Jódase con su lógica¹
Aun catalogada de ciencia ficción, Alphaville (1965) se empareja mejor con experimentales dramas de su época. Resumamos la trama antes de abordar su acertado ataque hacia la razón, lo primordial en ella.
Lemmy Caution, agente secreto norteamericano (Eddie Constantine), es enviado a la ciudad homónima. Allí debe encontrar a Henry Dickson (Akim Tamiroff), colega desaparecido, y liberar a los ciudadanos del gobernante von Braun que ha proscrito el amor y la autoexpresión. Durante el camino conoce a Natascha (Anna Karina), la hija del villano. Entre encuentros se van enamorando. La sencillez de la premisa se enriquece recordando dos películas de aquella década. Tales dialogan con la co-escrita por Paul Éluard.
Primero, la voz en off de Alpha 60 recuerda la de HAL 9000 en 2001: Una odisea en el espacio (1963). Ambas representan la practicidad, omnisciencia e invasión tecnológicas. El uso de Kubrick hipnotiza mientras el de Godard dispersa. Este es, en principio, un hallazgo porque el mayor acierto acá es la inconformidad múltiple. Mientras la grandilocuencia de 2001 la lleva a excesos de tomarse en serio, en Alphaville se entorpece a propósito con el persistente desdén hacia los porqué. Las escenas reflexivas, por su parte, guiñan la pérdida de identidad que Bergman ensayaba con Liv Ullmann y Bibi Andersson en Persona (1966) o, más al borde de la alienación, Mónica Vitti en Desierto rojo (1964). Hay planos donde los rostros de los protagonistas se funden entre sí.
Lo inconforme se manifiesta en la dificultad de categorizarla en un solo género –algo común con otros clásicos de esas épocas–. También, en nuestro reto como espectadores para asimilar cine así en nuestros tiempos de constantes estímulos cotidianos. Por otro, en la ridiculez a la cual se le somete a esta historia con varias decisiones. Ejemplos hay muchos.
Desde estos pareceres la distopía del director francés al final queda desventajada. La identidad dislocada que, para los descuidados, el cine causa urge mucho mejor en la obra del realizador sueco. Y el rol nocivo de lo cientificista se siente más en la del nortamericano.
De muchas maneras tales ponderaciones se equilibran gracias a la aparición de Karina. Su semblante todo hace valer el regreso de esta película a una sala de cine. En medio de la insistencia por la razón, los planos cerrados de la actriz apuntan a la filosofía de la belleza. Y si su expresividad es menos para quienes rebajan la presencia actoral en una obra, los diálogos rematan la composición de tales escenas. Dan cuenta de que estos extravíos solo pueden tolerarse breves y fragmentarios debido a la fotografía blanco/negro de Raoul Coutard. Junto a él, Karina embelesa con su Natacha a pesar de los tumbos del director.
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¹ Aquí muchas líneas, burlonas o serias, atacan la obsesión por el sentido. Este es uno de varios.
(Francia, Italia, 1965)
Dirección: Jean-Luc Godard. Guion: Jean-Luc Godard, Paul Éluard. Elenco: Eddie Constantine, Anna Karina, Akim Tamiroff. Producción: André Michelin. Duración: 99 minutos.









