A Sala Llena

Sin Retorno

 

Sin Retorno (Argentina / España, 2010) 

Dirección:Miguel Cohan Guión:Miguel Cohan, Ana Cohan Producción: Vanessa Ragone, Gerardo Herrero, Mariela Besuievsky. Elenco: Leonardo Sbaraglia, Martín Slipak, Bárbara Goenaga, Federico Luppi. Luis Machin, Ana Celentano, Daniel Valenzuela Distribuidora: Distribution Company Duración: 90 minutos

De los productores de la ganadora El Secreto de sus Ojos llega la opera prima de Miguel Cohan que cuenta las diferentes historias que entrelaza un accidente de transito, donde una vida se apaga y el responsable huye sin dejar rastro. El padre de la victima , apoyado por los medios encuentra a el supuesto responsable, al que llega por una serie de eventos inflados por la opinión pública.

No hay retorno para el responsable, tampoco para quien es castigado injustamente, tampoco para el padre del dolor: no hay retorno de la muerte.

Con un maravilloso elenco equilibrado, la vuelta  de la efectiva  dupla Sbaraglia –Luppi , la calidez de Ana Celentano, lo atinado de elegir a Martin Slipak como uno de los personajes principales, ese ex adolescente de 22 años al que nada le importa, con rasgos similares a quien interpretó en la serie de TV Tratame Bien. Balancea un Machin que aporta a la tonalidad realista del film con su interpretación. Completan el elenco  la encandilante española Bárbara Goenaga, la participación del entrañable Daniel Valenzulea y Arturo Goetz  para que no sea un mero producto for export.

La historia es simple y es por eso que se intentará revelar lo menos posible en este texto crítico. La trama se forma de la ingeniosa relación que se va dando entre los personajes, dando como resultado la pregunta que da origen del film: ¿Cómo se hace para ocultar el hecho de matar y seguir adelante con la vida?

En el relato hay varios saltos de tiempo : se destaca como obviando situaciones extremas, que podrían resultar en secuencias trilladas, el espectador puede dar cuenta de lo que ocurrió: lo que le sucedió al personaje en ese periodo, con primeros planos en situaciones cotidianas sin golpes bajos como ser  en la cárcel, en alguna marcha o algún quiebre sobreactuado en la familia. Se valora el respeto hacia el espectador: dejando que razone las redes que se forman  sin recurrir al flashback explicativo, logrando un film que encuentra el punto medio entre el policial y el drama.

 

Por Julia Panigazzi

Por suerte para el público cinéfilo, el cine argentino más industrial sigue apostando a películas de género, que no subestiman al público, pero que tampoco se pasa de intelectual y elitista. Como lo fuera El secreto de sus ojos (salvando las distancias, claro), Sin retorno se encuentra en ese ideal término medio.

Matías (Martín Slipak), un prometedor estudiante universitario, atropella a un joven en medio de la noche. En vez de socorrerlo, huye y finge que nada sucedió. La víctima muere y la sospecha recae sobre Federico (Leonardo Sbaraglia), un ventrílocuo que había tenido un roce con el muerto debido a que piso su bicicleta. Ese será uno de los equívocos y mentiras que afectará a los protagonistas de la manera más terrible.

Mezcla de drama con thriller, Sin retorno es la ópera prima de Miguel Cohan, otrora asistente de dirección de Marcelo Piñeyro. Cohan —quien escribió el guión junto a su hermana— tiene un estilo de contar clásico, sin adornos (“en un tono realista y seco cercano al realismo norteamericano de los años 70”, contó él mismo), explicando y callando según corresponda, con un interesante manejo de la tensión y del sentido de la elipsis, sobre todo en un momento muy específico.

Pero el punto fuerte de la película está en las actuaciones. Leonardo Sbaraglia sigue demostrando que le gustan los riesgos. Aquí compone a un hombre común al que las circunstancias lo llevan derecho al infierno, del que logra salir convertido en un individuo con prioridades algo oscuras. Como dos interpretaciones del mismo personaje. Junto a Nazareno Casero, Martín Slipak es EL actor argentino de menos de treinta años. Esta vez le toca un rol cercano al Raskolnikov de la novela Crimen y castigo, un ser atormentado por la culpa pero incapaz de aceptar las consecuencias de sus actos. Luis Machín y Ana Celentano encarnan a sus padres, quienes son capaces de cruzar los límites para cuidar a su hijo y, sobre todo, preservar el status quo (de aquí se desprende una crítica a la clase media y sus valores). Arturo Goetz y Daniel Valenzuela aparecen en papeles mínimos pero importantes. Por el lado de España (el film es una co-producción, por lo que es lógica la presencia de un actor o actriz de nacionalidad española), Bárbara Goenaga interpreta a Natalia, esposa de Federico. Y hablando de Federicos, no podemos olvidarnos del inoxidable Federico Luppi, quien le pone el cuerpo y el alma al padre del muchacho asesinado; un hombre que, en su búsqueda de justicia, llega a cometer un gran error.

Sin retorno es una muy buena muestra de que en este país se pueden hacer muy buenas obras de género desde una estructura industrial. Que una buena historia bien contada atrae al público. Además, la película es perturbadora porque lo que sucede en ella puede pasarnos a cualquiera de nosotros.

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 Identidad robada

Consecuencias. De eso parece hablarnos constantemente esta opera prima de Miguel Cohan. Interesante entrecruce (temáticamente hablando) entre dos de los títulos argentinos más importantes de este año: Carancho y El Rati Horror Show.

Sin Retorno narra la historia de un hombre acusado injustamente, por un crimen que no cometió. Una noche, un joven es atropellado por un automóvil y abandonado en la calle. A los pocos días muere; parece no haber pruebas ni indicios claros para encontrar al responsable. Pero la presión del padre de la víctima, la necesidad de la justicia de dar con un culpable, y la ambición insaciable de la prensa de construir una noticia, hacen que un sujeto inocente terminé siendo juzgado como el homicida. Mientras, el verdadero autor del hecho prosigue su vida sin aparentes consecuencias.

Esta historia que transita por las oscuras aguas de la culpa y el más básico instinto de preservación, no apuesta a dejar, ni siquiera insinuar, sombra alguna de moraleja. Y ese es un punto fuerte que tiene la película; más interesada en narrar los efectos de nuestro accionar, no sólo en nosotros y en nuestro círculo más cercano, sino inclusive en personas que no conocemos.

 La perdida de identidad, o mejor dicho, la identidad robada remite a un doble mecanismo al que se ven forzados los personajes del film. Por un lado, está Matías (Martín Slipak) que decidió no asumir su responsabilidad sobre los hechos, aún a sabiendas de que estaba perjudicando a un tercero. Podemos llamarle a esto simple acto de supervivencia. Por otro lado, Federico (Leonardo Sbaraglia) acusado de un crimen que no cometió, pierde su libertad, y tras los años de cárcel su vida no vuelve jamás a ser la misma. Tal vez a esto podríamos llamarlo destino. Y en todo caso, ambos personajes voluntaria o involuntariamente ven robadas sus identidades, para asumir su otro yo: “ese otro que también me habita… ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel…” como decía el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo en su más conocido poema.

Producida por Haddock Films, esta película cuenta con un grupo importante de actores, entre los cuales destacaría a Leonardo Sbaraglia, Federico Luppi, Ana Celentano y Martín Slipak. Pero aún así, con Sin Retorno me ocurre lo que suele pasarme con otras películas de Haddock: las veo tan sólo como productos. No hay nada en ellas reprochable técnica, ni narrativamente. Sin embargo, como si fueran carentes de ángel o de alma, no logro enamorarme de ellas, aún cuando las obras tengan directores con personalidades y estilos tan diferentes.

De todos modos, veo en Cohan una gran habilidad a la hora de narrar. Destaco la sutiliza con la que maniobra en varios momentos del film, y valoro la forma en que utiliza las elipsis (especialmente en la secuencia de la cárcel).

Producción correcta, efectiva y hasta entretenida. Pero repito: desprovista de elementos que le otorguen una entidad fílmica difícil de olvidar.

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