A Sala Llena

Una canción de amor para Severus Snape

¿Por qué no me quiere? Esa es una pregunta que casi todos los seres humanos nos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas, cuando el objeto de nuestro afecto no corresponde nuestras intenciones. Analizamos los pros y los contra, chequeamos nuestro aliento, mascamos chicle por las dudas, bajamos un poco de peso, buscamos que nos de bien la luz cada vez que lo vemos, ponemos sobre la mesa la cantidad exorbitante de argumentos y razones que hacen que  seamos, lejos, la mejor opción  para el objeto en cuestión. Y aún así, no nos eligen. Algunos nos juran amor y se apasionan por nosotros. Nos llenan de promesas y después no las cumplen. Otros nos tienen de amigos, de compadres, de hermanos y no nos pueden ver jamás de otra manera que no sea esa. Mientras que un tercer grupo, el peor tal vez,  el que probablemente merezca morir, ni siquiera nos dirige la mirada.

Es verdad que para el “ofendido”, para el no amado, para quien suspira en la noche sin esperanza alguna, su propio sufrimiento es, sin lugar a dudas, nuevo, diferente y atroz. Para el “amador” no hay calvario como el propio y, aunque sea uno de los dolores más viejos y prosaicos del mundo, siempre se le antoja original.

Debo decir que, frente a situaciones de este calibre, el ser humano se comporta de maneras infinitamente diversas y mas que coloridas. Desde el crimen pasional, hasta el tratamiento con antidepresivos, la paleta de posibilidades se extiende portentosa ante nosotros, como una especie de pavo real infinito.

Algunos hacen terapia, escriben libros, escalan montañas. Otros viajan incansablemente por el mundo, van de retiro espiritual a misteriosos monasterios, consultan a hechiceros que les leen el futuro, hacen cursos de cocina, de respiración y de control mental… Los que olvidan, olvidan. Los que no… Los que no son los que nos convocan a esta columna.

Un ser humano que vive amando a una persona que no le corresponde, a menudo es confundido con un enfermo. El hecho de no ser correspondido y de aún así, persistir en el afecto, lo sumerge de manera segura en la categoría “insano”. Cualquier terapeuta que se precie de tal, se llenará la boca diciéndole a su flamante paciente en pleno sufrimiento que, seguramente hay algún problema de fondo, complejo y oscuro arremolinándosele en el cerebro y que detonó la tragedia de haberse enamorado de alguien que no lo quiere. Algo emparentado con el amor de mamá y papá y con la construcción de la propia estima;  la idea velada de que no merece ser amado.  El amar para siempre a alguien que no nos corresponde, es hoy considerado casi una falla de carácter.  Por supuesto, nadie se queja de los ríos de tinta maravillosa que se han escrito a lo largo de la historia sobre el tema, de las películas gloriosas, de los sonetos inolvidables y de la música celestial. El sufrimiento de amor, ha sido el pasto más verde para casi todas las formas de arte que el hombre ha desarrollado y súper desarrollado.

¿Qué pasa con la pobre alma que no logra olvidar?  Aquel que anda por la vida amando siempre a quien no lo ha querido. De esos, muchos tratan de construir algo: familia, trabajo, hobbies, distracciones permanentes. Otras formas del amor que vengan a salvarlo, a distraerlo, a sustraerlo de la noción horrenda de no estar con quien se ha querido. Es frecuente, que esta gente termine casi despreciando al objeto de su amor. Algunos llegan a odiarlo con todas sus fuerzas y, a la larga, aprenden ese desprecio como si fuera real. Lo memorizan, lo rumian, lo defecan, lo vuelven una parte casi carnal de su propio ser. Si no me ama es porque no me merece, y punto.

También están los que subliman al “amado”. Nadie jamás estará nunca a su altura y casi llegan a darle cualidad de santo o de intocable. Como es tan perfecto no hay que acariciarlo para que no se dañe, para que no se ensucie, para que no se manche. Esto vuelve al objeto querido inexpugnable y por ende, incogible. De esa manera, el deseo va disminuyendo y se termina por creer que, a lo mejor, fue mejor así, que el universo es sabio. Es como encogerse de hombros y seguir camino, con una lágrima furtiva en el ojo izquierdo.

Pero hay otros que no hacen nada de lo antes descripto. Estos seres son poco frecuentes, son extraños, son algo así como unicornios o aberraciones maravillosas de la naturaleza. Son perfumados y exóticos y se esconden de la luz para que no podamos verlos. Ellos son los que siguen amando, deseando, cuidando, aceptando, amparando, protegiendo, admirando y queriendo la felicidad del ser amado, aunque ésta los aleje para siempre.

Severus Snape es mi personaje favorito de la saga de Harry Potter. Siempre lo fue, desde “…la piedra Filosofal”. Nunca, ni en sus más desgraciados momentos, creí que fuera malvado. Confieso, que había demorado la visión de la última entrega cinematográfica, con la estúpida motivación de postergar el final. Pero, antenoche, no pude más que verla en Cuevana, tentada por el silencio de la madrugada.

A estas alturas, todos lo conocemos pero, por las dudas, hagamos una pequeña reseña sobre el muchacho: Severus nació en el año 1960. Todos sabemos que era un mago mestizo, aún cuando nos hizo creer que estaba obsesionado por la pureza de la sangre. Profesor de Pociones primero, Defensa contra las artes Oscuras después y, finalmente Headmaster de Hogwarts, el tipo era tan oscuro, complejo y misterioso, que a más de uno le paraba los pelitos de la nuca. De cabellera y atavío negro, siempre, su semblante era amenazante a la vez que contradictorio. Fue compuesto magistralmente en el cine por Alan Rickman que lo llevó a lo más alto y lo dejó parado para siempre en la gloria.

Con una capacidad fascinante para la ironía, llevaba su autoridad de manera sofisticada y poco familiar para con los alumnos. Todos le temían. El tipo estaba de verdad perturbado, conflictuado, lleno de poder y de secretos.

A lo largo de la historia, nos hizo creer que aborrecía al héroe del cuento, sin motivo aparente. Iba y venía por los pasillos del castillo, con su maravillosa capa negra, abriendo estrepitosamente las puertas, amenazando a los estudiantes y despertando una especie de miedo a la Darth Vader que los inmovilizaba a casi todos.  En “…el Príncipe Mestizo” intentó hacernos creer  que era un asesino y un traidor. La mayoría lo creyó, pero a mí no me engañó. Yo sabía que estaba en presencia de una conspiración, de un plan, de algo que iba entretejiéndose a espaldas de Harry y que, a la larga, le daría la sorpresa de su vida. Y así fue…

En Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, por fin comprendemos qué era lo que, durante todos aquellos años, había motivado al ensimismado profesor de Hogwarts.

Severus Snape, había amado a una mujer más que a su propia vida.

Se enamoró de Lily Evans (posteriormente Lily Potter por matrimonio) en la más tierna infancia. Los dos niños se habían hecho muy amigos y asistieron juntos al colegio. Ya en Hogwarts, Lily conoció a James Potter, el padre de Harry que, debo decir, era poco menos que un pelotudo y se enamoró de él. Se casaron, tuvieron a su hijo y al poco tiempo, fueron asesinados por Lord Voldemort. De allí en mas, Severus la lloró casi sin consuelo y, desde el más absoluto de los misterios, protegió a su hijo sin que éste lo sospechara ni por un momento.  Lo acosó, lo mal trató, lo despreció, lo vapuleó y, a la vez lo mantuvo a salvo casi todo el tiempo. Severus parecía ser el antagonista permanente de Harry pero, por el contrario, era en realidad uno de sus más fieles centinelas.

Severus Snape cuidó del hijo de la mujer que amaba con celo absoluto. Pero desde un lugar en que sabía que jamás sería recompensado por ello. En el secreto y el ocultamiento. Solo al final de la historia, Harry descubre el verdadero valor de Severus y entiende quién era en realidad su temido y mal juzgado maestro. Tanto lo comprende, que le pone el nombre de Severus a su propio hijo.

En  la película, la escena de la muerte de Snape es casi descorazonadora. Tienes los ojos de tu madre_ le dice a Harry, mientras de los suyos, completamente negros, se escurren lágrimas de tristeza. Lejos, esta última versión cinematográfica de la historia, dirigida por David Yates, es la más oscura de todas. Tanto desde el contenido, como desde la imagen, el montaje y la banda sonora. Durante casi toda la cinta, no se puede más que sentir pesar en el corazón.  La miraba y lloraba a moco tendido. Mucho tiempo atrás, maldije a J.K Rowling por matar a este personaje tan maravilloso. Pero, en el fondo, sabía que tenía que morir. Todo su desarrollo era demasiado romántico, demasiado negro, demasiado fatal como para que sobreviviera. Severus Snape había sido un adolescente diferente, discriminado y hasta perseguido por sus pares. Llegó a ser un mago muy poderoso y llevaba en su corazón todas las cicatrices de una infancia difícil, una adolescencia atroz y una madurez dolorosa. Amaba a una mujer muerta y la cargaba en el alma grabada a fuego. Se había vuelto doble agente de la Orden del Fénix en contra de Lord Voldemort, pero sin que nadie lo supiera. Era el “infiltrado” el muchacho bueno que solo puede obtener su recompensa después de muerto. Era el emblema encarnado del amor no correspondido, en todos los órdenes de la vida.  Pero estaba bien, porque él podía con ello.

Era fuerte.

Así que, mi querido Severus, esta columna, la primera de los martes, es para vos. El amante eterno y olvidado, que jamás se resintió contra el objeto de su amor.  Si me preguntás a mí, yo me caso con vos en un abrir y cerrar de ojos. Pero, por ahora, solo puedo dedicarte esta columna, a vos y a todos los amantes sufridos del mundo.

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