0
0
Subtotal: $0,00
No products in the cart.

Cine

Crítica de “Para hacer una película solo hace falta un arma”, film dirigido por Santiago Sein

¿Para hacer una película o una revolución hace falta lo mismo? Sí. Un arma. Real, simbólica. No importa. Un arma. Las armas no solo disparan. También filman. A veces graban, pero si se quiere la perdurabilidad hay que filmar. Ambas tienen gatillos. Ambas producen un efecto en la sociedad que es irreversible: el arma mata vidas, la cámara mata destierros y espacios en blanco. Empecemos desde lo inverso: este gran documental, que es de lo más valioso que ha surgido del cine de Córdoba en su historia, un dispositivo audiovisual imprescindible tanto en lo cinematográfico como en lo político, puede resultar una bomba ideológica incomodísima para un fascista irredento de los que se arrastran serpenteando con pulsión negacionista en nuestro país (¿por qué no reconocer que esta noción nos predispone bien?).

Para hacer una película solo hace falta un arma contiene en su núcleo el poder de más de mil armas, qué digo de mil, de un millón de armas, porque viene a disputar la pelota de la cultura con precisión de bisturí en un tiempo de campañas de descuartizamiento bruto y de una cuasi proscripción –por lo menos, de una ignominia– sobre las artes en nuestro país perpetrada por un grupúsculo de anormales que se masturban con el dolor y la miseria ajenos. Uno de los participantes en primera persona del último tercio de la película le dice al autor: “Vos llegaste tarde. Hicieron desaparecer mucho material”. No, estimado señor, no llegó tarde Sein. Llegó en el momento indicado para salvaguardar estos fragmentos de memoria vívida antes de que fueran despachados a la basura sin retorno. Llegar tarde hubiera sido no encontrar nada químicamente rescatable. Pero no es éste el caso.

El documental de Sein se nutre de imágenes en fílmico realizadas por estudiantes de cine entre los años 1964 y 1974 halladas en latas vetustas en un archivo de la Universidad Nacional de Córdoba. Se creían perdidas, pero hoy, gracias al sacrosanto trabajo de los archivistas –Sein lo es–, que cumplen su función con la dedicación de monjes tibetanos abocados al rescate de la cinematografía fotograma a fotograma, podemos afirmar congraciados que “forman parte del acervo de la Cinemateca de la Escuela de Artes, recuperado y conservado en el Centro de Conservación y Documentación Audiovisual de la UNC”.

No es fácil saber por dónde empezar con las alabanzas. Es tanto el valor que incluye este proyecto consumado que, si tuviera puntos flacos, serían completamente irrelevantes. Esto es más que una película. Es un acontecimiento político, y nadie osaría escribir la crítica de una marcha popular, no tendría sentido. Cualquier atisbo de abordaje reseñista se pulveriza con el poder de galvanización que estimula el material de archivo que se nos ofrece con suculencia gramatical. El milagro del no-tiempo es una de las bellezas del cine recuperado. Casi podemos conversar con Roberto Videla, personaje querido del cine y el teatro de Córdoba que tiene un protagonismo coral insoslayable (el documental está dedicado a su memoria).

No solo Videla. Desfilan por este tren de sombras del pasado nombres importantes de la cinematografía cordobesa, ya sea desde la praxis o desde la teoría o incluso desde el tributo: Oscar Moreschi, Alberto Perona, Daniel Salzano, Eduardo Sahar. Si algunos en paz descansan, ahora acaban de ser devueltos a la vida en movimiento por obra y gracia del arte del siglo veinte. Ante nuestra vista, algunos se cartean con Raymundo Gleyzer y Agustín Tosco sobrevive en tomas rescatadas de la celebración del cuarto aniversario del Cordobazo. El material de archivo desplaza el historicismo objetivo hacia la teatralidad soñada de un escenario que los militares condujeron hacia lo falsamente irreal, pero nos dejamos llevar por esta marea de rescate y vanagloria. ¿Por qué no jactarnos de que alguien haya encontrado este tesoro en una isla de residuos polvorientos?

La de Sein es una operación insurgente contra el vano intento de disolver la memoria de aquellas décadas bajo algo más eficaz que la inoperancia: el olvido. Él y su equipo son dueños del secreto que identifica el dominio del olvido con el peso de los archivos. Algunas de las latas de película no se salvaron del ‘efecto vinagre’ ni de la inclemencia del descuido, pero se ha reducido a polvo, está muerta y sepultada, la intención inicial de privarnos de este material. Hoy se ha ganado una batalla de una guerra perdida.

Vemos imágenes del Ferreyrazo.

Vemos imágenes de 1972 de una multitud justicialista cordobesa yendo en caravana a recibir a Perón en Ezeiza.

Vemos el anuncio del cierre de la Escuela de cine en 1975 y la cesantía del cuerpo docente.

Vemos un avant premiere en el cineclub El Ángel Azul.

Vemos calles y personas que circulan como fantasmas presentes, tan reales como nuestro dolor por lo perdido.

Vemos en pantalla –y esta secuencia es uno de los dos segmentos apoteósicos de esta fiesta agridulce de constancia de muerte que es al mismo tiempo un certificado de revivificación– abundante material registrado el 24 de marzo de 2024 con la misma cámara Bolex que usaron los estudiantes de la Escuela a finales de los años 60, cuyos cortos también forman parte de la compleja estructura de este documental, signado por el talento, la dedicación y el momento histórico oportuno.

Dicen grafitis en las paredes de La Docta que nos muestra Sein: “La única posición coherente es la rebeldía”. También: “La publicidad es el fascismo de nuestra época”, máxima de Jean-Luc Godard en un momento en el que fue el máximo autor de máximas del cine de autor. Y otro: “Acá, el cine vive la urgencia de la revolución”, apotegma que resume el vértigo militante del cine clandestino de los años de insurrección popular y rezuma esa vibra de sublevación.

Pero la secuencia del tren con los militantes partiendo para apoyar la vuelta de Perón compite, en poder evocativo, en calidad de registro, con secuencias del mejor cine de ficción ambientado en los andenes. Es otra de las apoteosis al menos por tres motivos: 1) está filmada con rigor, 2) los trenes casi ya no existen, 3) el tren es el vehículo de transporte público de pasajeros anclado con mayor emotividad en la idiosincrasia del espectador de cine.

Para hacer una película solo hace falta un arma existe gracias al hallazgo en la UNC que mencionamos más arriba. Esto ocurrió a fines de 2019. Claramente el material tenía que volver a nosotros, víctimas de una fascinación desencadenada por el descubrimiento que no podrá suplir ningún catálogo o streaming. Ana Mohamed, protagonista de aquella época, presente en el fílmico rescatado, ex decana de la Facultad de Artes, sintetiza la sensación de los protagonistas: “Decir que aquello existió era también decir que aquello puede volver a existir”.

Y volvió.

(Argentina, 2026)

Guion, dirección: Santiago Sein. Montaje: Lucía Torres Minoldo. Fotografía: Marcos Rostagno. Producción: Ana Lucía Frau, Eva Cáceres. Duración: 146 minutos.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar...

Recibe las últimas novedades

Suscríbete a nuestro Newsletter