A Sala Llena

Tomorrowland, según José Tripodero

Un mundo (im) perfecto.

Hace una semana se estrenaba Mad Max: Furia en el Camino, una más -aunque no menos- de esas películas que nos auguran un mundo devastado, distópico y en el que solo sobrevivirán los más fuertes. Tomorrowland es quizás una oveja negra dentro de estas representaciones plagadas de zombies, marginales y demás sobrevivientes errantes porque tiene una noción de futuro optimista, pero no por esa diferenciación puede erigirse sobre las propuestas más negativas con respecto al destino de la humanidad. La nueva película de Brad Bird (quien vuelve a apostar por el cine de actores de carne y hueso luego de Misión Imposible: Protocolo Fantasma) en realidad se preocupa más por probar la existencia de un futuro como concepto.

Tomorrowland nace como una atracción de Disney en 1955. Allí el futuro era presentado desde el impulso del estado de bienestar de la época de posguerra, en el que el rayo de optimismo resplandecía en el horizonte de la humanidad. No faltó demasiado para que los propios creadores de la atracción vieran que el futuro ya estaba dominado por las corporaciones, esas que podían incluso hacer peligrar el concepto de futuro que se había planteado con cierta inocencia. En tal maniqueísmo se mueve la película, que plantea una historia sobre dos personajes unidos por el mismo lugar pero separados por sus ideas al respecto. Frank Walker (George Clooney) es la representación del futuro amargo; ermitaño en una casa rural rodeada de inventos y aparatos extraños para protegerse del mundo exterior. Sin embargo, medio siglo atrás fue un niño reluciente de esperanza y buscador de ilusiones, un inventor que quería “inspirar a otros”. Así defendía a su prototipo de mochila propulsora en la famosa Feria Mundial de Nueva York, antes de descubrir una dimensión en la que se representa un futuro perfecto. Lo que significaba el concepto del mundo del mañana para Frank en 1964, es el motor de la joven Casey (Brit Robertson) para tratar de “arreglar el mundo”. La unión de ambos personajes está en manos de una -en principio- niña llamada Athena (la británica Raffey Cassidy).

Tomorrowland ofrece una propuesta ingenua sobre un mundo altruista en el que los soñadores y las mentes maestras se articulan mancomunadamente para construir un futuro genérico e ideal, el mismo que se pensaba en la época de la apertura de la atracción de Disney. El cinismo surge naturalmente ante esta lectura posible, que más allá de los robots y del espacio físico futurista salido de un episodio de Los Supersónicos, no se preocupa por insertar la variable tecnológica ante esta construcción de la idea de futuro. El verosímil es lo más frágil de la asociación Lindelof – Bird: su optimismo casi hiperbólico invade cualquier esbozo de ese mundo sin religiones ni política (como se insinúa aquí) en términos de potabilidad, sin importar en qué dimensión se ubique.

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Por José Tripodero

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