A Sala Llena

Un recuerdo de Fabián Bielinsky

UNA LUZ FUGAZ EN EL CINE ARGENTINO 

Escena 1: en medio de la entrevista que se le estaba haciendo (para la revista El Amante/Cine), Fabián Bielinsky atiende más de una vez el teléfono recibiendo información sobre la cantidad de espectadores que se acumulaban para el primer fin de semana en cartel de Nueve reinas. Sorprendido y atento a los números vuelve al reportaje y sigue hablando de guion, planos, escenas, secuencias. 

Escena 2: seis años después Bielinsky concurre al CIC, la escuela de cine donde doy clases, para dar una charla sobre El aura y sus próximos proyectos. Nos volvemos a cruzar luego de aquel encuentro en el 2000 que ahora prologa a la brillante exposición de un director de solo dos largometrajes que serían los únicos.

A los pocos días surgirá la tristeza, las preguntas sin respuestas, el vacío incomprensible.

¿Qué hubiese sido de Fabian Bielinsky y del cine argentino sin esa pronta despedida? Imposible suponerlo a 16 años de aquel 26 de junio. Quedan un par de cortos y un par de largos para erigirlo en una figura esencial del cine de acá, aquel que pudo aunar dos films plenamente creativos y autoexigentes junto a la mirada puesta en la sala llena, en el espectador participativo, en el público numeroso.

Bielinsky y su cine, estreno de Nueve reinas mediante, surgen en medio del apogeo del NCA (Nuevo Cine Argentino) y de las superproducciones Polka y Telefé. En efecto, en aquel paisaje de fines y principios de siglos se estrenan Mundo grúa y La ciénaga, entre otras, junto a las ruidosas inversiones de la televisión por un cine de fuerte objetivo netamente industrial. Nueve reinas es subvencionada por Patagonik, digamos, una de las nuevas empresas de contenidos emergentes por aquel período.

La contundencia del discurso, la extraordinaria síntesis de un guion perfecto al servicio de la puesta en escena, el retrato de aquel Buenos Aires inicios siglo 21, la conjunción del género policial con un historia de estafadores de segundo orden que tienen el gran negocio entre sus manos, la captación de ese Puerto Madero aun no acomodado a miles de dólares por metro cuadrado, en fin, la película pega y sacude al espectador que ocupa con placer las butacas de ese contexto aun eminentemente cinematográfico.

El extenso lapso entre Nueve reinas y El aura corrobora el rigor con el que Bielinsky encaraba cada uno de sus proyectos. Si la opera prima hoy puede observarse como una película perfecta del inicio al final, el segundo opus arriesga una puesta al abismo, una narración centrífuga, plena de sorpresas, invadida por un no saber qué sucederá con esa escena que sigue a la otra. Nuevamente el policial pero ahora en un paisaje boscoso, más abierto y acorde al problema de salud del personaje central, en una historia donde el género se ubica en los bordes y no en el centro neurálgico del relato como ocurría con Nueve reinas.

Dos propuestas parecidas pero diferentes en sus propósitos finales. Complacer al espectador y tenerlo aferrado a la butaca en el debut como cineasta. Exigirle e instarlo a resolver un jeroglífico narrativo en la segunda.

Cine clásico y cine moderno. La perfecta simbiosis.

Y no quiero omitir sus dos cortometrajes antes de los largos: La espera (1983) y, aun como estudiante, el soberbio El péndulo (1981), perfecta exposición sobre cómo trabajar el tiempo y el espacio en el cine durante solo cinco minutos.

Dos largos y dos cortos. Poco y nada en relación a aquello que quedó pendiente.

Una hermosa luz fugaz en el cine argentino que se fue muy rápido. Eso fue Fabián Bielinsky. Queda su obra.

Por suerte.

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