A Sala Llena

[23] BAFICI | L’État et moi

El espectador precavido suele desconfiar (y quién podría culparlo) del sintagma comedia-alemana. L’État et moi, lo nuevo de Max Linz, viene a inscribirse en ese terreno tan inestable como incierto, y lo hace con suerte dispar, aunque sin perder nunca su gracia ligera y su espíritu lúdico. La historia es simple pero se ramifica y enreda: un compositor que muere fusilado en la Comuna de París vuelve a la vida en el presente. Resulta que el hombre, Hans List, interpretado por una mujer, Sophie Rois, es muy parecido a la jueza Praetorius-Camusot, a quién también pone el cuerpo Rois. Lo que sigue es una larga secuencia de aventuras en las que el compositor, desorientado y estupefacto, es perseguido nuevamente más de un siglo después de su muerte por la justicia alemana, que lo acusa (una vez más) de comunista. 

El recurso fantástico del retorno a la vida, la decisión de hacer que el compositor y la jueza sean interpretados por la misma actriz y el retrato de los funcionarios alemanes le dan forma a un tema del que seguramente desconozcamos todo: una sátira sobre el sistema judicial alemán. Linz debe sospechar esto y, para no perderse en la traducción, le da a su película un aire levemente universal: los abusos de poder son parecidos a los de cualquier otro lugar. El tema puede no ser tan nuevo, después de todo: muchas películas, como El caso Collini, cuestionaron los códigos alemanes que permitieron a civiles nazis eludir condenas. Pero Linz está decidido a realizar algo tal vez nunca hecho: una comedia amable y colorida que se mueve con elegancia y simpatía, que busca el gag en lugares previsibles como caídas, sustos o confusiones, y que entiende el cine como una suerte de teatro accidentado o, mejor, de música, una cuestión de ritmo visual, de actores aprendiendo a hablar o a desplazarse siguiendo el timing de los planos. 

Todo eso está muy bien, pero en el sistema que diseña Linz esa ligereza encubre o, en todo caso, atenúa el contenido serio de la película: la crítica institucional. Es esa crítica la que empuja a la película al comentario y la desbalancean, como si Linz empujara a un bailarín y le hiciera perder el equilibrio. El funcionario judicial al que todos le cambian el nombre, el militar y el ministro son los personajes encargados de cargar visiblemente con los males a denunciar, y Linz pone en sus bocas diálogos imposibles, como cuando el funcionario califica a los gritos de comunista al compositor solo por hacer música, o de terrorista por haber estado involucrado en un choque con un carruaje (que, interpretan, pudo haber sido un atentado). La escalada de chistes crece hasta volverse un poco insoportable: espera realmente el director que nos ríamos con cada desplante del funcionario y sus “¡comunista!”. Ese universo de chistes fracasa por una razón sencilla: son malos y solo pueden funcionar con un espectador que coopera exagerada y denodadamente con la película, tal vez creyendo que reírse del funcionario lo hace participar de alguna forma de comunidad progresista.

La película avanza y Linz mantiene el ritmo etéreo y naif, pero el relato cede ante las frases y los hechos que deben cerrar el sentido: la resurrección del perseguido y su nueva vida en la actualidad debe leerse como una fábula sobre la Historia, la pervivencia de las utopías y la rebelión contra la autoridad. Nada nuevo, por otra parte, una buena parte del cine que vemos en festivales giran alrededor de lo mismo (pensemos en las multipremiadas El intenso ahora o El año del descubrimiento). Pero Linz había amagado con otra cosa, algo distinto de ese romanticismo simplón y automático que al final se lleva puestos, por su propio peso, a los juegos y los bailes y las mascaradas anteriores.

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(Alemania, 2022)

Guion, dirección: Max Linz. Elenco: Hauke Heumman, Martha Mechow, Jeremy Mockridge. Producción: Anton Kaiser, Florian Koerner von Gustorf, Michael Weber. Duración: 85 minutos.

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