YA NO ESTAMOS TAN SOLOS
Quizás sea innecesario introducir la figura de Steven Spielberg al lector, incluso si fuera una mera formalidad. Su carácter totémico como director cinematográfico y su rol fundamental para la configuración del modelo blockbuster en la producción de películas es, y cada vez más, un legado histórico a repensar. Spielberg ha sido, desde su consolidación en la década de los ochenta, un modelo a seguir a la hora de estructurar (visual y narrativamente) relatos clásicos con vocación popular. Siguiendo este razonamiento, El día de la revelación podría ser su réquiem.
El disparador del film, que pronto se ve fragmentado en líneas paralelas, se enfila en la tradición del thriller de espionaje clásico: Daniel Kellner (Josh O’Connor), un experto en seguridad de datos informáticos clasificados, trabaja para una organización no gubernamental dedicada a investigar y guardar todo lo referido a actividad extraterrestre. Junto a un pequeño grupo de rebeldes decide intentar filtrar toda esa información secreta a costa de poner en peligro su vida, convencido de que la humanidad debe saber lo que han visto sus ojos.
Si Los Fabelman, la película anterior del director, develaba de forma explícita la raíz de muchas de sus obsesiones autorales (el desgarro de la familia estadounidense, cierta tendencia hacia la exploración de lo escondido, etc.), esta última película vuelve sobre casi todo lo construido desde el comienzo de su carrera en forma de pincelada final. Como dice el propio Spielberg en un tráiler de la película, se trata de una historia sobre todos nosotros, en la que el símbolo spielbergiano de la familia tipo se ve reescalado a la sociedad toda, al paroxismo de la idea de comunidad.
Este punto resulta particularmente atractivo; mientras en el mundo se enraizan los neoliberalismos a base de individualidades y políticas del yo, el director más popular y masivo de los últimos cincuenta años decide hacer la que podría ser su última película a partir de un intento de mancomunar un destino común en el contexto de una sociedad rota, al borde de la tercera guerra mundial y sin unión alguna (exceptuando el conflicto). Cualquier similitud con la realidad es pura intención.
La referencia a Lucrecia Martel en el párrafo anterior no es azarosa; el atisbo de respuesta que encuentra Spielberg para todos estos desastres bien podría remitir a la directora salteña y su Nuestra tierra; acceso a la información como un derecho humano básico y la concreción efectiva de una comunidad organizada.
El tema del acceso a la información resulta central. En Encuentros cercanos del tercer tipo, el gobierno estadounidense decide generar una gran cortina de humo para que nadie en el mundo se entere de la existencia de los extraterrestres utilizando un gas para dormir animales. Esto resulta análogo al uso que hace en El día de la revelación del ocultamiento de la información a través de los sesgos mediáticos. Y acá en vez de tener a Richard Dreyfuss infiltrándose detrás de la montaña para realizarse espiritualmente y viajar hacia los confines del infinito junto a los extraterrestres tenemos a Josh O’Connor, otro infiltrado que roba la información que él mismo tenía que proteger para delegársela a la humanidad toda. En términos griegos, roba el fuego a los dioses para llevárselo a la civilización. En términos de fantástico setentero, se infiltra en la estrella de la muerte para reventarla por dentro.
Es particularmente conmovedor, sobre todo a día de hoy, que un relato de esta envergadura no tenga que prescindir del sentido de la aventura, del timing para la comedia y del disfrute inherente de las persecuciones bien filmadas. Todo lo que Spielberg no escatima en set-pieces de acción espectaculares se lo ahorra en la declamación, en pararse desde un pedestal a explicar lecciones morales tratando de ingenuo al espectador, o incluso en el peligro tan latente en el cine actual de resultar escéptico a cualquier esperanza por la raza humana.
Resulta clave una escena sobre el final de la película para demostrar esto último. En ella, un extraterrestre es develado frente a la cámara televisiva como demostración cabal de la veracidad de los hechos -frente al interrogante inevitable que resulta la inserción de la IA en la creación de imágenes dentro del mundo de la propia película-. Ese es el nivel narrativo básico en el que funciona la escena, pero especialmente resulta interesante la ternura fascinante que inspira ese alienígena en los humanos que lo ven; nunca los extraterrestres se presentan como amenaza, sino como posibilidad de unión mediante la restitución de la fe, de la posibilidad de creer en algo más allá de nosotros mismos, algo superior.
En un gesto de madurez que podría emocionar hasta al más cínico, Spielberg se para en la vereda opuesta al Richard Dreyfuss de Encuentros cercanos. Fascinado con lo desconocido, el personaje de Dreyfuss se ve obligado a abandonar la civilización para volar hacia el espacio en búsqueda de su fin último. Mientras que, quizás, la verdadera revelación de El día de la revelación resulte en que no necesitamos ir hacia el espacio para descubrir un futuro novedoso, sino volver a mirar a los ojos a las personas que tenemos a nuestro lado. No es casualidad que el villano, en la embestida final contra los héroes, obligue a sus tropas a no mirar a los ojos a Margaret, interpretada por Emily Blunt.
Spielberg resulta, en este sentido, paralelo a Martel en su última película; directores que apelan a volver a mirar a nuestros pares, al sentido de la ternura, al contacto con el otro y a un destino que, cual manto o nave espacial gigante, nos pueda abarcar (y embarcar) a todos.
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(Estados Unidos, 2026)
Dirección: Steven Spielberg. Guion: David Koepp, Steven Spielberg. Elenco: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell. Producción: Kristie Macosko Krieger, Steven Spielberg. Duración: 145 minutos.



