A Sala Llena

Obi-Wan Kenobi

LA TELEVISIÓN COMO CINE

Obi-Wan lo perdió todo. La república que defendía se disolvió. Su aprendiz y amigo, Anakin, se pasó al lado oscuro y Obi-Wan lo mató en un duelo. O eso cree, porque en realidad Anakin sobrevivió y adoptó el nombre de Darth Vader. 

Diez años después, Obi-Wan está prófugo y lo persigue el Imperio Galáctico. Más precisamente, lo busca Vader. Porque aunque sea el villano más temible de la galaxia, en su corazón sigue siendo un aprendiz. Y necesita matar a su antiguo maestro, física y simbólicamente. 

El viejo Jedi está escondido en Tatooine, un obrero más en una fábrica. Lo vemos desesperanzado, solitario y desganado. Su única misión —y motivo para vivir— es cuidar al pibe que Anakin no sabe que tiene, Luke Skywalker. El pibe vive con sus tíos en una granja y Obi-Wan lo observa desde lejos con sus binoculares. Para Obi-Wan, Luke es una tortura viviente, un recuerdo de su mayor fracaso. También es un camino hacia la redención: si falló con Anakin, no lo hará con Luke. 

Este es el planteo inicial de la serie. Pero inmediatamente nos surge una duda: ¿qué más hay para contar? Porque la serie es una precuela del film original de 1977. Y durante este período en la ficción, Luke no puede saber mucho sobre Obi Wan, apenas lo conoce como un familiar excéntrico y distante. Entonces, ¿veremos seis horas de Obi-Wan con sus binoculares? 

La solución de los guionistas es simple: Obi-Wan irá en busca de Leia, la hermana de Luke y la hija que Anakin tampoco sabe que tiene. El canon de Star Wars —por lo menos, en la pantalla grande— no abunda en detalles sobre la relación entre Leia y Obi-Wan. Hay más tela para cortar y más espacio para la invención. 

Leia no vive en Tatooine sino en Alderaan, donde fue adoptada por la familia real, la Casa de Organa. Hasta que un día la secuestran. ¿Por qué y por quiénes? Sucede que el Imperio fundó una Orden de los Inquisidores para cazar Jedis. Y Obi-Wan es el Jedi más codiciado. Entonces una ambiciosa agente de esta orden, Reva, elabora un plan. Descubre que Obi-Wan y los Organa alguna vez mantuvieron un vinculo estrecho. Y sospecha que, si Leia fuera secuestrada como señuelo, el viejo Jedi saldría de su escondite. 

Lo que Reva obviamente ignora es que Leia no es una Organa de sangre sino la hija de su jefe, Darth Vader. Es una coincidencia telenovelesca, pero sirve de excusa para la trama. Como sea, el plan de Reva funciona y se activa la persecución. 

Este andamiaje narrativo no está mal construido, pero hay un problema de fondo: la serie de Obi-Wan empezó como un proyecto para el cine. El cambio no se debió a una decisión artística sino a una necesidad económica y estratégica. Así fue que un guión de dos horas se estiró para rellenar seis episodios. El camino de Obi-Wan Kenobi a la televisión fue tortuoso. Los primeros murmullos sobre una película se escucharon entre el 2016 y el 2018. El guionista Stuart Beattie llegó a escribir un guion completo, que sirvió de base para todo lo que siguió. También se sumó el guionista Hossein Amini y el film sería dirigido por Stephen Daldry, conocido por Billy Elliot y Las horas

Pero en 2018 hubo un volantazo de parte de Disney. Solo la correcta pero innecesaria origin story del icónico contrabandista— fracasó en taquilla y se cancelaron o pospusieron todas las apuestas cinematográficas de Star Wars. Obi-Wan Kenobi revivió al poco tiempo, pero ya como serie limitada. Amini escribió los seis episodios y se programó el rodaje para el 2020, con Ewan McGregor en el rol protagónico. Pero la presidenta de Lucasfilm, Kathleen Kennedy, frenó el proyecto de nuevo. No le convencían los guiones. Así que entró un tercer guionista, Joby Harold, para aplicar retoques. Kennedy pidió que el tono fuera más esperanzador y que la dinámica de Obi-Wan con un o una joven Skywalker no recordara tanto al Mandaloriano con Baby Yoda. (Este último objetivo no se logró: las similitudes siguen ahí). 

Finalmente, la serie de Obi-Wan se hizo realidad. Es difícil saber qué modificaciones hubo, quién fue responsable de qué y cuánto se preservó de aquel guión original de Beattie. En algún momento del proceso, el villano supuestamente sería Darth Maul y no Vader, y Leia no participaría. Pero son rumores y frases cruzadas. Lo único que nosotros podemos afirmar es lo que vemos en pantalla: el resultado es desparejo y desordenado. Hay una falta de foco narrativo, elementos repetidos, redundantes o inflados. Se notan los saltos: del cine a la tele, de un guionista a otro.  

Por ejemplo, analicemos el secuestro y rescate de Leia. Obi-Wan la salva y escapa de la emboscada de Reva. Pero luego la serie se repite y a Leia la capturan una vez más. Esto deriva en una duplicación de escenas: otro secuestro, otro plan de rescate, otra infiltración en territorio enemigo. Todo a una escala mayor que antes, sí, porque ahora Obi-Wan deberá ingresar, no en una ciudad decadente en un planeta cualquiera, sino en la base central de la Inquisición. Pero narrativamente es reiterativo, genera deja vu. 

En el medio, sucede algo peor: nos olvidamos del corazón de la serie, que termina siendo la confrontación entre Darth Vader y Obi-Wan. Este hilo se pierde entre una multiplicidad de subtramas. Durante los seis episodios de Obi-Wan Kenobi, presenciamos los inicios de la rebelión. Descubrimos una red clandestina que asiste a los protagonistas en su periplo. Conocemos a —y nos despedimos abruptamente de— varios rebeldes en el camino. Seguimos el arco personal y psicológico de Reva, desde la primera escena hasta casi la última. Asistimos a sus movidas políticas dentro de la Inquisición. Y vemos a Obi- Wan en modo paternal junto a Leia. Escuchamos a la princesa con diez años y no aprendemos nada realmente nuevo sobre su personaje, más allá de constatar que siempre fue igual de corajuda. 

Son muchos hilos. Y cuando llegamos a los episodios finales, la sensación es que lo más atractivo —el cierre emocional de una historia que empezó en 1977 y se profundizó con la última trilogía de George Lucas y la serie animada Clone Wars, la historia de Obi-Wan y Anakin, del maestro y su aprendiz— todo esto queda opacado, postergado o interrumpido por las demás subtramas. Hay fallas de equilibrio y jerarquía narrativa. La serie no sabe dónde ubicar el énfasis, a qué prestarle más o menos atención. 

Intuyo que, en este desequilibrio, algo contribuyó la transición de película a serie, la suma de nuevos eventos, diálogos, aventuras y personajes. Pero no solo se estiró la trama sino también el presupuesto. 

Uno de los fenómenos más curiosos de las producciones de Disney es que sus series y películas lucen baratas, aunque no lo sean. La empresa monopoliza el mercado audiovisual y el dinero claramente no le falta. Sin embargo, los efectos digitales de Marvel y Star Wars no convencen, están hechos a las apuradas. Se sabe el porqué: no alcanzan las horas del mes o del año para desarrollar tantos efectos y tantas producciones. La fábrica de Disney está agotando a sus artistas digitales. 

Pero hay más, carencias de imaginación visual, de puesta en escena. Cada secuencia de Obi-Wan Kenobi, cada ciudad intergaláctica y base enemiga parece despoblada y teatral. Falta tamaño, falta gente. 

Quizás la culpa sea del famoso Volumen, el soundstage de pantallas LED donde se ruedan las series de Star Wars. En principio, el Volumen abarata costos. En vez de viajar a un desierto real o construir un set completo, la producción puede montar solo parte del escenario —lo que está cerca de los actores— y dejar que el resto sea un paisaje digital en las pantallas LED, que ocupan el fondo y ayudan a iluminar la escena. Es tecnología de última línea. Pero también limita el espacio que tienen los actores y la cámara para moverse: el Volumen cuenta con un diámetro de solo 22 metros. Y si tantas secuencias de Obi-Wan Kenobi tienden al minimalismo involuntario, capaz este sea el motivo. (Por suerte, Andor, la próxima serie de Star Wars, se filmó de manera más old-school, en sets y locaciones. Ya se nota la diferencia en los trailers). 

Obi-Wan Kenobi es lo que sucede cuando obligás a una película a ser una serie: sacrificás calidad por cantidad de minutos. Y no es una anécdota aislada. Es un reflejo del estado actual del cine. 

EL CINE COMO TELEVISIÓN

Si la serie de Obi-Wan mató a la película de Obi-Wan, esto se dio en el contexto del lento asesinato del cine en general. Que las series hoy predominan sobre el cine, ya no es noticia. Pero la predominancia es tal que el cine se está transformando en serie. 

De las 20 películas que más recaudaron en 2021 a nivel mundial, casi todas pertenecen a un universo cinematográfico o son secuelas. Desde No Time to Die (la última de James Bond que cerró el ciclo de Daniel Craig) hasta F9 (de la saga Rápido y Furioso), Venom: Let There Be Carnage, Godzilla vs. Kong, Shang-Chi, Sing 2, Eternals, Black Widow, El conjuro 3 y A Quiet Place Part II

Las excepciones no son muy esperanzadoras. Duna inauguró una saga con seis libros para adaptar (si nos limitamos a los que escribió Frank Herbert) y su secuela ya está confirmada. Después, encontramos más producciones de Disney: Jungle Cruise, Encanto, Cruella y Free Guy. Y Cruella es parte de la franquicia desordenada e inconexa, pero franquicia al fin y al cabo de 101 dálmatas. Las únicas que rompen con el esquema son las producciones chinas, como Hi, Mom y La batalla del lago Changjin, de escasa distribución internacional. 

¿La película más taquillera de 2021? No Way Home, que no solo integra el universo cinematográfico de Marvel sino que además concluye una línea de ocho películas y tres generaciones de Spiderman. Es el emblema del cine serializado moderno. 

Star Wars tiene mucho que ver con este devenir serie del cine comercial. Es una franquicia que, en 1977, arrancó con su cuarto episodio, in medias res. (Y que, como es sabido, se inspiró en los antiguos seriales como Flash Gordon). Luego popularizó el concepto de universo expandido, a través de juguetes, novelas, cómics, series y videojuegos, e introdujo en el vernáculo popular el concepto de precuela. Pero hoy Star Wars no es innovadora, es la regla. 

Mi pesimismo es exagerado, lo sé. El cine seguirá en los márgenes, en los festivales, en los sitios de descargas ilegales e incluso en los servicios de streaming. Siempre habrá joyas que no pertenecen a ningún universo salvo el propio. La obsesión por las secuelas y los remakes no es nueva sino algo que define al cine comercial. 

Lo que está en juego no es la existencia del cine sino su relevancia cultural como medio masivo. Lo que domina la Conversación así con mayúscula en las redes sociales son las series: las nuevas de Marvel o el final de Better Call Saul o la próxima del Señor de los Anillos. Lo audiovisual sigue pisando fuerte. Pero ante tanta sobreestimulación y exceso de contenidos, el cine se vuelve justamente eso: contenido, algo cada vez más irrelevante, de nicho, especializado, museificado. 

No hablamos ya de películas como las de Lucrecia Martel y Raúl Perrone, que desde siempre se exhibieron en circuitos reducidos. (Lo que propone este cine, de hecho, no está en el horizonte de posibilidades para el público general. Hay mil razones —económicas, políticas y estéticas— pero el resultado es el siguiente: fuera de mi ámbito cinéfilo, me resultaría imposible defender los méritos de Zama o P3ND3J05 sin quedar como un pretencioso insufrible y sin recibir como respuesta automática, con las comisuras de los labios apuntando hacia abajo: “El cine argentino es un bodrio”.) No, las fronteras de la museificación del cine se están corriendo brutalmente. 

Hace unas semanas, salió la nueva entrega de la franquicia de Predator, Prey. Llamó la atención porque, a pesar de su linaje, no pretende instaurar, revivir o continuar un universo cinematográfico. Solo quiere darnos dos horas de una guerrera comanche luchando contra un cazador intergaláctico. Esta simpleza tan propia del viejo cine de génerose recibió como una revelación. Curiosamente, Prey no se estrenó en los cines, ni siquiera en Estados Unidos. Fue directo a streaming, más contenido para el depósito digital. Lo que podría haber sido una fiesta pochoclera se volvió un pequeño placer cinéfilo. Ni pertenecer a una franquicia la salvó. 

Entonces, si Obi-Wan no pudo tener su película, quizás no haya sido culpa de Solo sino de los tiempos que corren. 

(Estados Unidos, 2022)

Dirección: Deborah Chow. Guión: Joby Harold, Hossein Amini, Stuart Beattie. Elenco: Ewan McGregor, Moses Ingram, Vivien Lyra Blair, Indira Varma, O’Shea Jackson Jr., Kumail Nanjiani, Sung Kang, Rupert Friend y Hayden Christensen. Duración: 36–53 minutos.

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