A Sala Llena

Parir una Película

Para una mina como yo, sugestionable, susceptible, impresionable, hipersensible y cagona, ir a ver una película como 127 Horas, equivale redondamente a una patriada. Aún así, el martes por la tarde, me bañé, me peiné con peine fino, me puse mi remera de A SALA LLENA y salí rumbo al Abasto a la premiere. Iba hecha una pinturita, perfumadita y todo y allí me encontré con los pibes de la página, que también ostentaban sendas camisetas, mientras iban de un lado al otro, organizando el asunto que, para nuestra gran alegría, salió a pedir de boca.

Debo decir que me costó un Potosí decidirme a ir de una buena vez, porque se suponía que mi querido, amado, fornido y contenedor marido iba a acompañarme en la aventurita pero, a último momento, el vuelo que debía traerlo desde Paraná se retrasó dos interminables horas y me tuvo que dejar olímpicamente en banda, solita y desamparada.

Ya mientras hacíamos la cola estaba totalmente de la cabeza. La ansiedad se me iba desatando lenta y pavorosamente, haciendo que las manos me sudaran, el pulso se me acelerara sutilmente y la respiración me fuera consciente y trabajosa.  Por suerte, a mi lado en la espera estaba Mariano, pibe amigo de la página que (¡pobre!) resultó, tristemente para él, mi cable a tierra de la noche.

Nos acomodamos en las butacas, chusmeamos la cantidad de gente que se iba sentando atrás nuestro, nos tomaron unas cuantas fotografías a la fuerza y se apagaron las luces. Nos tocó re adelante, por lo que mis enormes anteojos resultaron innecesarios, así que los volví a meter en la cartera, al tiempo que ponía mi celular en vibrador y me concentraba y reconcentraba en un esfuerzo enorme por dejar quietas las piernas. La cruenta, vergonzosa e ineludible verdad es que, para entonces, ya estaba cagada en las patas. Tenía terror de hacer algún papelón, me parecía que iba a quedar seca de un bobazo en cualquier momento y el “pichiruchi” pateaba mi cabeza con una fuerza descomunal, amenazando con desatarse en toda su furia.  Traté de pensar en un manojo desparejo de cosas que me ayudaran a tranquilizarme: la imagen de mi viejo, no, la imagen de mi vieja, menos, mi esposo, nop, programas de chimentos, niet, restaurantes de la capital federal, no, Jack Nicholson, ¡ouch!, sexo, sexo, sexo, noupppp, sexo con James Franco, no ahorita pero si más tarde.

De golpe y sin previo aviso, se me apareció la imagen bizarra de Juanita Viale. Juanita Viale por saltar desde una ventana, Juanita Viale dando un paso hacia el vacío, a la muerte, al triste y merecido final de una “Malparida” (qué quieren, no me salvé de ver los avances). Veamos, veamos… ¡Dios mío funciona, funciona, funcionaaaaaaaaaaa!!!!!

Respirando hondo una y otra vez e imaginando el suicidio reventativo de Juanita, me fui calmando un poco y conseguí pilotearla por un rato.

La música de la película, que arranca súper power,  se me metía en los oídos de manera casi insoportable; para no volver a pirar, me los iba tapando y destapando en tanto la música aparecía y desaparecía y eso me ayudó a no perder la cabeza y a no empezar a pedir ayuda a los gritos, haciendo el ridículo y asustando a todo el mundo.

Por supuesto, todo el principio me la pasé esperando que el tipo se accidentara.  Corté y corté clavo, hasta que por fin se cayó de una vez. El golpe, la caída digo,  resultó casi silenciosa. Sssssss, shhhhhhhh, pffffffffff y ¡pin!, el pibe estaba adentro de la grieta con su brazo aplastado debajo de la roca. El estupor del personaje, casi se espejaba con el estupor de los espectadores. Un cierto grado de descreimiento general, combinado con el recuerdo, con la información cruda y doliente de que lo que estábamos viendo era algo que, de verdad, le había pasado a un tipo.

Ahí estaba el pobre, en un espacio tan reducido que te confinaba la mente, solo, con sus pensamientos y alucinaciones, tomándose su propia orina, impotente y perdido.  Una metáfora verídica y certera de lo que significamos como seres humanos. El tipo, allí, en el medio de la nada, en una grieta perdida, con su brazo reventado, prisionero de una roca que, como él mismo señala en la película, lo estuvo esperando desde que nació. Todo eso y aún así, nunca pierde del todo la cabeza, nunca se entrega por completo, nunca se rinde. Parece que va a hacerlo, parece que va a terminar por enfundar la mandolina, pero no, la parte gigante de la naturaleza humana va cobrando más y más cuerpo y las cosas se vuelven épicas, casi aleccionadoras.

 

Si estás por tirar la toalla, andá a ver esta cinta.

Aún masticando el miedo, la angustia y ansiedad que sentía, no pude dejar de maravillarme con ciertos aspectos de la película.

El montaje de Jon Harris es fantástico. Tanto es así que, en la única escena en que el film derrapa peligrosamente (el personaje de Franco se hace una auto entrevista en un imaginario talk show y se graba con su video cámara) el corte ajustadísimo entra victorioso y deja parada dignamente a la escena que parecía tambalear bajo un dejo de sobreactuación y una dirección que, en ese momento, huye o descansa en los lugares comunes en los que sabe abrevar su director. La nominación de este rubro a un premio de la Academia, es absolutamente merecida.

La banda sonora de Rahman (también nominada), es otro de los puntos fuertes en los que se apoya el film. Por momentos te abre un agujero de taladro en la cabeza, pero está buena, está bien usada y bien trenzada en la red elástica y resistente que es este largometraje. De hecho, es un placer ver el elemento musical tan orgánicamente integrado, tan precisamente ajustado y tan dramática y brillantemente expuesto en una cinta que, justamente, no es un musical.

James Franco es un buen actor, es una estrella y además, se parte de caliente como el asfalto de Buenos Aires a los cuarenta grados. Se pone la película al hombro y lo hace bien. Él es otra de las patas importantes sobre las que descansa este tanque. No se va a ganar el Oscar al que lo nominaron (sería too much) pero, ¡esta bieeeeeeeeen!

La cosa se me fue haciendo más sencilla durante una buena hora y pico de película pero, el final se me complicó casi insoportablemente. Todo el mundo sabe que el chabón se corta el brazo, así que no estoy contando nada nuevo. Bueno, desde ese momento en adelante, no la pude pilotear más. Empecé a llorar, a agarrarme el pecho, a amagar con levantarme, a masajearme obsesivamente el brazo izquierdo y a balbucear estupideces en un estado de angustia horripilante que me dominaba por completo. La secuencia de mutilación es, lisa y llanamente, te-rri-ble. Hasta acá, la cosa venía medida, contenida, elegante, pero el asunto en este punto se desmadra categóricamente, se va, en quinta y a fondo, al soberano carajo. Sangre en los dedos, sangre en la boca, sangre en el suelo, sangre en el brazo (obvio), dolor, dolor, huesos partidos, huesos quebrados, huesos arrancados, mollejas, chinchulines y achuras varias.

Mariano, que seguía solidariamente al lado mío, me prestó la mano para que se la apretara. Creo que le quebré los dedos. ¡Pobre pibe! La película ya es de por sí  bastante difícil, como para verla con una loca al lado al borde del brote psicótico. Por mi parte, en lo único que podía pensar, era en los créditos finales y en que se prendieran las luces. Sentía que me asfixiaba, que me sofocaba, que me sudaba de pies a cabeza y se me empapaban los pantalones. Tenía miedo de mearme encima, de levantar fiebre, de temblar inconteniblemente y, entonces, terminó.

Se hizo la luz.

Nos empezamos a parar, viéndonos el semblante, diciendo las primeras palabras, dando los primeros pasitos. No había una sola cara que yo haya mirado, que no estuviera en mayor o menor medida conmocionada, shockeada, maravillada, reconfigurada. Íbamos todos pisando huevo, lanzando exclamaciones, suspirando, palpando los ánimos.  Mi amigo José Luis sonreía misteriosamente.

Más tarde, ya en mi casa, mi esposo se sentó junto a mí en la oscuridad.

_ ¿Qué te pareció la película?_ me preguntó.

_ Fue un parto, pero me encantó_ contesté.

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