A Sala Llena

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Farsantes: la máquina de hacer mierda

Farsantes: la máquina de hacer mierda

Como ustedes recordarán,
esta columna le dio a principios de este año televisivo, un voto de confianza a
Farsantes. Sabiendo como sabíamos que
era muy difícil mantener estándares de calidad en una tira diaria, y haciendo
como que no habíamos visto Germán,
Últimas Viñetas
, la mejor ficción televisiva en AÑOS, nos corrimos del
escepticismo diario y decidimos confiar. Confiamos en el elenco, en los
“medios” que posee la productora, en los guionistas (eso sí, no sé por qué); en
las intenciones de la historia, en los milagros, en los pajaritos, las
florcitas…   Y entonces, wait for it ¡Qué
porquería de idea, fue perder el tiempo con esta tira de MIERDA! 

A decir verdad, había dejado
de verla hacía ya algún tiempo.  Pero
cuando los rumores de la muerte de Pedro,
el personaje que encarnaba Vicuña, se hicieron fuertes, decidí volver a
mirarla, solo para ver hasta dónde llegaban con la pileta de bosta que fueron
construyendo y cuánto tardaban en ahogarse en ella. Como podrán observar, hoy
no me ando con medias tintas, así que, a los ultrasensibles les anticipo desde
ahora, que esta columna no tiene guantes puestos, ni pelos en la lengua, va a
ser contundente. Los impresionables pueden ir ya corriendo a comprar sus dosis
diarias de Activia, porque esto va a ser una patada en el estómago: ¡NO MERCY!

No seamos ingenuos, la tira
murió mucho antes que Pedro. Si hizo algo este último error garrafal, fue
enterrarla seis metros bajo tierra. Los errores épicos que fueron cometiendo,
construyeron una rutilante, gigantesca y endeble pared de ladrillos, que los
iba a aplastar más temprano que tarde.

Empecemos por el principio:
La dirección NO EXISTE. Hace rato que dejan a los actores correr salvajes y en
pelotas, a la buena de Dios por el relato. No los contienen, no los apuntalan,
no los protegen de su propia estupidez que, lamentablemente, es abundante. No
se salva ni Chávez.  O, mejor dicho, al
primero que mandaron al muere fue a Chávez. Supongo que todos los directores
que cuentan con un actor de ese calibre, se sienten tentados de dejarlo hacer
lo que sabe. Pero, una cosa es dejar venir al actor y otra, muy diferente,
abandonarlo. A Chávez lo abandonaron. Lo dejaron ahogarse en este personaje
sermoneador, levantador de dedo índice, sabelotodo, desmatizado,  infranqueable y, francamente, insoportable.
Un tipo que fue honesto consigo mismo y con su entorno hace cinco minutos y que
no tiene empacho en darle lecciones a medio mundo acerca de cómo tiene que
vivir la vida. Hasta su novio tuvo que fumarse despliegues de paradójica
petulancia, que invitaban verdaderamente a cambiar de canal. Las
contradicciones del personaje no son orgánicas, son absolutamente arbitrarias y
típicas de una construcción pobre, desorientada y dejada a la buena de Dios.
Guillermo se ha vuelto infumable. Y toda la humanidad que esperábamos de ese
personaje que se intuía rico, vulnerable, honesto, carnal y complejo, se fue
por el drenaje de la negligencia, la falta de compromiso y la soberbia.

¡Y qué decir del pobrecito
de Facundo Arana! Mirá pibe: si es cierto que te querés ir, aprovechá el
impulso y ¡TOMATELÁS!  Te sacrificaron
como a un peón, flaco. Te dejaron a merced de tu falta de intuición para
componer. Te arrancaron hasta el carisma (que te sobraba junto con tu “ángel”
natural) y te reventaron como a una garrapata. 
Ahí estás, tratando de sobrellevar la inconsistencia de tu personaje,
dando manotazos de ahogado con tus muletillas insufribles. ¡No digas un solo
“viste” más, flaco! Yo sé que tus intenciones son buenas, pero solo hacen que
se te vean los hilos compositivos. Necesitás un director, ¡URGENTE! Te dejaron
solo. No es casual que sientas que no pertencés. ¡NO PERTENECÉS, FLACO!  Están arrebatándote todo lo que construiste
por años. Desperdician tus puntos fuertes a niveles delictivos. Te están
achurando sin piedad. A esta altura, es mejor la novela de las nueve y media,
mirá lo que te digo… Salvate pibe, rajá.

Griselda Siciliani está a
dos pasos de ser “Sonia Bancada”.  Es una
buena actriz, pero con lo que hace en Farsantes,
cabe preguntarse si estaría ocupando el lugar que ocupa, si no fuera la
mujer del patrón. Su personaje, si bien es tal vez el que tenga todavía algún
tipo de fidelidad y coherencia constructiva, se diluye completamente dentro de
la trama y es muy fácil distanciarse de ella. Nadie, pero nadie se identifica
con una “pelotuda” como protagonista de una tira. La protagonista puede ser
inocente, virginal, ingenua a grados insospechados, pero pelotuda rematada,
jamás. Ese error en la fundación del personaje, es verdaderamente asqueroso.  Y es total y absoluta responsabilidad de quien
escribe la tira. Gabriela, se derrite en un mar de estupidez crónica. Pero, si
me preguntan, son ella y Marcos los personajes que todavía no se han ahogado en
este naufragio… Pero están en las últimas, eh. Así que no salgan a tirar
petardos.

La traición al espectador
existe y, si bien el autor no puede encarar ninguna pieza pensando y
encorsetándose en eso, tal vez sea sabio enfatizar que la televisión escapa a
ciertos cánones que rigen otras áreas artísticas (y dejo bien en claro que la
palabra “artísticas” está aplicada con extrema generosidad). El espectador televisivo
ya no es dejado de lado ni para ir al baño en lo que se refiere a los giros
argumentales de un producto. Y, con la muerte de Pedro, se cometió otro pecado
imperdonable dentro de la diégesis vapuleada de esta tira, que no gana para
disgustos.

El espectador fue presa de
una trampa verdaderamente execrable. La relación de amor que fue construyéndose
entre Pedro y Guillermo, que era nada más y nada menos que lo mejor que tenía
la tira, y que se dio franca, paciente y hasta bien estructuradamente, fue
coronada de la peor manera: Pedro murió. Pero lo triste no es que haya tragedia
en la tira, porque la tragedia existe y es componente fundamental de cualquier
historia de amor, más tarde o más temprano. Lo verdaderamente espantoso, es que
la muerte de Pedro es una puñalada por la espalda a un espectador al que se le
prometió otra cosa. Y esa promesa fue hecha al comienzo de la tira y era la
promesa de ver amarse a dos seres que luchaban contra todo para estar juntos. Y
ese “todo” era mucho más que la adversidad externa. La lucha era también de
liberación interna, de respeto por la propia naturaleza y de reconocimiento del
amor verdadero. Ese amor que debía concretarse, jamás lo hizo. Y eso, dentro de
la estructura narrativa y dramática de una tira diaria y argentina, es
asquerosamente aborrecible.  Se
necesitaba mucha más historia antes de que fuera lícito matar a Pedro a los
ojos del espectador fiel. Y espero que ese mismo espectador, se vengue con toda
la furia de su indiferencia, frente a un producto que lo verdugueó sin piedad.

Ahora entra un nuevo amor a
la tira y será encarnado por Guillermo Pfenning, un actor maravilloso, de
talento sobresaliente y marcada sensibilidad. Viene a agarrar una papa
caliente. Vicuña le había impreso a su Pedro remarcable humanidad, candidez y
ternura genuina. En verdad lamento que se le dé el primer protagónico de tira a
Pfenning en estas condiciones.  Es una
actor profundo, que se merecía estelarizar hace rato y con un material a su
altura.  Pero, si hay alguien que puede
salir adelante en esta situación, es él. Se lo deseo de todo corazón  y con todo mi cariño, pero me permito dudar
de quienes son responsables de hacer de esta historia algo más, que una máquina
de hacer mierda.

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