A Sala Llena

Sandman

LOS LÍMITES

No recuerdo cuándo fue la última vez que vi un inicio tan extravagante como el del primer capítulo de Sandman. Allí, la voz en off de su protagonista comienza a hablarnos de la realidad y la fantasía mientras se suceden imágenes del reino de los sueños. Vemos un cosmos, un portón que conduce a un cementerio con un dragón, un puente que es movido por dos manos gigantes, un castillo, un paisaje donde asoma lo que parece ser la figura de una mujer durmiendo, un barco que tiene una suerte de criatura prehistórica, un hombre con cabeza de calabaza y unas cuantas cosas mágicas más. Todo esto literalmente en menos de tres minutos mientras se escucha una música rimbombante y un discurso altisonante por parte de un personaje que -luego nos enteraremos- es The Sandman, el dios de los sueños. Esta deidad es el protagonista de la serie, quien controla nuestras fantasías y que, de paso, casi nunca sonríe y gusta de filosofar sobre la vida, la esperanza y otros temas profundos.

La sobrecarga de autoimportancia no es el peor de los problemas de este comienzo, sino que es una apertura visualmente fea, y sobre todo conceptualmente pobre. Cuando Sandman nos dice desde su voz en off que él crea pesadillas, la imagen que se asocia es la de un cementerio en medio de la noche y cuando tienen que aparecer criaturas legendarias vemos una gárgola, un dragón y un caballo alado.

Si bien Sandman no es todo el tiempo así, estos primeros minutos sí concentran los peores y más irritantes aspectos de la serie, esos que impregnan hasta los capítulos más logrados (que no son muchos, ni muy interesantes).

Por un lado, una imperiosa necesidad de dejarnos uno o más mensajes importantes que necesitan ser sí o sí remarcados por algún diálogo o voz en off. No solamente pasa eso cuando la película aborda el mundo de las deidades (hay varias acá dando vueltas) sino que puede suceder hasta en charlas de lo más comunes y supuestamente cotidianas. Así es como en un momento podemos escuchar una conversación entre tres mujeres que dice así:

-Héctor falleció hace un año. Fue un accidente, alguien pasó en luz roja.

-Parece que a todas se nos interrumpió la vida.

-Quizás eso sea la vida, una serie de interrupciones.

-Y reconexiones…

Puede que esta necesidad de mostrarse importante provenga también de la propia reverencia hacia la obra que se adapta. La obra maestra mayor de Neil Gaiman es una de esas obras canónicas del cómic que conocemos incluso aquellos que no solemos leer este tipo de publicaciones. Una historieta dueña de una creatividad que parece infinita y que mezcla mitología, citas a textos clásicos y cultura pop de forma increíblemente armónica. Cuando se escribió esta historieta, obviamente no había por parte de su autor ni sus dibujantes una conciencia de su trascendencia, y Gaiman estaba lejos de ser la leyenda viva que es hoy.

La serie Sandman parece mucho más consciente de ese lugar de prestigio. En este sentido, el programa parece el equivalente de las adaptaciones de grandes novelas que Truffaut catalogaba despectivamente como “qualité”, films que parecían reclamar a gritos su propio prestigio por el solo hecho de los temas que trataban o las grandes obras en las que se basaban.

Este reclamo en la serie Sandman es directamente pornográfico y lo que es peor, busca las formas más perezosas posibles para exhibirlo. Así es como sus alusiones a la literatura vienen con la sutileza de un spot político y la discreción de un panzer. Cuando su protagonista recuerda su vida siglos atrás, vemos por ejemplo una aparición fugaz de Geoffrey Chaucer. También anda Shakespeare por ahí, y como fue un enorme dramaturgo la serie se ve en el deber de recordárnoslo con una frase pomposa por parte de su protagonista (que si bien es un dios con millones de años de antigüedad, posee una retórica propia de un escritor de sobrecitos de café). Finalmente, el ejemplo más grosero de cita “culta” de toda la serie vendrá de la mano de un personaje lookeado como Gilbert K Chesterton, el cual, para que nos quede claro a quién alude, llaman “Gilbert”, y de paso… ¡lee a Chesterton!

Así y todo, el mayor problema radica en su tratamiento visual y su necesidad imperiosa de contarnos cualquier cosa que la serie crea interesante. En la historieta original, el imaginario estaba limitado por las viñetas y una cantidad de páginas que por obvias razones no podía ser particularmente numerosa. Los dibujantes y su guionista estaban obligados a sintetizar, lo que también hacía que muchas cuestiones debieran quedar libradas a la imaginación del espectador. La serie Sandman, en cambio, son once horas para contarnos la historia de Sandman, de sus hermanos, de la gente que conoce y las conclusiones a las que llega con cada persona que conoce. También mete alguna pelea karateca que no tiene nada que ver con nada y rompe con cualquier tipo de verosímil (acá puede pasar que una chica reviente a trompadas a dos delincuentes que le llevan una cabeza); también algún momento trágico exhibido explícitamente aunque no sume en nada a la trama (¡esa escena donde vemos una madre viendo cómo su hija es arrastrada al infierno!); y por supuesto, como es una producción de Netflix, algunos momentos que muestran la mentalidad supuestamente amplia de la productora poniendo personajes gays y recordándonos los peligros de la masculinidad tóxica.

También, de paso, está la música, casi siempre omnipresente y sombría, buscando desesperadamente algún golpe emocional que las imágenes no pueden despertar.

Y a todo esto se suma, claro, un uso y abuso de los efectos de computadora que nos da siempre una imagen artificial y mayormente fea, que solo es interesante en tanto refleja uno de los males más frecuentes de estos últimos tiempos, que es la creencia de que hoy la computadora puede hacer lo que sea. Así es como Sandman nos muestra una y mil veces criaturas mágicas, objetos raros, pasa de lo terrenal a lo onírico, de lo cotidiano a lo cósmico casi sin solución de continuidad. Y quizás sea cierto: hoy en día la tecnología puede hacer conceptualmente cualquier cosa; el problema es que ese cualquier cosa no incluye un sentido de la estética, y una sumatoria de criaturas y objetos de fantasía no nos garantiza una obra imaginativa. Más bien, la serie de Sandman es una involuntaria confesión de esos límites, una muestra más de cómo mucho dinero no garantiza una verdadera espectacularidad, y que como diría el buen Oscar Wilde, se puede comprar prácticamente todo, pero no el talento.

(Reino Unido, Estados Unidos, 2022)

Cración: Neil Gaiman. Elenco: Tom Sturridge, Boyd Holbrook, Patton Oswalt, David Thewlis.

1 comentario en “Sandman”

  1. Esta crítica adolece de un elemento clave: el autor desconoce la obra original. La mayoría de los elementos que critica aparecen en la obra original, y son parte inseparable de la misma. Por ese motivo este comic tardó años en adaptarse al cine (o serie, a los fines prácticos es lo mismo). El personaje de Dream es así en el comic, los personajes estrambóticos están en el comic, los mundos oníricos y extravagantes están en el comic… Que la serie tiene fallas? Sí que las tiene. Pero no pasan por estas “excentricidades” que al crítico tanto le molestan, ya que si las mismas no estuvieran, estaríamos hablando de otra cosa, no de Sandman…

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