A Sala Llena

Sobre The Hitcher (1986) en su 32º aniversario

Los demonios de Halsey: Algo sobre The Hitcher

Jim Halsey maneja por las desoladas carreteras del Oeste de Texas, cuna donde nace y muere el cine, con el fin de transportar el vehículo que conduce desde Chicago hasta San Diego. El cielo tormentoso en un amanecer crepuscular y la incesante lluvia apenas dejan ver más allá de las luces que abren paso en la oscuridad del camino. A lo lejos divisa una figura humana que hace dedo mientras se cubre inútilmente del diluvio con lo que parece un par de hojas de diario. Halsey se detiene para dar el aventón y el desconocido sube a bordo de la nave. Halsey bromea: “Mi mamá me dijo que nunca hiciera esto”. El desconocido, empapado y aparentemente cansado se presenta; su nombre es John Ryder. Parece parco y poco sociable ante la figura amistosa e inocente del joven conductor. En medio de una charla forzosa e incómoda que termina en una risotada entre los dos, Ryder lanza bajo un cinismo aniquilador que acaba de desmembrar al anterior conductor que lo dejó en el medio de la tormenta. Su nombre traducido al español significa literalmente Juan Jinete.

A partir de ese momento The Hitcher comienza una carrera que funciona como el juego del gato y el ratón.

En la primera toma -un hermoso plano detalle- vemos a Halsey iluminarse tras encender un cigarrillo con un fósforo. Estaba sumido en una oscuridad total para pasar, unos planos y segundos después a meterse de lleno en la boca de la tormenta. El no solo se dirige a ese mundo “tormentoso”, la oscuridad lo rodea desde el inicio.

Al rato, rendido por el inevitable sueño, casi es embestido por un camion de frente. Ese camion es simbolo de advertencia, de estar alerta en los peligros que acechan. Un descuido puede llevarlo a la muerte. En el cine las carreteras son peligrosas e impredecibles.

La tormente simboliza la transición (lluvia, cualquier alteración climática), no solo al pasar a “otro clima” (literal y simbólico en el cine, perteneciente a un cambio de ritmo), sino al pasaje que afrontará el personaje interpretado por C. Thomas Howell. Es, digamos, un rito de iniciación marcado a fuego por dos elementos fundamentales: La carretera (el camino del héroe, el camino hacia la redención, etc.) y el Laberinto (el personaje debe perderse en un lugar ajeno a él para poder hallarse luego).

Lo Crepuscular simboliza tres cosas, en representación y relación a los personajes: Para Halsey, la asociacíon es psicológica ya que se aplica al estado de ánimo que yace entre la consciencia (el maneja por las carreteras desoladas de Texas con un propósito) y la inconsciencia (Va directo a un destino terrible, forjado quizás por sus propios demonios y conflictos personales).

Hace referencia al pasaje del personaje (Halsey), que intenta salir de la oscuridad y dejarla, de alguna manera, atrás: primero enciende el cerillo y luego -atravesando la tormenta y el altercado inicial con Ryder- maneja hacia el amanecer.

Para Ryder lo Crepuscular simboliza -dentro de la zoología (más tarde entenderán la asociación animal con este personaje)- al animal que emprende vuelo (el viaje, la partida del “jinete”) para buscar su alimento, cazar, a la puesta del crepúsculo (puesta y salida del sol). Este personaje está inspirado en un asesino real que masacraba familias luego de darles un aventón.

The Hitcher hace gala de una simbología perfecta, enmarcado por ideas a partir de un montaje inteligente, donde los empalmes entre planos hablan con sutileza temas de enorme importancia.

Hay una secuencia poderosísima, a mitad del relato, donde Jim perdido en ese infierno dantesco que es el desierto transformado en laberinto parece querer acabar con su vida. La cacería perpetrada por Ryder lo conmociona. Errante en la soledad absoluta del paraje llano y de hermosa cinematografía se rinde ante su pérdida de fe. Cae rendido al suelo de rodillas y con los ojos cerrados se lleva el arma que carga al mentón. Al instante vemos que la toma se ilumina, y el casi en shock vuelve a abrir los ojos.

Ante él se presenta una visión casi divina de un horizonte donde la puesta del sol, o el sol emergiendo de unas nubes para nada amenazantes lo despiertan por completo de ese trance. Ese paraíso de western, de cine en estado puro, es a su vez Dios. Halsey se enfrenta cara a cara con ese Dios del cine, del clasicismo, dando paso a una rápida introspección que lo obliga a levantarse y caminar en dirección al gigante incandescente. La imagen funde al joven llegando a un restaurante en la carretera y delante de él un cartel que reza Cafe, solo que el encuadre nos deja ver la sílaba “fe” y él dirigiéndose hacia ella.

Esa secuencia marca una pauta trascendental que supera con creces las nuevas tendencias del cine posmoderno y de tipos como Christopher Nolan o Denis Villeneuve, que hacen de ese elemento una alegoría cargada de solemnidad y subrayados hacia lo aparatoso y que se impone por sobre el cine que crean.

Halsey nunca nombra a sus padres en todo el film (salvo en la secuencia inicial con el consejo dado, tal vez años atrás, por su madre), a pesar de ser un joven. Solo dice tener un hermano con el que vive “en casa” ( Hogar, como dice literalmente). Por eso el conflicto interno que atraviesa Jim se relaciona con padres ausentes. Teniendo en cuenta ese dato, los dos personajes que afectan su viaje (John Ryder y más tarde Nash, una joven ingénua pero de buen corazón) son representaciones de la figura paterna y materna.

Nash (Jennifer Jason Leigh) no idea un interés romántico, con lo que no solo desbarata las convenciones, más bien es para Halsey su lugar de confort. Nash es protectora, desinteresada y completamente leal. Es una proyección inconsciente de los deseos maternales que padece Jim -sin ser mencionados, claro está-. Nash es una “madre” en todos los aspectos: no se viste de manera provocativa (su look es el de una mujer madura), ni intenta enamorar al protagonista. Siente que él la necesita y ella accede de manera casi instintiva ya que se rehusa a escapar de la situación. Su lealtad es tan grande y desinteresada que pone en riesgo su vida más de una vez. Tanto significa protegerlo que se entrega a la muerte segura en manos de Ryder.

Ryder, lógicamente, es la figura paterna que simboliza ese posible pasado y choque entre padres. Ryder (el padre) mata a la madre (Nash) con lo que entendemos quien es el monstruo dentro de los conflictos personales de Halsey. La idea del monstruo, aclaremos, genera una lucha que para el joven es traumática, desde su visión personal y emocional, no porque haya sido partícipe de un hecho aberrante. Es similar al Alien (1979) de Ridley Scott: Ripley llama “madre” a la nave que la transporta (su hogar, su lugar de confort. En el cine una casa es también una madre- Psicosis (1960), Braindead (1992), por ejemplo) por lo que la figura paterna se ve reflejada en el xenomorfo (su cráneo con forma fálica habla por sí solo).

En la escena donde Ryder mata a Nash vemos a la policía rodear la escena antes de que el crimen sea cometido. En ella, la joven se halla maniatada de los pies y las muñecas: de un extremo un enorme trailer y del otro un camión que amenaza con arrancar y partirla al medio. El “jinete” utiliza un enorme camión en lugar de caballos, llevando a cabo una tortura medieval, arcaica y animal.

Halsey llega a la escena y le pregunta a la policía totalmente desesperado “¿Por qué no hacen algo?”, uno le contesta “No podemos“. Lo que muestra la necesidad de afrontar sólo la situación, una confrontación personal para salvar a Nash ( primera historia), además de intentar salvar a su “madre” ( segunda historia). Halsey sube al asiento del acompañante del camión y vemos a un John Ryder al volante cuya expresión denota una vida de martirio, al límite, a un paso del colapso psicótico. Su nihilismo lo transforma en un animal inescrupuloso. Jim enfrenta sus demonios, se acerca a esa “figura paterna” por intentar salvar a su “madre” y así encontrar una paz que parece estar buscando hace tiempo. El único capáz de enfrentar al demonio es él mismo.

Ryder lo desafía entregándole su arma. Le pide a Jim que lo mate. Esa petición guarda un sentido enorme dentro del camino que atravieza Halsey: le reclama que se covierta en un hombre, que deje de ser un joven temeroso. Es, también, la posibilidad de matar a su “padre” para poder cruzar la vereda que lo separa de ser ese hombre. Recordemos que su trayecto es un rito de iniciación. En la psicología se refiere a esta representación: matar a los padres (simbólicamente) para crecer, como rito de iniciación hacia la madurez.

Robert Harmon, director, toma el virus arrollador de Duel (1972), obra maestra rutera spielbergiana que lleva la metafísica al límite al convertir el camión asesino en un monstruo de hierros y pistones para narrar una simple história sobre el perseguidor y el perseguido -una constante spielbergiana medular-. A diferencia de Reto a muerte (título argentino), la metafísica no recae en los vehículos que emplea el desquiciado Ryder para seguir a su presa, se manifiesta en él mismo con el desarrollo del relato. Esa metafísica ampara una figura omnipresente, un diablo ineludible e imposible de detener.

Harmon hace de Ryder un símbolo complejo y plagado de lecturas interpretativas con el simple hecho formal de no darle una identidad y convertirlo en una entidad -John Ryder es un nombre inventado-: es un fantasma que acecha como los mitos urbanos que decoran las carreteras para alertar a los pasantes.

Identidad, del Latín Identitas, es un conjunto de rasgos propios de un individuo que lo diferencian de una otredad. Ryder, al carecer de ella, no reclama una identificación con el espectador salvo la de un Diablo vagabundo que asume a la humanidad como una unidad que sirve para saciar sus deseos de muerte. En él no vemos el gen de Jason, Freddy o Michael Myers porque en su rostro hay rasgos de un alma torturada (la escena cuando se recuesta en la cama junto a Nash y minutos despues cuando la asesina). Hay, en la mirada (un Rutger Hauer descomunal) un dejo de humanidad, un despojo de ella como si en algún momento John Ryder fue un ser humano que mutó en algo más, algo corpóreo pero disociado de nuestra raza por carecer de ética y moral. Algo que abandonó su contenido pero dejó su envase para caminar entre nosotros. Esa idea despierta el horror de la incertidumbre, un terror hacia lo desconocido.

Ese ser que repite ad infinítum y de manera compulsiva símil a un terminator de Cameron las matanzas imparables hasta llegar siempre, o casi siempre a su cometido no representa una moral divina que castiga a los adolescentes por sus ideas de libertinaje. Por el contrario es todo lo que dejamos afuera para pertenecer dentro de nuestra sociedad.

En el final Halsey, ya transformado en héroe irreductible e impulsivo, se dirige en un vehículo policial para castigar a John Ryder. Vemos que se transformó por completo en un hombre. Pero tambien en la justicia, que cabalga sobre cuatro ruedas y clama por ese ser como castigo, propio o colectivo, fomentado por normas morales. Se enfrenta al demonio, a sus demonios. No salva a la madre, ni a la doncella. Es ahora un héroe clásico, solitario y olvidado por todos, menos por el espectador, en medio de las infinitas carreteras de una Norteamerica profunda acechada por la maldad de una humanidad oculta y desconocida.

© Daniel Nuñez, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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