que oculta. El contexto posmoderno que rodea a la Guerra de los Balcanes de los 90 alimenta todo tipo de sospechas acerca de los alcances de la conspiración. Funcionarios gubernamentales, empresas privadas que trascienden las fronteras de los Estados, corporaciones fantasmas. ¿Cuál es el límite de este monstruoso mecanismo que, desde el anonimato absoluto, parece regir las coordenadas del sistema mundial?

De la intriga producida por estas cuestiones se vale La Verdad Oculta, cuyo título original es The Whisteblower. Kathryn es una “soplona” porque intenta establecer un nexo entre lo individual aberrante y lo colectivo sin rostro. En los oscuros prostíbulos de Bosnia, donde miles de jovencitas son sometidas a las humillaciones más execrables que se puedan imaginar, se percibe algo más. De repente, esos ambientes decorados con repugnantes fotos polaroid, profilácticos usados, jeringas, colillas de cigarrillo y manchas de sangre ya no parecen tan ajenos a las lujosas oficinas de la ONU en cuyo interior Estados Unidos y sus amigotes imponen el devenir de la humanidad. 

El film no concluye con declaraciones altisonantes ni discursos grandilocuentes. Cuando el escándalo se hace público, el universo posible de debate queda encerrado en la banalidad de un estudio televisivo. El testimonio acerca del infierno que se vive en Bosnia, así como sus consecuencias, no tendrán mayor impacto que el de un talk show. Televisión basura descartable en estado puro. La Verdad Oculta es una de esas historias bien contadas que quitan el aliento, que echan por tierra cualquier visión optimista del mundo por el sólo reflejo de su lado más horrendo. Lo que se muestra pasa en todo momento, en cualquier ciudad, está ocurriendo ahora mismo.

Por Julián Tonelli

Por suerte, desde hace unos años se instaló en la sociedad el debate sobre la trata de personas, en especial, la esclavización y prostitución de adolescentes. Al hacerse público un tema tan atroz, nadie puede quedar indiferente. Y es por esto mismo que toda propuesta cinematográfica que nos llega sobre el tema, debe ser analizada.

Larysa Kondracki hace su debut en la pantalla grande adaptando el libro escrito por la propia Kathryn Bolkovac, donde se denuncia los abusos cometidos por miembros diplomáticos, fuerzas especiales de la ONU, policías locales y empresas de seguridad contratadas para reconstruir la Bosnia post guerra. Bolkivac, policía en EE.UU, llega contratada por dicha empresa, y se enfrenta  con una realidad donde las mujeres no solo son golpeadas por sus maridos, sino que son traficadas como mercancía para ejercer la prostitución y los deseos del sádico de turno.
El estilo de filmar de Kondraki recuerda al Paul Greengrass más personal, con una cámara en mano estilo guerrilla, que en esta clase de películas enriquece aún más la propuesta, sobre todo para no darle un aire de cine tan clasicista a una historia muy visceral.

Pero sin lugar a dudas, uno de los puntos fuertes del film es su historia, escrita por  Eilis Kirwan y la propia Kondracki. Con una estructura  simple y apenas usando algún golpe de efecto, nos cuentan el porqué de la decisión de Bolkovac para aceptar el trabajo, pasando por su llegada y conocimiento de los “códigos” del lugar, hasta llegar al final donde los hechos sucedidos en Bosnia tomaron estado público. Quizás a alguien le moleste que tanto al inicio y al final del film se recalque que el film está basado en hechos reales, pero no debería sorprender a nadie ya que es algo tremendamente habitual a la hora de adaptar sucesos reales.

Otro gran punto a favor de la película es la actuación de la bella Rachel Weisz. Pese a tener un aspecto delicado y hasta frágil, la británica vuelve a mostrar que se siente cómoda en roles de mujeres de fuerte carácter moviéndose en mundos no solo de hombres, sino machistas. Algo así ya se vio con su Hipatya en Ágora, estrenada el año pasado.

Algo a destacar también del film es el no centrar el antagonismo en un solo personaje, sino repartirlo, demostrando que la verdadera podredumbre proviene de un sistema corrupto y de una sociedad donde la mujer se encuentra en el último escalafón.

Destacable también es la fotografía, a cargo de Kieran McGuigan, trabajando en función de la historia, logra plasmar la frialdad, tristeza y decadencia de la Europa Oriental post guerra, en este caso una Bosnia hecha pedazos.

En conclusión, La Verdad Oculta es un film crudo, duro y realista, que no busca ser preciosista en su puesta en escena, sino mostrar una realidad que está ahí, pero que lamentablemente muchos están involucrados, o peor aún, haciendo la vista a otro lado.

Por Jorge Marchisio

De hombres y hombres.

Hay palabras que se valoran más que otras y mucho más luego de asistir a la función de La Verdad Oculta, de la cual egresé con un extraño sentimiento de falta de gusto sobre lo cinematográfico que acontecía segundos antes en pantalla. “no me gustó… me parece abyecta” fue la reacción primaria ante tales acontecimientos y el motivo por el cual decidí esperar en la escritura y crítica de una obra como la que nos convoca. Pero hay palabras que cliquearon cognitivamente la percepción e hicieron razonar a este humilde servidor.

La Verdad Oculta no trata de una temática que se subyuga a la central, ni de composición de subrelatos que enriquezcan contextualmente el entramado monocromático del horror. La Verdad Oculta, de Larysa Kondracki, no toca otro aspecto de la realidad que no sea la trata de personas como problemática social, desde un plano sociológico correspondiente al imaginario colectivo sobre el valor y principio sobre tales prácticas (del tráfico de personas), recurriendo a su vez a hechos reales para dar mayor poder y fuerza a su trabajo fílmico de denuncia.

Claro y conciso. Hechos para ser contados. Una visión para ser enmarcada y lanzada al escenario como un reflector que ilumine aquello que debe verse, a aquellos a quienes debe verse y reflejar empáticamente un sentimiento que nos es propio, que no basta con un “sentarse y mirar el filme”, sino con toda una estructura mayor que condiciona la opinión y el silencio.

La Verdad Oculta nos revela a través de la imagen (formando una temática multimedia por los ámbitos que abarcaron los sucesos narrados), una verdad ya conocida pero que no estamos dispuestos a ver. Nos ilumina un sendero trazado por personas que viven y mueren para controlar, abolir, luchar, y miles de verbos más contra el tráfico, trata, maltrato, ilegalidad, etcétera, sobre el cuerpo humano, sobre el ser humano, sobre uno, sobre todos.

Es entonces preciso no solo analizar este filme como una película en sí misma y solo eso, sino que el tema da para más: habla de lugares concretos, de personas concretas, de entidades y organizaciones existentes que en las sombras manejan los hilos del títere que es el mundo y los agentes que intervienen maléficamente en él.

La protesta como imagen y sonido transmutado en celuloide proporciona, afortunadamente para el estreno en el país, una formación de conciencia que no pasará por alto. La Verdad Oculta es de los pocos filmes “basados en” que proponen el disparador como causa y fin para una reflexión intensa y verdadera sobre lo cercano de la cuestión, lo real de lo que muestra, el compromiso como modo de vida, el pensamiento seguido de acción como única vía efectiva en el todo.

Resulta ser un hecho que, en el contexto que se narra en la pieza (año 1999, Bosnia), “El Mundo” es una vía libre para todo acto criminal y para el oscurecimiento de los factores que permiten el horror, como así también de los participantes del delito. Entonces, no es que se verá un filme en La Verdad Oculta, sino una red discursiva no contingente, sino necesaria para el esclarecimiento. No hablamos de arte, hablamos de exposición de una verdad, de una porción de esa verdad y la afectación. Excelentemente expuesta por Kondracki sobre la pantalla, el relato se basa en la constante ascendente hacia el epicentro del terror, ilustrado en magistrales actuaciones que sobrepasan el lineamiento psicológico normal de la construcción de caracteres verídicos. Lo verídico esta allí, afuera, dentro, para escupir sobre el terreno silencioso, aquella voz que rezaba “El hombre es el lobo del hombre”.

Desprovista de la primeridad de catálogo enunciada, la película no resulta propia “de la abyección”, sino que esto se manifiesta de cuerpo presente a nivel conciencia en cuanto no podemos ver aquello otro que dice sin hablar el filme, pero conocemos y ya no podremos olvidar. Un ojo que captura una esencia, una vida, un propósito, y reproduce lo grabado en su retina hacia una infinidad de retención es lisa y llanamente un ojo digno de ser visado, de ser disfrutado y más que nada, de ser pensado. 

Por Uriel De Simoni

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