IMPRIMIR NUESTRA LEYENDA
Para vos, lo peor
Es la libertad
Sumo – Los viejos vinagres
Lisandro Alonso, a casi 26 años de la realización de su ópera prima -misma edad que tenía al dirigirla-, recupera su libertad. Este comienzo bien podría ser el titular de un periódico argentino, pero el cine, este cine en particular, ya no parece importarle al mundo de las noticias, ni al mundo en general, podríamos agregar de manera pesimista. Es que la nueva lectura (¿cómo definirla exactamente?) de La libertad (2001) que Alonso acaba de estrenar en Cannes, en la Quinzaine de réalisateurs (debería agregar: la ya no tan prestigiosa Quinzaine, quizás, pero incluir esta película también dice algo), es una obra que ya no parece pertenecer al cine que Cannes defiende. Mientras La libertad doble (2026) tenía su estreno mundial, en una función en un extraño horario de las tres de la tarde y que nadie entendía bien si se trataba de un pase de prensa o el estreno oficial, pocas horas después y a metros del Théâtre Croisette (el cine de la Quincena), se estrenaba El ser querido (2026) película de Rodrigo Sorogoyen en el Grand Théatre Lumiere (la sala oficial de la competencia), punta de lanza de un cine español hiper industrializado. La película es recibida por parte de la prensa mainstream española como “cine puro” (sí, alguien escribe eso) pero sin embargo, lo único que se resalta como lo mejor de la película son las actuaciones de sus dos protagonistas. Es decir, la parte teatral del cine. Uno de ellos, Javier Bardem, no deja de realizar todas las payasadas posibles que la alfombra roja parece exigir, incluido un incómodo abrazo al mismísimo Thierry Frémaux. Ese cine, y esas actitudes, es lo que quiere Cannes. Pero volvamos a las más tranquilas tierras argentinas.
En La libertad doble Alonso no solo vuelve a los paisajes y personajes que le dieron fama y prestigio mundial, sino que también recupera una forma de hacer cine que su propia obra parecía haber perdido, aunque como demuestra esta película, no para siempre. Misael Saavedra, un personaje ya mítico dentro de la historia del cine, aparece comiendo un asado mientras de fondo unos relámpagos iluminan la noche, como si las casi tres décadas entre una y otra “Libertad” no hubieran pasado, a no ser por su cambio físico. A partir de ese comienzo, y casi como una continuidad, La libertad doble parece que va a repetir casi plano por plano a la La libertad, y de alguna manera lo hace, pero más por sus decisiones formales, como decíamos antes, que por su narrativa, en donde sí hay un cambio importante en la aparición de la figura de una hermana de Misael que sufre algún tipo de problema mental y de quien nuestro héroe deberá hacerse cargo. Esa es la nueva trama. En donde de una manera absolutamente cinematográfica, Alonso da cuenta de una realidad social argentina que otras películas recientes no saben mostrar en términos visuales (debería agregar que ni siquiera a través del discurso de sus realizadores, pero dejemoslo ahí): Misael espera en el pasillo de un nosocomio a su hermana mientras que enfrente suyo, un hombre desnudo (solo cubierto por un calzoncillo que en el que se lee la palabra Uomo), sentado y sin conciencia, parece estar ahí sin que nadie note su presencia. El nosocomio en cuestión está a punto de cerrar ya que hace tiempo dejó de recibir el apoyo del estado y sus pacientes devueltos a sus familias.
La carrera cinematográfica de Lisandro Alonso parece estar hecha del material de las leyendas. La libertad es “descubierta” por Cannes cuando quienes sólo la habían visto eran unas pocas personas que dudaban del joven realizador y la posibilidad de que esa persona dirija una obra maestra. Sin embargo la película marcó un punto de inflexión en la historia del cine argentino (el nuevo y el viejo) y transformó a su director en uno de los nombres más importantes de su generación. A pesar de lo que suele ocurrir en estos casos, Alonso no transformó su figura en la de un prestigioso autor, esos que se dedican a resaltar la importancia de sus obras y, de paso, a dar discursos de cómo hay que vivir, sino que continuó con su filmografía, una filmografía que, de haber terminado en esa primera trilogía: La libertad, Los muertos (2004) y Liverpool (2008), estaríamos hablando de una de las obras mayores de la historia del cine. Imaginemos que Alonso, luego de esos tres films, hubiese decidido retirarse (y de paso proclamar la muerte del cine, ya que estamos). De haber sido así la historia, podría haber dedicado su vida a recorrer claustros universitarios y festivales dando cátedra de cómo hacer cine (y, de paso, de cómo vivir la vida), pero las cosas no fueron así y Alonso continuó su obra haciéndola crecer. Un crecimiento que no siempre benefició a su cine. Tanto en Jauja (2014) como en Eureka (2023) hay brillos de su talento, pero son obras en las que más siempre es menos (¿no es acaso el cine siempre así?, ¿no es acaso el arte en general siempre así?, o quizás sean simples cuestiones de gusto, mi gusto en este caso). La aparición de actores famosos, ilustres escribas y demás, supieron agregar elementos al cine de Alonso que quizás su cine nunca necesitó. La libertad doble demuestra que el talento de Alonso está intacto, aunque para encontrar esa vitalidad perdida tenga que referirse, volver, al pasado. Es que quizás el cine sea eso, un eterno pasado al que volver. Quizás cuando uno de los Lumiere decía que el cine es un invento sin futuro nos hablaba de eso, de que el cine es puro pasado. Pero para volver a ese pasado, quizás, había que pasar por todo aquello. Por los Viggo Mortensen, los Fabián Casas, los Timo Salminen y demás, para finalmente, volver a las tierras en un donde un humilde hachero (humilde en su grandeza, ya que -sin dudas- se trata del mejor hachero del mundo) vive su vida dándole la espalda al mundo y sus vanidades. Qué es lo mismo que decir el cine y sus vanidades. El plano final de la película, post créditos, nos habla de eso. Alonso recupera el plano con el que terminaba originalmente La libertad y que los responsables de Cannes le pidieron que cortara si quería que la película fuera incluida en el festival. En ese mítico plano Misael Saavedra, mirando a cámara, se ríe. Esa era la actitud de Alonso ante el cine y es la actitud que le costó casi 26 años después recuperar. El futuro, ese que representan los Sorogoyen y la industria del cine, en verdad no deberían importarle a nadie, el pasado es nuestro y eso es lo único que nos interesa, ya que, como nos dijo Godard (¿habrá visto el viejo cascarrabias alguna película de Alonso?): el futuro del cine está en su pasado.
Postdata personal: Lo que sigue a continuación es algo muy personal y, si les gustó lo anterior, les recomiendo no seguir leyendo. Pero si insisten, acá vamos. La libertad, y ahora La libertad doble, me emocionan porque también me hablan de mi pasado. Aquellos años de gloria del BAFICI en el que todos éramos jóvenes y el cine era lo más importante de nuestras vidas. O así lo creíamos entonces. La libertad, esas tres primeras películas de Alonso en verdad, son mi magdalena de Proust, obras que me retrotraen a otras épocas, no mejores, sino diferentes. Épocas en la que yo, y supongo que todos los que la vivimos, nos sentíamos parte de una comunidad. Los años pasaron, el tiempo cambió todo, las cosas ahora son diferentes. Cuando empecé a salir con quien ahora es mi esposa, una de nuestras primeras citas fue ir a ver La libertad en una proyección en 35mm, ya no recuerdo dónde, pero sí recuerdo que ella salió fascinada de la proyección y yo feliz de haber encontrado a un alma gemela. Aunque es posible que él ya no se acuerde de esto, cuando le conté esta anécdota a Lisandro su respuesta fue: “mira que hay que ser boludo para llevar a una chica a ver esa película”.
Ahora, casi 15 años después, el festival para el que trabaja mi esposa (el Jeonju IFF) apoyó económicamente a La libertad doble y así, de esta manera tan inesperada, se termina, aunque quizás parcialmente, nuestra historia con La libertad. La otra historia, la nuestra, aún continúa.











1 comentario en “#CANNES79 | Sobre “La libertad doble” de Lisandro Alonso”
Relámpagos iluminan la oscuridad del cine al leer este texto.