A Sala Llena

Otoño en Buenos Aires

Ay, ay, ay… se vino el frío nomás. Sip, llegó el otoño y yo soy como una especie de termostato humano, o mejor, de calendario climático humano: no importa cuánto calor haga, si pasó el 21 de marzo, yo ya tengo frío. Así que acá estoy, ya con mis botas “pata de oso” y mis trapos abrigadores dándome vueltas al cuerpo. Que cafecito de acá, que mate cocido de allá, que sopita… Todo lo que le traiga un poco de calor al alma, aunque por estos días, la gente todavía tenga alucinaciones veraniegas.

Ando hecha una hilacha. Este primer trimestre del año viene convulsionado. Primero, mi terapeuta dio por “agotado” el tratamiento, o mejor dicho, me “hizo una oferta que no pude rechazar” para que viera a un psiquiatra, porque le quemé los libros. Y ante mi negativa, al sorete el laburo de seis años sin siquiera una sesión de cierre; después, mi vieja me dice que tengo el culo gordo, haciendo tambalear toda la estantería en la que apoyo la idea de que me parezco a Megan Fox. Además estoy endeudada hasta la coronilla, como nunca, y encima de todo, mi gata me mordió una mano y tuve que fumarme un protocolo de antibióticos y una antitetánica. Y sí, todas esas cosas amargan un poco a cualquiera. Pero la tristeza profunda viene por otro lado.

Alguien murió.

Y entonces todo se pone en compás de espera. Todo se detiene, todo se congela. Y acá estoy, huérfana de miedo. Con el llanto a flor de piel, a flor de ojos. Desconcertada y con sueños estériles. No voy a extenderme con esto, no cederé a la queja, porque era hermosa, elegante y fuerte. Y quiero ser digna de su sonrisa. Solo diré que aprendí de ella y que la admiré, tanto. La quise, y espero haberle dado algo de amor, todo lo que importa a fin de cuentas, y lo que más me cuesta dar.

Amiga, héroe, miedo, leona.

Hay una hoguera ardiendo dentro de mí. Pero esa hoguera está en medio de una extensa planicie nevada. La hoguera me acompaña desde que nací, la extensión blanca es nueva y me asusta. Es solitaria y se adivina infinita. Y llevo a cuestas ese paisaje donde quiera que vaya, donde quiera que mire. A donde sea que reciba semilla, o agua. Y así me planto frente a todo, y veo lo que el mundo me ofrece o me quita.

Y Cuarteto, de Eduardo Rovner, me confrontó crudamente con mi estado emocional.

El sábado, a las 21:00 hs, el Chuchi y yo nos encontramos en el CELCIT, con una obra de tal potencia, de tal crudeza y patetismo, que los dos no pudimos más que quedar atravesados por este hondo y escalofriante tour de force. La obra, con dirección y puesta de Gaby Fiorito, se yergue sobre el espectador como la sombra inefable de la verdad y le late en las sienes, secreteando la muerte. Si bien todo el asunto metaforiza lo que fue la última dictadura militar en Argentina, la cosa vuela más allá de su origen y se instala como un dispositivo catalizador de la materia emotiva e intelectual que compone al espectador, y se resignifica con cada mirada. Con una puesta física y sensorial muy fuerte, Mauricio Chazarreta, Javier Guerrero, Ivan Steinhardt, Guillermo Tassara y Romina Pinto, llevan a cabo performances del carajo, con destellos de virtuosismo genuino.

El poder de la pieza reside en el manejo preciso, casi quirúrgico, de los contrapuntos entre la comedia desopilante y el drama sórdido. La dirección y la puesta son magistrales.

En particular, me sentí interpelada durante toda la función. Tal vez porque estaba un tanto en carne viva, fue que a cada entrada del personaje de Romina Pinto, que trae con ella la verdad, el dolor y la realidad de las cosas por sobre el delirio general imperante, yo desviaba la mirada. No podía mirarla. Aun así, el color que eligió para su voz en esta composición es tan valeroso, que se me metía por las orejas provocándome, desasosegándome, poniéndome frente a mi propio miedo, frente a mi propia inadecuación.

Lloré muchas veces y me reí mucho. La obra me conmovió hasta los huesos. Pero lo que más me sorprendió, fue lo mucho que le gustó y que modificó al Chuchi. En la mañana del domingo me despertó con unos mates y seguía tomado por la obra. Estuvimos todo el desayuno desguazándola, reviviéndola y poniéndonos de acuerdo en eso de verla de nuevo una y mil veces. Y ustedes, bestias mías asquerosas, repugnantes, deberían hacer lo mismo. La cita es en el CELCIT, Moreno 431, los sábados a las 21:00 hs. Quedarán verdaderamente conmovidos, cambiados, deconstruidos.

Si queridos amigos, el otoño ya llegó. Y como se caen las hojas, también se caen las lágrimas.

Dicen que hay que sacarlo todo afuera. Yo lo hago casi sin tregua. Aunque todo lo que haya para sacar a veces sea basura y mierda, he aprendido a encontrar la belleza en eso también. Porque siempre hay una estrella que mirar, una que nos enciende los ojos y nos tranquiliza, nos perdona y nos hace mejores. Y supongo que cada uno de ustedes tiene alguna que buscar en el cielo de la tardecita, para sentirse cobijado.

 

Por Laura Dariomerlo

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