A Sala Llena

Un Despertar Glorioso, Según Rodolfo Weisskirch

Aunque el Diablo cambie de sexo…

Hace casi 5 años atrás, El Diablo Viste a la Moda sorprendía mostrando una crítica y ácida mirada al mundo de las revistas de la moda, y la moda en general. Con simpatía y el encanto del duelo interpretativo que invocaban Anne Hathaway y Meryl Streep, El Diablo, se convirtió en un éxito sorpresa.

La historia, básicamente narraba los contratiempos a los que tenía que enfrentarse una joven emprendedora que no provenía de un sector acomodados ni había atendido a las mejores universidades, y aún así salir adelante y poder enfrentarse a una importante empresaria come personas.

Aunque para muchos, este tipo de historia resulta una novedad, en 1988, el gran Mike Nichols, exponía algo similar en Secretaria Ejecutiva. Allí, Melanie Griffith tenía que hacer valer su posición en un mundo machista… liderado por una mujer (Sigourney Weaver). Además, ambas debían competir por un hombre… Harrison Ford.

Como en Hollywood, todo lo que funciona se debe repetir, y nada es original sino reciclado, J.J. Abrams llamó a Aline Brosh McKenna, guionista (pero no escritora) de El Diablo para crear la historia de una joven emprendedora que debe salir adelante en un mundo tan “competitivo” como la televisión. Lo cuál, nos remite a otra clásica comedia de los ’80: Detrás de las Noticias, de James L. Brooks, donde Holly Hunter, debía encontrar su lugar en una cadena de noticias, al tiempo que Albert Brooks y William Hurt competían en el programa.

En Un Despertar Glorioso, se mezclan las tres películas, y como suele suceder cuando se meten demasiadas intenciones y en un guión superfluo, los resultados son desafortunados.

Acá, el diablo, Mike Pomeroy, no es otro que Ford, interpretando a un periodista renombrado, serio, maduro y solitario. Creído y soberbio. Es terco y hosco. Debido a una falla en su contrato se ve obligado a tomar el puesto de conductor de un programa matutino junto a una veterana Ex Miss Arizona (Keaton). Básicamente, y sin ánimo de ofender, es como si pusieran a Santo Biasatti junto a Susana Gimenez conduciendo un programa de Maru Botana.

Pero la verdadera protagonista es Becky (Mc Adams), la típica workalcoholic, que debe salvar al programa, y al mismo tiempo llevar a buen puerto su vida laboral y sentimental. Lamentablemente, el guión de McKenna es muy básico y tiene la misma estructura que El Diablo, pero con personajes más débiles y mucho menos ingenio que la anterior para crear escenas dinámicas. De hecho, los giros del guión son poco creíbles y demasiado forzados.

Si bien, el conflicto personal (y duelo actoral) entre Becky y Mike (Mc Adams-Ford) son lo más profundo e interesante de la trama, el desentendimiento de todos los personajes secundarios (especialmente el de Keaton y el interés romántico de Becky), es lo alarmante. Ninguno tiene cuerpo o sentimientos, están al servicio de los protagonistas, y quedan seriamente olvidados. Cayendo en todos los clisés y lugares comunes acostumbrados, parece que a McKenna se le ha olvidado que los demás personajes tengan algo más de maquillaje en la cara.

Roger Mitchell, director de Un Lugar Llamado Notting Hill y Venus, entre otras, carece de ingenio para crear una obra dinámica, más allá de un montaje demasiado sostenido en una banda sonora de canciones “pegadizas” y “modernozas” (asoma por ahí “Stuck in the Middle with You” pero cantada por Michael Bubblé). A diferencia de la película con Hugh Grant y Julia Roberts, el timing humorístico no es acertado. Todos los intentos de humor, son demasiado vistos y no aportan a la historia. Tampoco llega a enganchar el trasfondo dramático. Y si existe una crítica a la televisión “basura”, esta brilla por su ausencia. Es más, la moralina parece ser: es bueno equilibrar la basura con un poco de “periodismo serio”.

O sea, ahora entiendo porque tenemos la televisión que tenemos.

Si Un Despertar Glorioso se deja ver es más que nada, por la gracia, simpatía, belleza, carisma e inteligencia de Rachel Mc Adams. Actriz todoterreno, a McAdams la comedia le sienta bien sin dudas. Enfrentada a Diane Keaton, podemos ver, que la joven canadiense de 32 años, tiene esa personalidad fuerte y destreza para llevar adelante sola una película. No por nada, es la protagonista de la última película de Woody Allen. En cambio, es lamentable en lo que se ha convertido la primera musa alleniana. Una burla de sí misma, Keaton, es una sombra de lo que era en su juventud. Imposible analizar porque elige personajes tan superfluos y estereotipados. Se trata de una actriz que supo enfrentarse a los hombres más duros de su generación, de personalidad e inteligencia. Además, una gran directora. Pero hace mucho, que Keaton es solo una sesentona que se ríe de la edad y el paso del tiempo. Del elenco secundario, tanto Patrick Wilson como Jeff Goldblum están desperdiciados, y una lástima que pierda protagonismo el personaje de John Pankow, una gran actor secundón de sitcoms (Loco por Ti)

Por último Harrison Ford, interpreta a un personaje que sirve de metáfora de si mismo: un hombre respetado, duro, con mala fama, pero que todavía tiene sus armas, y así como el personaje pide a gritos atención y respeto, y no rebajarse antes las insulsas propuestas de una joven caprichosa, él mismo hace un llamado: “hago estos personajes para demostrar que aún puedo hacer cualquier cosa. Todavía soy versátil. Llámenme”. Su actuación se destaca por la verosimilitud que le imprime el protagonista de Testigo en Peligro. Realmente cree en el personaje. No niega que la comedia no es su terreno. Fuera de cámaras, no deja de insistir a su amigo Steven, que le dé la oportunidad de ponerse el sombrero, la campera marrón y el látigo una vez más.

Lamentablemente, así como el personaje debe resistir, él también. Pero los que sufrimos viéndolo rebajarse, somos sus fanáticos.

La brújula de J.J. Abrams ha perdido por fin su rumbo. Un Despertar Glorioso es un producto demasiado previsible, superficial, que no logra funcionar en la comedia, el drama, el romance o la crítica. La pareja protagónica hace lo que puede, pero ni los mejores periodistas pueden sacar adelante un programa repleto de malas noticias.

 

 

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