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Festivales - SITGES

SITGES2026 | Crítica de “Victorian Psycho”, film dirigido por Zachary Wigon

La monstruosidad de los modales

El terror de época suele refugiarse en la comodidad de los fantasmas coloniales o las maldiciones ancestrales, ignorando que el verdadero espanto habita en las rigideces morales de su propia sociedad. Victorian Psycho (2026), la audaz adaptación de Zachary Wigon sobre la novela de Virginia Feito, subvierte el gótico clásico para transformarlo en una carnicería ideológica. A través de una mirada ácida que coquetea constantemente con la comedia negra más depravada, la película disecciona la hipocresía de las clases acomodadas del siglo XIX no mediante el misterio, sino mediante la confrontación directa. Para quienes busquen un delirio gratuito en su propuesta, conviene revisar la firma autoral de su realizador: Wigon no apela a la pirotecnia psicotrópica, sino a la depuración de las obsesiones claustrofóbicas sobre la dominación, el sadomasoquismo y los juegos de rol que ya había ensayado en Sanctuary (2022).

La propuesta arranca con un primer acto magnético, donde la introducción de la institutriz Winifred Notty a la opulenta mansión de Ensor House se construye con un pulso firme, diálogos afilados y una tensión enrarecida por el humor negro. Lo que en manos tradicionales habría sido el clásico relato literario a lo Henry James en Otra vuelta de tuerca, aquí se convierte en la crónica de una depredadora camuflada. La brillantez del guión de Feito radica en su mordacidad: los refinados modales victorianos no son una muestra de virtud, sino el escondite perfecto para un monstruo que ajusta cuentas con el patriarcado. En este traspaso autoral, Wigon repite su fascinación por la sumisión simulada como un arma de control psicológico y el encierro en espacios donde las jerarquías se invierten constantemente. Sin embargo, lo que aquí varía drásticamente respecto a su minimalismo previo es la escala del relato: el director salta de la intimidad de una habitación de hotel contemporánea a la opulenta reconstrucción de una época asfixiante, permitiendo que la crueldad, antes puramente verbal, estalle por primera vez en su cine a través de la violencia física y el gore explícito.

Es precisamente en este punto donde la película dialoga secretamente con el ideario del Marqués de Sade: la perversión nunca es una anomalía del sistema, sino el privilegio supremo de quienes ostentan el poder. Wigon entiende que el verdadero sadismo está institucionalizado en los cubiertos de plata y los corsés morales. Para las altas capas de la sociedad, la crueldad es un derecho adquirido, y la genialidad de la protagonista radica en aprender a utilizar esa misma etiqueta represiva como la pantalla perfecta para su propia carnicería. Esta dinámica de poder se vuelve un deleite perverso gracias a un trío actoral infalible: Ruth Wilson y Jason Isaacs componen a unos villanos aristocráticos deliciosamente crueles, mientras que Maika Monroe entrega una interpretación consagratoria y magnética, manejando una fisicidad descomunal que transita instantáneamente entre la sumisión rígida y la locura desquiciada.

Visualmente, el film es un triunfo gracias a la fotografía impecable de Nico Aguilar, quien juega con los claroscuros y las brumas del gótico clásico, inyectándole una energía contemporánea a través de movimientos de cámara dinámicos y primeros planos asfixiantes. Su paleta estilizada genera un contraste hermoso y chocante cada vez que la pulcritud de los encajes se tiñe con la visceralidad del gore.

Sin embargo, detrás de este preciosismo visual se esconde el sucio secretito barthesiano de la película: un uso perverso del efecto de realidad. Barthes hablaba de cómo la acumulación de detalles insignificantes y texturas hiperrealistas busca convencernos de la verdad de un relato; aquí, Wigon satura la pantalla con modales milimétricos y un diseño de producción impecable no por rigor histórico, sino para anestesiarnos. Nos distrae con la belleza del corsé para que no veamos venir el tajo. El film extrae su fuerza de ese choque tonal, bebiendo tanto de la frialdad geométrica y la ironía absurda de Yorgos Lanthimos como del neogore pop contemporáneo.

Este despliegue técnico y actoral, no obstante, tropieza con sus propias ambiciones narrativas a mitad de camino. El guión de Feito comete el error de diluir el misterio demasiado pronto al intentar hibridar el slasher feminista con la farsa, provocando un bache rítmico evidente en su tramo medio. Esta indecisión tonal pasa factura en un tercer acto que frena su propia locura. En lugar de estallar en una catarsis salvaje, Wigon decide tirar del freno de mano: la dirección opta por esconder la coreografía de la matanza y el guión introduce una explicación un tanto cliché para la psiquis de Winifred, restándole potencia transgresora a la resolución. Con todo y sus irregularidades estructurales, asumir que Victorian Psycho es una obra fallida sería un error de lectura. La película se instala con comodidad en el terreno de lo aceptable y bien logrado, defendiéndose con uñas, dientes y mucha sangre como un entretenimiento perversamente disfrutable con la osadía visual suficiente para ganarse un lugar destacado en el cine de género contemporáneo.

(Estados Unidos, 2026)

Dirección: Zachary Wigon. Guión: Virginia Feito. Elenco: Maika Monroe, Jason Isaacs, Ruth Wilson. Producción: Dan Kagan, Zachary Wigon, Sébastien Raybaud, Liz Segal, Nick Shumaker. Duración: 102 min.

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