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Cine

Crítica de “Backrooms”, film dirigido por Kane Parsons

EL ESPACIO COMO REPRESENTACIÓN DE LA PSIQUE

Hablar de Backrooms no es sencillo. Incluso entender una propuesta como esta puede resultar más difícil de lo que parece, sobre todo en un medio donde la narrativa y la experiencia suelen ir de la mano. Pero ¿qué pasa cuando una de las dos parece faltar? ¿Podemos dejarnos llevar solo por la experiencia? Ese puntapié hace que sea una película que divida entre los espectadores.

El terror siempre encontró la manera de reinventarse para seguir vigente. También tiene una ventaja que pocos géneros poseen y es que no necesita de altos presupuestos para funcionar o incluso convertirse en un éxito. Los años 80s estuvieron marcados por los slashers; los 90s abrazaron una faceta más ligada al meta horror; los 2000 llevaron al extremo el cine de tortura y violencia, y los 2010 encontraron en el found footage el camino a algo que terminó desgastándose.

Esta década presenta una cualidad y son los jóvenes cineastas -casualmente todos salidos de YouTube- que han surgido para darle esta nueva reinvención y salto. El terror elevado –como muchos lo quieren adjudicar—es un término que definió a esta década. Un cine caracterizado por dejar de lado la violencia y los jumpscares para priorizar la atmósfera y la psicología en sus historias.

Los hermanos Danny y Michael Philippou fueron algunos de los primeros en dar ese salto con Háblame (2021). Antes de llegar a Hollywood se hicieron conocidos gracias a RackaRacka, un popular canal que les trajo consigo una audiencia propia. Algo parecido ocurrió con Chris Stuckmann, uno de los analistas y críticos de cine más reconocidos de YouTube, quien debutó como director con Terror en Shelby Oaks (2025). A esa lista se suman este año Curry Barker con Obsesión y Kane Parsons con Backrooms, dos nombres que siguen ampliando esta “nueva ola”.

Pero detrás de todos estos nombres y de esta nueva ola de realizadores hay un actor todavía más importante para entender cómo lograron llegar al gran público: A24. Con el paso de los años, la compañía creo una identidad tan fuerte que hoy muchos espectadores van a ver una película simplemente porque su logo aparece en el póster.

De más está decir que ha impulsado a un cine más independiente cuando el auge de Hollywood se basaba –y se sigue basando—en los superhéroes, las franquicias y secuelas, apostando por pequeños autores con una visión más autoral. Aunque muchos la consideran una productora, gran parte de su trabajo ha estado vinculado a la distribución. En la mayoría de los casos actuaron como distribuidoras, sea el ejemplo de Háblame, y en otros financiando aquellas películas que dieron el salto en el género (La bruja, El legado del diablo, Midsommar).

Lo cierto es que A24 terminó siendo una especie de entrada para muchos de estos nuevos cineastas. Con Backrooms, sin embargo, la historia fue distinta. La compañía se involucró desde el comienzo y confió el proyecto a Kane Parsons, un joven de apenas 21 años que hasta hace muy poco subía videos a YouTube. El hecho de pensar que un chico de 19 años pasó de hacer videos a dirigir una película de tal magnitud en tan poco tiempo es impensado.

Pero ¿de dónde salen los backrooms? Lo cierto es que el origen se remite al 2019, cuando un usuario anónimo publicó en el foro 4chan una imagen simple pero extraña; una habitación amarilla, iluminada por luces fluorescentes, con paredes que parecían extenderse y ser infinitas. La imagen era la respuesta a una simple premisa “imágenes inquietantes que se sienten fuera de lugar”. Esto dio nombre a un nuevo creepypasta, una historia de terror que nace y se comparte en internet.

Lo curioso es que, a diferencia de muchas historias de terror nacidas en internet, los backrooms no necesitaban de un monstruo ni de una presencia maligna para generar miedo. La amenaza era el propio espacio. Eran pasillos interminables, oficinas vacías y habitaciones sin identidad que transmitían una sensación difícil de describir, pero fácilmente reconocible. Tal vez porque se parecían demasiado a lugares reales. No eran castillos abandonados ni lugares imposibles, sino espacios cotidianos. Es como cuando soñamos con nuestra escuela, nuestra casa o el lugar donde trabajamos, pero todo se siente distinto. Los pasillos son más largos de lo que recordamos, las habitaciones están vacías y hay algo extraño en el ambiente que nunca terminamos de identificar. Esa incomodidad, esa sensación de estar en un lugar familiar que ya no se siente familiar, ahí radica el efecto del creepypasta.

Kane Parsons quedó fascinado con aquella imagen surgida de 4chan y decidió llevar el concepto un paso más allá. Con apenas 17 años y algunos conocimientos de Blender, un programa de modelado y animación 3D, publicó en su canal de YouTube un corto titulado The Backrooms. Presentado como un found footage y apoyado en la estética del horror analógico, el video no necesitaba una historia tradicional para generar inquietud. Le alcanzaba con mostrar esos espacios interminables y extrañamente familiares para provocar una sensación difícil de explicar. Lo que parecía un experimento como tal terminó por ser un fenómeno en el internet que continuo expandiensoe como una serie de videos que exploraban y profundizaban más en este tipo de mitología. Este fue el pie para que A24 se interesara en él para poder lanzar la película de la que vamos a hablar.

Backrooms se estrena con la expectativa de cumplir con lo más importante: una narrativa que sostenga el concepto.

Aquí seguimos a Clark (Chiwetel Ejiofor), dueño de una tienda de muebles al borde de la quiebra, que descubre una extraña puerta en el sótano de su negocio. Al atravesarla, encuentra un interminable laberinto de habitaciones amarillas y vacías. Paralelamente, el acude con frecuencia a su psicóloga Mary (Renate Reinsve), para hablar sobre los errores y traumas que marcaron su vida. Sin embargo, su creciente obsesión por estas habitaciones lo lleva a introducirse en lo mas profundo y querer descubrir que es lo que está detrás de todo esto.

Partiendo de esa base, la película acierta al situarse en los años 1990. Y cuanto más la pienso, más entiendo la razón detrás de esa decisión. No parece responder únicamente a una cuestión estética o nostálgica, sino a algo mucho más ligado al aspecto psicológico de la historia. Sin entrar en detalles, Parsons utiliza el trauma como un ejercicio experimental que atraviesa toda la película.

El comienzo captura perfectamente la esencia de los cortometrajes que lo hicieron conocido. Es en ese terreno donde se mueve con mayor seguridad, generando tensión y terror a partir de aquello que permanece fuera de campo. Esa primera parte funciona también como una transición entre el found footage que definió sus trabajos, y una puesta en escena más convencional. Incluso cuando introduce los backrooms dentro de este nuevo formato, consigue momentos de inquietud. Particularmente hay una secuencia en la que Clark recorre, en absoluto silencio, habitación tras habitación. Es ahí donde la imaginación de Parsons brilla con más fuerza para crear algo nuevo en cada esquina.

Incluso fuera de los backrooms, demuestra una mirada bastante madura detrás de la cámara. Las lentes usadas son anchas, incluso la mayor parte de las tomas son planos generales que se sienten extraños e incómodos y casi no encontramos primeros planos. Retrocediendo, puede recordar al uso que da Oz Perkins en Longless (2024) con la utilización del espacio como generador de tensión. Acá ningún rincón está oculto, pero siguen siendo espacios “cotidianos” con los que conviven Clark y Mary y terminan resultando igual de incómodos y perturbadores. Los techos parecen más bajos de lo normal, mientras que otros lugares se sienten amplios y espaciosos, provocando esa sensación constante de desorientación. A medida que vamos desmenuzando los secretos, la sutileza sigue siendo una de sus mayores virtudes y no cae en la necesidad de mostrar a la amenaza, sino que prefiere ser discreto incluso si se trata de una aparición relevante.

Por no decir que el diálogo es casi nulo en la película, el diseño de sonido y la banda sonora colaboran en la medida necesaria para complementarse sin hacernos perder la mirada a lo importante.

Para muchos, la ambigüedad puede ser uno de los aspectos que les impida conectar del todo con la película. Increíblemente en una época donde el ”consumidor” necesita de explicaciones y sobreexplicaciones, algo que nos quita el poder del debate  y la especulación -pero mejor no entremos en ese terreno que deteriora el legado del cine-, la historia deja respuestas confusas y prioriza la experiencia, o por lo menos, así lo hace parecer.

Detrás de todas las capas que construye Parsons, los personajes cargan con una mochila enorme. El pasado se vuelve presente y cada uno debe encontrar la forma de convivir con ello. En el caso de Clark, todo gira en torno a la separación con su ex esposa, motivo por el cual acude constantemente a Mary. Es uno de esos tipos que culpa a todos menos a sí mismo por la vida que lleva; duerme en su tienda, tiene problemas de alcoholismo y tiene problemas de ira. Mary, por su parte, aporta una humanidad necesaria a la película, incluso mientras intenta lidiar con el regreso de sus propios demonios del pasado.

En ese sentido, Backrooms funciona como una metáfora de aquellos traumas que nuestra mente decide ocultar. Hay recuerdos e imágenes que resultan demasiado perturbadores para vivir con ellas de forma consciente, y la película parece apoyarse constantemente en esa idea. Clark no solo está perdido físicamente dentro de estas habitaciones, también está atrapado por todo aquello que nunca logró resolver y por el peso de una vida que siente desaprovechada.

Podemos interpretar a estos espacios como una dimensión alternativa que posee vida propia. Un lugar que intenta replicar la realidad utilizando los recuerdos, los miedos y los traumas de quienes entran en ella. Mas que un baúl de recuerdos, puede ser un espacio real que expresa todo lo reprimido en uno.

O simplemente, los personajes de Clark y Mary pueden leerse como un reflejo de distintas enfermedades mentales. La madre de Mary es presentada como una persona esquizofrénica, e incluso hay una breve mención a las resonancias magnéticas. Volviendo a lo que mencionaba al principio, sobre que está situada en los años 90, esto podría no ser casualidad, teniendo en cuenta que fue una década importante para el estudio de la esquizofrenia mediante este tipo de investigaciones.

También hay una secuencia en particular que puede reforzar esta idea donde vemos distintos niveles de estos espacios, donde las habitaciones se vuelven cada vez más simples y vacías a medida que desciende. Es una escena que puede interpretarse como una metáfora de la neurodegeneración o del deterioro progresivo de la mente.

Como sea, creo que hay muchas capas para tomar de lo que hizo Kane Parsons con apenas 21 años. Y por lo visto en esta crítica,, resulta difícil pensar en Backrooms como una simple experiencia, algo que mencioné al principio. Más allá de la inmersión que consigue dentro de estos espacios, hay algo más que atraviesa toda la película, algo que no necesita de un lugar físico porque lo llevamos con nosotros y puede volverse en nuestra contra cuando menos lo esperamos: la mente.

O quizás estoy rebuscando demasiado las cosas. No lo sé. En cualquier caso, puede que el esquizofrénico sea yo.

(Estados Unidos, Canadá, 2026)

Dirección: Kane Parsons. Guion: Will Soodik, basado en las series de Kane Parsons. Elenco: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Finn Bennett, Ember Ambrose. Producción: Kori Adelson, Peter Chernin, Michael Clear, Dan Cohen, Chris Ferguson, Dan Levine, Shawn Levy, Robert Patino, Osgood Perkins, Jenno Topping, James Wan. Duración: 110 minutos.

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