A Sala Llena

Crítica: Maze Runner: La Cura Mortal (Maze Runner: The Death Cure), por Alejandro Turdó

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Wes Ball. Guión: T.S. Nowlin. Elenco: Dylan O’Brien, Ki Hong Lee, Kaya Scodelario, Thomas Brodie- Sangster, Will Poulter. Producción: Wes Ball, Marty Bowen, Lorenzo Di Bonaventura.  Distribución: Fox. Duración: 142 minutos.

En el laberinto se vive mejor.

El cine del nuevo milenio recibió de brazos abiertos las adaptaciones cinematográficas de la llamada literatura young adult -YA según sus siglas- y cuenta entre sus máximos exponentes a la saga de Harry Potter, Crepúsculo y Los Juegos del Hambre. Así como cada obra del género se compone de varios volúmenes, lo mismo ocurre cuando cada uno de sus libros es trasladado a la pantalla grande, derivando en una saga cuyas aspiraciones mínimas son llegar a conformar una trilogía cinematográfica. En ciertas ocasiones la saga rebosa de éxito como en los casos mencionados, en otras todo parece estar condenado al fracaso desde el principio, y en algunos casos la saga en cuestión sufre altibajos y resultados desparejos entrega tras entrega. Este último caso es sin dudas el que mejor grafica el devenir de Maze Runner, que intenta cerrar su ciclo de la forma más digna posible con Maze Runner: La cura mortal.

Una vez más los cráneos del marketing local se preocupan por traducir de forma impactante un título sin importar la correlación con su significado original. The Death Cure hace referencia a una cura para la muerte causada por la epidemia que es uno de los temas centrales de la historia; traducirlo simplemente como “cura mortal” deforma el significado y parece dar a entender que dicha cura sólo augura una muerte segura. ¿Acaso alguna vez escucharon hablar de una cura cuyo objetivo sea la muerte?

Volviendo al film propiamente dicho, la historia retoma la lucha de Thomas (Dylan O’Brien) y su grupo de amigos sobrevivientes exactamente donde había quedado en Maze Runner: Prueba de fuego (Maze Runner: Scorch Trials, 2015), con Thomas jurando rescatar a Minho y Sonya de las garras de CRUEL, la organización que quiere capturar a aquellos jóvenes que son la clave para desarrollar cueste lo que cueste un antídoto y vencer a la epidemia que prácticamente aniquiló a la raza humana. Por supuesto siendo la organización malévola que es, el potencial antídoto sería un beneficio sólo para los elegidos.

Una elaborada secuencia inicial -que involucra un tren, vehículos todo terreno que canalizan el espíritu de Mad Max, una nave de guerra y muchos tiros entre buenos y malos- marca la fórmula que el film respetará a rajatabla: cada escena sirve como un set up para la inminente secuencia de acción que vendrá a continuación. Escapes milagrosos, tiroteos contra soldados con peor puntería que los stormtroopers del universo Star Wars y momento de un calculadísimo drama humano son elementos que nunca faltarán en cada escena.

Después del inicio prometedor que significó Maze Runner: Correr o morir (The Maze Runner, 2014) con una historia que se apoyaba en el suspenso y la incertidumbre en que sumergía tanto a los personajes como a los propios espectadores, la segunda entrada Prueba de fuego probó ser un retroceso al caer en todos los lugares comunes del cine apocalítico. Esta tercera parte Intenta volver a los elementos más atractivos de la saga -el origen de la epidemia, la función del laberinto y la particularidad de quienes eran confinados ahí- y logra elevar un poco la vara, a pesar de encandilar con secuencias de acción sobrecargadas, giros dramáticos novelescos y el regreso débilmente justificado de ciertos personajes.

Los extensísimos 142 minutos de duración se hacen sentir, en una estructura narrativa que por momentos parece olvidar su objetivo, olvidando a algunos personajes durante largos períodos y

liquidando a otros sin mucha contemplación, buscando dar peso a un tercer acto que se apura por cerrar el conflicto y darnos un final feliz que, a esta altura, tiene sabor a poco.

calificacion_3

 

 

© Alejandro Turdó, 2018 | @AleTurdo

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