A Sala Llena

25 años de “Heat”

El 6 de diciembre de 1995 en Burbank, California, ocurrió -llegó como un relámpago lleno de energía de la buena- la premiere de Heat, esa película aquí estrenada como Fuego contra fuego, quizás para aprovechar la fama de la canción de 1991 de Ricky Martin. Una premiere cerca de la casa de la mayoría del elenco y de todo el equipo de rodaje; una premiere cerca de los escenarios de la película, una premiere casi barrial y a la vez intergaláctica, llena de estrellas. Total, a los festivales la película les importó poco y nada. Y tampoco le importó a los giles de los Oscars.

El policial -y más que policial, y no negro sino azul- Heat cumple 25 años, un cuarto de siglo, y a fin de mes cumple 125 años el cine, un siglo y cuarto. Apenas un “uno” de diferencia, dirán los que no saben leer números, es decir, la mayoría de la humanidad. Hay gente, en general orgullosamente anumérica, que repite como un mantra “menos es más”, pero Heat y Michael Mann siempre supieron otra cosa: más es más. En realidad, el hombre Mann siempre supo las reglas básicas del cine y de la aritmética. 1) Menos por más es menos: esas películas que intentan ser de acción o de comedia pero están a medio cocer, sufren de anemia narrativa y de languidez en su visión de las cosas. 2) Más por menos es menos: esas películas en las que se decide que pase poco y nada pero que en algún momento parecen encenderse con “esa secuencia” más o menos virtuosa; películas poco generosas; así es mucho del cine celebrado últimamente en festivales. 3) Menos por menos es más: Robert Bresson, claro. 4) Más por más es más: Heat y Michael Mann; Michael Mass, claro. ¿No les gusta esta clasificación? Bueno, vayan a ver Vitalina Varela, varias veces.

Heat es más es más es más: y más y más y más nunca dará menos. Volvemos y es más. Pletórica de fuerza, pletórica de emociones fuertes, pletórica de estética convencida y convincente. Heat, película para agradecer con el alma. Y para ver en el cine. Dos veces en el Atlas Lavalle la vi, seres que ya no van al cine y ya no iban a Lavalle en 1996. Ahí tienen esa calle ahora convertida en un horror, por culpa de ustedes, los que querían ir a los yopins; yo gritaba consignas justísimas y ahora soy un cuarentón espléndido. Hay que recuperar ya mismo Lavalle, volver a poner cines con algún plan, incluso un plan como los de la banda de Neil McCauley (Robert De Niro).

Heat es una película pensada al detalle, con símbolos, tramas y subtramas y más subtramas, y actores y actrices jugando excelsos juegos intensos. Pacino en modo supra Pacino, con energía centrífuga y diciendo “culo de mujer” mejor que nadie en la historia del cine. De Niro en modo absorbente De Niro, con energía centrípeta. Heat y sus símbolos, las escaleras descendentes de los que van a morir, las flechas en el piso que no se siguen. Contra el destino nadie la talla, y los códigos del métier hay que seguirlos, porque son sabiduría ancestral. Neil, te habla la tradición: no te des el lujo de ir a matar a Waingro, no dobles, seguí la autopista, la flecha que te marca el trayecto. Pero no, Neil vuelve a hacer lo mismo. Y uno vuelve y vuelve a ver la película y Neil vuelve a hacer lo mismo. Y el final es otra vez el mismo: Vincent como la Virgen María y Neil como Jesús, y las formas de La Piedad, y Miguel Ángel. Y empieza Moby y “God Moving Over the Face of the Waters”. Película recargada y con los cargadores vaciados una y otra vez con “Force Marker” de Brian Eno: el mejor asalto a un banco de la historia del cine, filmado como una película bélica. Y las decisiones de entrada y salida de las capas de sonido: cine hecho con enjundia, con pasión. Y la luz azul, de día y de noche: gracias señor italiano Dante Spinotti. Heat es una película americana de tradición hawksiana en el profesionalismo de todos, personajes y hacedores. Y una película italiana en la perfección de la luz y también en los trajes -porque esta gente se vestía bien, estos policías y ladrones tenían una ropa de buen corte- y en la actuación casi napolitana de Pacino, si hasta parece Vittorio De Sica al admirar a Sophia Loren en Capri. ¿Les resulta demasiado intenso y hasta vulgar recordar Heat? Abandonen, vayan, corran (?) a ver alguna serie on line, quizás todavía pescan Unorthodox.

Sí, ya sabemos que “hay que hablar” de la carta robada: Pacino y De Niro habían compartido película en El Padrino Parte II pero no habían interactuado, no habían participado del mismo tiempo de la historia… En Heat iba a darse ese encuentro titánico y Mann supo qué hacer, con creces: darle de comer a los periodistas y a los nerds, que se preguntaban si en realidad no podría haberse dado el caso de que no hubieran compartido el rodaje… (ay, que me da sueño; miren la película, lean algún libro sobre Mann o Heat, o algún libro lindo, o mejor miren bien la película, la escena del bar y el final y despejen las dudas mientras aprenden de montaje).

Heat es más es más es más, y tanto es más que es una película que se encaramó sobre otra. Es una remake de otra, en realidad de algo así como un borrador, hecho por el mismo creador, el señor Michael Mann: L.A. Takedown fue un piloto para una serie que no fue, pero Mann confiaba en su potencial y desde ese punto de partida subió a los cielos para hacer Heat, la película más azul de todas. Gracias Mann por tu convicción y por el cine, ese que tenía cien años cuando hiciste Heat. Ese arte que, centenario en ese entonces, se sentía todavía con energías, ese que nos motivaba a peregrinar para verlo en salas grandiosas y que todavía nos conmovía. Fue también en esa década en la pudimos ver Drácula de Coppola (Ocean) y Casino de Scorsese (Metro), otras películas hechas con sangre, pasión y lágrimas. Como decía Michi Panero en la inmortal El desencanto: éramos tan felices.

 

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