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CRÍTICAS - CINE

La escuela del bosque

LA TENSIÓN ESENCIAL

Casi no tengo amigos cineastas, pero soy amigo de Gonzalo Castro desde que me mostró un corte de Resfriada, su primera película, allá por 2008. Por entonces, Castro ya había publicado su primera novela, Hidrografía doméstica. También soy amigo de Guillermina Pico (cineasta, actriz, directora de teatro) desde que se puso de novia con Gonzalo Castro, aunque no recuerdo en qué año ocurrió ese acontecimiento. Menciono estos hechos porque la amistad con ellos me hace ver la película desde un lugar difícil de separar de sus vidas. La escuela del bosque tiene dos particularidades en la filmografía de Castro. Una es que, si bien siempre hizo actuar a sus novias o ex novias en las películas, esta es la primera que filma con su novia, en el sentido de que se trata de un proyecto compartido. No solo porque Pico figura como guionista y productora, además de actriz principal, sino porque la película tiene mucho que ver con la intersección de sus mundos respectivos (aunque tampoco son demasiado diferentes). Por otro lado, esta es la película más ficcional entre las que dirigió Castro, aunque los personajes sean versiones más o menos desplazadas de sí mismos: podrían ser ellos en circunstancias diferentes. 

El mayor desplazamiento hacia la ficción de La escuela del bosque tiene que ver con que sucede en Barcelona, donde alguna vez Pico vivió y estudió durante tres años. Pero María, su personaje, no volvió y ahora tiene una hija chica (que habla con acento español o catalán) producto de la relación con su ex marido (Alelandro, interpretado por el escritor Alejandro García Schnetzer), trabaja bajo las órdenes de Gastón Solnicki en algo así como una discográfica (la vida laboral de María no es lo más importante de La escuela del bosque), vive en una casa que unos le dejaron barata pero ahora tiene que dejar, tiene otros amigos, conocidos, la visita su hermana. Por otro lado su padre también vive cerca de Barcelona y es diseñador gráfico como el actor que lo representa, América Sánchez, muy conocido en aquella parte del mundo. 

Además de ser un tipo que tiene ideas originales sobre casi todos los temas y se mueve con comodidad en varias artes y artesanías (por lo que sé en música, pintura, diseño, literatura, cine y carpintería japonesa) Castro siempre fue un director con estilo e ideas propias, que hace todo en sus películas: desde el guión hasta el poster. Por otro lado, el suyo es un cine de la proximidad: le gusta filmar mundos cercanos, usar como actores a gente que conoce y poner de manifiesto algo así como la riqueza intelectual, la intimidad de la práctica del arte. Su cine tiene una particular relación con la belleza: le gustan los árboles, los planos fijos, la cámara en mano, el blanco y negro, los travellings laterales que muestran a los personajes caminando. Dentro de esos planos, la vida se desarrolla con la mayor naturalidad posible, sin brusquedades, con emociones atenuadas, tranquilas y, si es posible, una exposición de ideas sutil e inteligente. El aporte de Pico, lo que hace que esta película tenga un tono distinto, es la aparición de lo que uno podría llamar la dramaturgia, cierta dimensión teatral, ciertas rispideces en las relaciones que su personaje tiene con la hermana, con el ex marido o con el jefe. Una visible angustia en el trato con la nena (que, por otra parte, es su gran fuente de alegría), una cierta indecisión, una inevitable incertidumbre. La película es un velado choque entre el sereno talante del cine de Castro, representado por una serie de personajes adaptados a su vida cotidiana y conscientes de su presente y la inestable agitación de María entre el afecto y la inquietud, entre el pasado y el futuro. De ahí el callado oscilar de la película entre una dimensión de paz elegante y otra de turbulenta provisoriedad.

La escuela del bosque es, entre otras cosas, una película sobre la inmigración, o más bien sobre el exilio con lo que la palabra tiene de referencia a la ajenidad, más que al cambio de territorio. Salvo por un par de personajes locales anecdóticos y la hermana de María, que llega de la Argentina, el film transcurre entre argentinos en Barcelona cuyo desarraigo tiene a la pequeña Isabel como límite y desafío. Pero, al mismo tiempo, el exilio geográfico con sus contradicciones y su doble extrañamiento (por el nuevo país y por el que quedó atrás), esa especie de limbo en el que viven quienes no son de aquí ni de allá, es la metáfora o la señal de un exilio más profundo, más radical, como si una vez abandonado el territorio original, no fuera posible el regreso pero tampoco la transformación. El nudo dramático de La escuela del bosque reside en una especie de maleficio que dificulta la paz tanto como el movimiento. María se parece un poco a los personajes de Monica Vitti en las películas de Antonioni (otro cineasta fascinado por la fotogenia de su mujer y por su capacidad como actriz), una mujer que pasea por un mundo en el que cada uno sabe cuál es su lugar (o lo simula) pero ella desconoce cuál es el suyo.

Hay una escena central en La escuela del bosque. Es aquella en la que María y Alejandro se encuentran en un café, en principio para hablar de cómo convencer a la nena de mudarse y asistir a una escuela que queda en el bosque. De pronto, ella dice que le gustaría volver más seguido a la Argentina. En un momento, Castro filma las manos de los personajes sobre la mesa y la tensión subyacente, que solo se resuelve cuando Alejandro cambia el tono y dice que, al volver a Buenos Aires, “el pie no coincide con la huella”, es decir que la ciudad real no coincide con su recuerdo y es imposible saber bien por qué. “Es la ciudad ausente de Piglia” concluye como síntesis, pero hay allí algo más en juego que una cita literaria no del todo pertinente. La conversación alude a algo que ha dejado de ser igual a sí mismo, que ha perdido su entidad y se ha disuelto en un vacío inexplicable. Es el cine mismo el que aquí se enfrenta con sus posibilidades, su hibridez, con la discordancia con su propia huella, con su propio recuerdo, con su propia historia. María acaba de decir: “Hay que hacer alguna cosa, salir del plano de las ideas”. La escuela del bosque es también una película que se pregunta por el cine entendido como un país extranjero y sugiere que algo hay que hacer al respecto. En esa exploración se metieron Castro y Pico con resultados promisorios. 

(Argentina, 2020)

Dirección, fotografía, sonido, edición: Gonzalo Castro. Guion: Guillermina Pico, Gonzalo Castro. Interpretación: Guillermina Pico, Isabel García Ponzoda, Alejandro García Schnetzer, Macarena Fernández, Oblit Baseiria, América Sánchez, Martín Tognola. Producción: Gonzalo Castro. Duración: 90 minutos.

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