A Sala Llena

Persuasión (Persuasion)

CINCUENTA SOMBRAS DE JANE AUSTEN

A Mark Twain no le gustaban las novelas de Jane Austen. A tal punto las aborrecía que una vez dijo —ocurrencia que Borges nunca dejaba de citar— que una buena biblioteca debería iniciarse omitiendo las novelas de Jane Austen, y aunque esa biblioteca no incluyera ningún libro, es decir, que fuera una biblioteca puramente ideal, siempre sería superior a cualquier otra que sí contara con libros de Jane Austen. Quizás a Twain no le habría disgustado la idea de trasladar esa boutade suya al cine, y sostener que una buena cinemateca debería iniciarse omitiendo las películas que, sobre todo en los últimos años, se basaron en novelas de Jane Austen, las cuales volvieron a popularizar su nombre y a multiplicar sus ediciones y traducciones más allá de los límites de Gran Bretaña.

En estos tiempos de streaming y de series con derroches presupuestarios, a esa moda también se la puede responsabilizar, como efecto colateral, por las numerosas producciones que le cantan al imperio británico del período de la Regencia, como ahora Bridgerton, o de principios del siglo pasado, como Downton Abbey, sin contar a aquellas que tienen a miembros de la familia real como protagonistas o personajes secundarios. Todo es elegante, reluciente, impecablemente pronunciado y simétrico, como los jardines de ese color verde que sólo puede verse en Inglaterra.

Por eso, una película como la Persuasión de Netflix, dirigida por Carrie Cracknell (es su opera prima en cine pero tiene una vasta carrera en teatro), que provocó y aún provoca cataratas de insultos entre los indignados admiradores de Jane Austen en el mundo (no hay más que echar una ojeada a las redes sociales o los sitios especializados para leer expresiones como “Garbage!”, “Cringe!” o “Hated It!”); una película así, decíamos, tiende a priori a despertar una inconfesable simpatía. Tal es la virulencia de algunos comentarios, tantas las comparaciones con las “dignas y respetuosas” versiones anteriores de la novela, sobre todo la de la BBC de 2007 debida a Adrian Shergold, o la de 1995 que llevaba a Ciáran Hinds como protagonista, que la curiosidad por ver qué fue lo que enojó tanto a los incondicionales es más fuerte que la de tratar de descubrir qué puede haber de novedoso en otra adaptación de Austen al cine.

Antes de entrar en materia, un par de líneas para quienes no conozcan su argumento: la novela “Persuasión”, publicada en 1818, es la historia de Anne Elliot (Dakota Johnson), la hermana del medio de una familia venida a menos que debe abandonar su lujosa residencia en Kellynch Hall y establecerse en una casa más modesta en Bath. Años antes, Anne, por consejo de Lady Russell, la mejor amiga de su madre, ya muerta, rechazó al hombre que amaba, un marinero llamado Frederick Wentworth (Cosmo Jarvis), indigno de su clase. De allí el título: Anne fue persuadida —palabra alfonsinista por excelencia—, a despreciar a un hombre al que nunca pudo olvidar; pero la fortuna siempre se guarda un as en la manga: en el presente del relato, Wentworth regresa, convertido en almirante, y rico.

En la primera escena, un flashback de Anne y Frederick tendidos sobre ese inigualable césped inglés, tomados de la mano mientras, se supone, ella le está planteando dolorosamente la separación porque él no es digno de su familia, a él se le desliza una enorme lágrima por la nariz. Primer indicio sobre el efecto que provocó el film: o lo que estamos por ver será la apoteosis del kitsch, o la directora, de entrada, se toma a la chacota las sensiblerías del mal cine neorromántico.

No hay más que ver otro par de escenas para confirmar la segunda hipótesis: Anne, que en todo momento le habla al espectador (el recurso de romper la cuarta pared también sacó de quicio a los incondicionales), ha guardado en un cofre los recuerdos más amados de Frederick: la primera esquela, sus cartas de amor ordenadas por fecha, un rizo de su cabello, y otro rizo más grande de Sansón… su caballo, además del cencerro que usaba el animal. El espectador que a esa altura no ha echado espuma por la boca ya estará riendo a sus anchas. Y luego viene la estocada final: Lady Russell, la consejera, que en la novela es más británica de pura cepa que la reina Victoria, está interpretada por una actriz negra nigeriana (Nikki Amuka-Bird), y el cuñado de Anne es mulato. Cartón lleno, y todavía falta mucho más.

Sin embargo, pese a todo lo dicho, una virtud de esta singular versión de Cracknell es que en ningún momento cae en la parodia completa, ni en la grosería, ni en las hipérboles, ni en los narcisismos de estilo tan habituales, por ejemplo, en el insufrible Bazz Luhrman en sus versiones de “Romeo y Julieta” o “El gran Gatsby”. Por el contrario, esa ironía tan sutil que es inherente a la literatura de Jane Austen, acá está más potenciada que en cualquier otra versión a la que sofocan los terciopelos, las porcelanas y las ánforas. Su factura es delicada, y posee la misma sensatez y sentimientos de toda adaptación de un film sobre las clases altas en la época de la Regencia, sólo que con esas marcas estrafalarias que seguramente han llevado a quienes tanto se incomodaron a que todavía se pregunten: ¿pero esto fue en serio o nos ha tomado el pelo?

(Gran Bretaña, Estados Unidos, 2022)

Dirección: Carrie Cracknell. Guion: Ron Bass, Alice Victoria Winslow. Elenco: Dakota Johnson, Cosmo Jarvis, Suki Waterhouse. Producción: Andrew Lazzar, Christina Weiss Lurie. Duración: 107 minutos.

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