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Cine

Crítica de “La noche está marchándose ya”, film dirigido por Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas

ESE DÍA QUE SOÑAMOS VENDRÁ

Hace no mucho tiempo, el cine Gaumont supo servir de refugio para personas en situación de calle. El precio irrisorio de sus entradas permitía un poco de cobijo en esas salas, algo alejadas del invierno cruel y la intemperie. Por unos pocos pesos, el Gaumont era la opción más viable para dormir una siesta con cierta comodidad o descansar entre butacas. En las proyecciones se conformaba un ecosistema de individuos variados, de distintos orígenes. El movimiento de las bolsas de los jubilados se mezclaba con el chasquido de latas de cerveza que traían algunos trasnochados, mientras de fondo se escuchaba algún que otro ronquido. Resultaba de lo más habitual ir a ver una de Albertina Carri y escuchar butacas arriba como un vago se acomodaba en tres asientos para descansar un rato. En estas funciones se formaba el sentido de comunidad, el de vivir en sociedad. Porque esa es una de las tantas funciones del cine, la de vivirlo en conjunto. Ir a una sala donde proyectan una película no es solo la experiencia de presenciar una obra, sino la de hacerlo entre nosotros, con gente. Vernos, verse, ver al otro. Algo de todo esto, la idea de forjarnos como personas a través del cine, es de lo que se trata La noche está marchándose ya.

Filmada en un sedoso blanco y negro, lo que le da cierta profundidad al asunto pero también un aire onírico, la ópera prima de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini es el relato triste aunque esperanzador de un contexto social, de un destino casi sin salida. Cuenta la historia de Pelu, un joven que como tantos otros, vive en una situación de precarización laboral que lo obliga a tomar lo que esté disponible para subsistir. Pasa de un trabajo, idílico para el cinéfilo, de proyectorista del Cine Club Municipal de Córdoba al, no tan tentador, laburo de sereno nocturno en la misma institución. Después de este enroque, todo parece caer en picada, desmembrarse con el tiempo. En una sucesión de eventos nada favorables, se dan una serie de situaciones que lo dejan desvalido. Aumenta el alquiler pero no el sueldo, lo que lo lleva a vender su moto. Una vez puesto ese parche, el amigo con el que comparten la casa se queda sin trabajo y terminan en la calle. La solución, al menos por el momento, es vivir en el Cine Club.

A partir de este momento es que empieza a formarse una cosmogonía de individuos que ronda al Pelu y por ende, al cine. Están los naranjitas o trapitos para los porteños. Un grupo de trabajadores de la calle que forman una familia y se ayudan con lo poco que tienen. Hay una chica que tiene un Only Fans y utiliza la sala de cine para sus vivos en complicidad con el protagonista (que al igual que Borges, huye del sexo). Y también aparecen los distintos municipales que conforman el Cineclub: la chica que limpia, el de la boletería, el último proyectorista que queda. El denominador común en todos ellos es la precariedad de sus trabajos y el difícil contexto económico. Todos ellos se arreglan como pueden pero en especial el Pelu. Quien en un gesto orwelliano se roba los sanguchitos del buffet mientras se toma una birra y como Silvio Astier, extrae libros de la biblioteca pública para luego venderlos. En su defensa, parece que solo se deshace de los ejemplares duplicados, lo que no alteraría el contenido de los anaqueles.

Resulta interesante pensar La noche está marchándose ya junto a la obra de otra coterránea como Maria Aparicio y su Sobre las nubes (2022). No solo por la obviedad de que comparten elenco y círculos sociales, lo que visibiliza una escena de realizadores, actores y actrices cordobeses sumamente prometedores. Sino también por su afinidad temática, la sensibilidad que manejan para abordar ciertos tópicos. De vuelta, tanto en la filmografía de Salinas y Sonzini como en la de Aparicio, encontramos el vivo retrato de estos tiempos. Personas de todas las edades que lidian con la subsistencia en un contexto cada vez más difícil. Lo único que los salva son los variados y pequeños lazos de solidaridad que se van tejiendo entre ellos. Es la ayuda mutua entre aquellos que están al borde de caer del sistema lo que aligera esas vidas, lo que las vuelve más transitables. Y eso se hace con pequeños gestos: partir un pucho a la mitad, compartir un sanguche con una cerveza o ver una peli en conjunto.

En algún momento del film, sucede algo mágico. Mientras los naranjitas y Pelu ven Buenos días de Yasujiro Ozu en la sala de cine que tienen para ellos solos, comienza un concierto de pedos. Los espectadores, imitando lo que ven en pantalla, empiezan a expulsar sus gases a la vez que se cagan de risa. Todos ellos, felices, son la imagen representativa de lo que significa construir sentido en sociedad. De cómo el cine emociona, hace reir y genera momentos especiales, fuera de orden. Esa amalgama de sentimientos solo cobra peso cuando se vive con los otros. Porque como dijo Favio en relación a su peronismo: “No se puede ser feliz en soledad”.

La película de Sonzini y Salinas no es solamente una obra más, es un acontecimiento, una experiencia para vivir de a muchos. Un espacio en el que se bifurcan distintos estados de las cosas. El presente no luce alentador pero por suerte, existe la resiliencia, el ingenio argentino. Lejos del aspecto derrotista con el que comienza la película, el final no deja de ser alentador. De alguna manera, esperanzador. Al igual que en Invasión de Hugo Santiago, el último fotograma de la familia ensamblada en la película parece decir: “Ahora comienza la resistencia”.

(Argentina, 2025)

Guion, dirección: Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini. Elenco: Octavio Bertone, Juana Oviedo, Rodrigo Fierro, Fabián Costa, Lionel Castelli, Atilio Sánchez, Alejandro Álvarez. Producción: Pablo Piedras, Eva Cáceres, Magdalena Schavelzon, Ana Lucía Frau, Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini. Duración: 104 minutos.

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