A Sala Llena

Oculus, según Luciano Mariconda

Estado de confusión.

Las intenciones de Oculus con el espectador no son tan ambiciosas en lo cinematográfico como sí en lo sensorial. Su objetivo no es ser nuestra próxima película de terror favorita sino transformarse en nuestra droga predilecta; esa misma que altera los sentidos, que abre las puertas a pensamientos desconcertantes, que cuestiona la realidad y que contrasta dudas inquietantes sobre verdades totalitarias.

A diferencia de algunos casos perdidos, Oculus evita que su estrella sobrenatural (un espejo antiguo y misterioso) le reste poder a los humanos. En muchas ocasiones, el objeto fantástico está primordialmente iluminado mientras el resto (historia, personajes, puesta en escena) lo observa impotente desde las sombras del olvido. Este es un film que nos roza con una agradable calidez a pesar de encontrarse dentro de ese frigorífico llamado cine de terror. Es obvio el cariño que Mike Flanagan tiene por los protagonistas, gente de trazos no muy complejos pero privilegiados por la honestidad de su creador. La cámara no es cómplice de los sustos; toma de la mano a los personajes y los acompaña a través de pasillos eternos, escaleras empinadas y habitaciones asfixiantes. ¿Qué hace tan especial a Oculus? Se podría decir, para empezar, que es una obra más interesada en el quiebre cotidiano que en los espejos que conectan nuestro mundo con el más allá.

Kaylie pretende demostrarle a su hermano (que acaba de salir de un hospital psiquiátrico) que su padre no ha matado a su mujer por voluntad propia sino por una fuerza sobrenatural que se oculta detrás de un espejo. La película es elástica en los cambios temporales: viaja del presente al pasado y viceversa, construyendo puentes incluso en una misma escena. Los recuerdos son gaseosos y desconcertantes. En Oculus, la descomposición familiar comienza por lo físico, con uñas que se abren, bocas que expulsan litros de sangre, rostros que se deforman y demás atrocidades. Los personajes pagan con su cuerpo deudas que a veces no les corresponden. Pero, ¿no toda película de terror se trata de lo mismo? Sí, pero en Oculus el ardor de las heridas persiste en el tiempo y la sangre pesa demasiado. Es únicamente equiparable al dolor que sienten los niños cuando sus padres discuten a los gritos.

Oculus prefiere no preguntar qué es verdad y qué es fantasía, directamente las cruza. Si un espectro termina siendo una persona entonces una manzana puede ser una lamparita de luz a punto de ser mordida. Todo se trata de la desconfianza, hasta el punto de hacernos dudar de la propia película, que gira y gira en vueltas de tuerca mínimas pero interminables. En una muy buena secuencia, Kaylie (la pelirroja Karen Gillan) arma un laboratorio con cámaras, sensores, y otros aparatos para demostrarle a su hermano que su teoría es cierta. Es una puesta del placer empírico, como los experimentos químicos que los niños hacen en su hora favorita de clases: es entusiasmo adulto, es diversión infantil. El film, como la protagonista, también quiere demostrar algo: los clichés que conocemos de memoria están ahí (los fantasmas, los objetos misteriosos, la ruptura entre padres e hijos, la tecnología en oposición a lo sobrenatural), pero lo que antes era familiar ahora tiene el aterrador rostro de lo desconocido.

calificacion_4

Por Luciano Mariconda

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