A Sala Llena

Vivir al Límite, según Damian Hoffman

La labor del cineasta es socialmente poco identificable con la figura femenina. Los hombres han ocupado el sillón de director mucho más que las mujeres, vaya a saber por qué razón. Quizás por el machismo de la industria, porque los tiempos están cambiando recién ahora o tal vez por ninguna causa en especial.

 

No obstante, en el pasado existieron ejemplos que fueron moldeando el camino para que Kathryn Bigelow, responsable de Vivir al Límite, viva el mejor momento de su carrera durante estos meses. Con trascendencia moderada, Lina Wermüller, Elaine May, Lois Weber, entre otras, supieron inconscientemente poner el pecho en tiempos adversos a un mercado en el que eran (y siguen siendo, por cierto) minoría.

 

Actualmente, el escenario es más equitativo. Reconocidas directoras como Jane Campion (La Lección de Piano), Niki Caro (Jinete de Ballenas), Nora Ephron (Tienes un E-mail), Marry Harron (Psicópata Americano), Nancy Meyers (Alguien Tiene Que Ceder), Mira Nair (Vanidades), Lone Scherfig (Enseñanza de Vida), Shari Springer Berman (American Splendor), Isabel Coixet (La Vida Secreta de las Palabras), Sofia Copolla (Perdidos en Tokio), Lucrecia Martel (La Ciénaga) y Julie Taymor (Frida) son una serie de ejemplos, a grandes rasgos, de una generación de mujeres que eligen expresar su visión desde el séptimo arte en diferentes partes del mundo.

 

El caso de Bigelow es aún más llamativo. Lejos de abordar temas cálidos y sentimentales, como muchas de las mencionadas anteriormente, la realizadora experimentó con tramas oscuras, historias duras y un estilo más cercano al preferido por su sexo opuesto. K-19, seguramente su trabajo más conocido hasta ahora, tenía a Harrison Ford en un conflicto nuclear lleno de suspenso que toca cuerdas parecidas a las de Vivir al Límite, su reciente obra maestra.

 

La historia es una de las tantas que se han situado en Irak tras la invasión norteamericana al país asiático. William James es un experto en desactivar bombas que llega en reemplazo de un soldado fallecido por una explosión. A cargo de la Compañía Bravo, se relaciona principalmente con JT Sanborn y Owen Eldridge, cuyos estilos laborales no congeniarán. La colaboración será difícil por las manías y locuras del recién llegado durante los 39 días restantes de la misión.

 

El excepcional film se debe a los méritos de cada una de las partes que conforman su creación. Cada pieza ayuda a construir una historia que atrapa desde el comienzo. Es una de las experiencias más tensas que ha brindado el cine en los últimos tiempos, dejando al espectador en guardia, atento a todo lo que esa hostil tierra puede deparar en segundos.

 

Con el correr de las escenas, y mientras la cuenta regresiva hacia la vuelta a casa se diluye, uno se reconoce como un infante más, documentando cada trabajo y experiencia que el trío de militares vive. Esa auténtica sensación es fruto evidente del soberbio guión de Mark Boal. No da tiempo para relajarse, lo que no quiere decir que necesariamente haya golpes de efecto en todas las escenas.

 

Detrás de cámara, Bigelow capturó la esencia de la historia simplemente transmitiéndola con el ritmo adecuado, intentando que la audiencia presencie cada locación desde la mayor cantidad de puntos de vista y dando lugar a primeros planos que brinden las expresiones de los protagonistas.

 

El clima también se sostiene sobre múltiples aspectos técnicos. El diseño del sonido es perfecto. Representa la majestuosidad de las explosiones y profundiza en los detalles, como la sensación de las rocas temblando tras un estallido. La edición está al servicio del relato, dándole agilidad durante los rastrillajes y una tranquilidad visual insoportable cuando James intenta desarmar los proyectiles mientras uno presiente que algo está por detonar. Vale destacar la fotografía, cuyo mayor lucimiento se despliega durante las escenas nocturnas.

 

La interpretación de Jeremy Renner es excelente. Su criatura es un enigma al principio, pero con los minutos se torna querible, con un dejo emocional inmenso y una adrenalina que se destila desde la pantalla. Cerca del final, su actuación toca techo, con una ambigüedad de estados que lo hacen sufrir por lo que le toca pasar, pero a la vez reflexionar sobre qué es lo que realmente le gusta de su vida y su profesión. Sobre el primer aspecto, se puede comparar con Tom Cruise en Nacido el 4 de Julio, buscando explicaciones sobre las miserias y pérdidas en las que, de una u otra manera, está involucrado. Anthony Mackie logra interesantes duelos durante las discusiones que mantienen ambos.

 

Sin tomar partido sobre la llegada de más tripulaciones a las zonas de combates, pero con un implícito mensaje anti bélico, Vivir al Límite sirve como retrato de una historia muy particular en una tierra minada de incertidumbre, horror y desesperación. La guerra está a la vista en la película, mostrada con crueldad y tensión. No hace falta un veredicto sobre este tema cuando la contundencia no deja dudas.

 

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