“Cuando cumpla 21 años, no quiero seguir viviendo así. Mis padres se sorprenderán de mi increíble cambio. Les impresionará más que un desastre como yo se convierta en una buena persona, que si hubiera sido un buen hijo desde el principio. Dejaré atrás todas mis malas conductas para pagar mi deuda. Cambiaré cuando menos se lo esperen.”
Guión de Mi mundo privado (Gus Van Sant, 1991)
Los jurados de las diferentes secciones de este festival suman un total de 17 personas. El dato alarmante es que entre todos ellos ni uno solo ejerce la profesión de crítico. Hay programadores, actores y actrices (un montón, para mi horror y desconsuelo), productores, directores, cineastas de todo tipo y gente de la industria, como se les dice ahora. Incluso el único que representa a dicho oficio, ya definitivamente en extinción, no es hoy en día un crítico cinematográfico, sino alguien que ocupa uno de los cargos más importantes en el mundo del cine actual. Que obviamente es darle plata a los productores y/o realizadores. Estoy hablando de Olivier Père, quien desde el 2012 ejerce las tareas de Managing Director y Director of Film Acquisitions para Arte France. Los datos son de Google, así que quizás el nombre de los cargos sea diferente, pero su tarea concreta es la misma. Basta quedarse a ver los títulos de cierre de las películas de los más representativos “auteurs” actuales para ver que casi con seguridad aparecerá el nombre de Père y el logo de Arte. Sin embargo para nosotros, los hispanoparlantes, la figura del francés no se asocia mucho a sus escritos que nunca leímos, sino más bien a su carrera como programador y director de festivales, primero en la Quinzaine des réalisateurs (del 2004 al 2009), donde descubrió, entre otros, a Albert Serra y terminó de consolidar las carreras de Lisandro Alonso y Bong Joon ho, así de amplios y buenos son (o eran) sus gustos, y más tarde, desde el 2009 al 2012 como director de Locarno, en unos años que fueron de gloria para el festival. Basta repasar esas programaciones para ver de qué hablo y lo buenos que fueron aquellos tiempos. Y si bien Père sigue manteniendo una página en donde cada tanto sube alguno de sus escritos, definirlo como crítico sería una exageración. El lugar que ocupa ahora es demasiado alto e importante como para creer que sus críticas hoy puedan ser eso: críticas. Es que no se puede estar de los dos lados del mostrador, aunque algunos lo hagan. (Breve digresión: algún día contaremos la historia de Scott Foundas, quien de ser el crítico más importante de su generación -tenía una habitación de hotel reservada de por vida en Cannes, lugar en donde era tratado como un miembro de la nobleza- dejó todo de lado cuando una empresa de streaming lo llamó para trabajar para ellos en el área de producción y búsqueda de títulos. El bueno de Scott no sólo dejó de escribir, dicen que era uno de los requisitos de sus nuevos empleadores, sino que también dejó de saludar y responder los mails de sus antiguos amigos y colegas, algunos de ellos hasta le habían editado un libro de sus textos traducidos al castellano en un antiguo y ya olvidado festival de un lugar de la costa argentina. Historias del cine, que le dicen. Imaginense que si el crítico más privilegiado del mundo no dudó ni un segundo en dejar de lado su tarea a cambio de ganar mucho dinero, qué les queda a los otros. Mejor sigamos).
En su reciente y exitosa visita al festival de Jeonju, el joven crítico y director cordobés Ramiro Sonzini intentó realizarle una entrevista a Kent Jones, quien se encontraba en el festival ya que su muy buena nueva película, Late Fame (2025), era la apertura del evento. La idea de Ramiro, en parte en broma en parte en serio, era hablar con alguien que, al igual que él, había empezado su carrera como crítico, pero que ahora se dedicaba exclusivamente a la dirección de películas. La entrevista nunca se llevó a cabo, lamentablemente, pero, también entre risas, surgió la idea de que el reportaje bien podría haber llevado por título “Los traidores”, que es, además, el título de un texto que nunca llegué a terminar sobre la relación entre los directores de cine y los programadores. Sonzini me preguntó en esa relación quiénes serían los traidores, pero la respuesta es tan obvia que no hace falta aclararlo. Pero volvamos al bueno de Père antes de desviarnos demasiado. La tarea de Père al cargo de la Quinzaine fue de tanta importancia que luego de su mandato y durante muchas gestiones, diría que hasta la actualidad, la Quinzaine siguió viviendo de aquella fama y logros que los siguientes directores responsables nunca pudieron, ni supieron, igualar. Hasta existe un documental que cuenta parte de la historia: 40 x 15 (2008) de Olivier Jahan, en donde lo vemos a Père perder la película 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) de Cristian Mungiu a manos de la Selección oficial, ya en ese entonces comandada por el magnánimo Thierry Fremaux. Finalmente la película en cuestión se terminó llevando la Palma de Oro. Y hablando de nuestro villano favorito, no son pocos los que sostienen que Père debería ser la persona que reemplace a Thierry cuando este deje el cargo de director artístico de Cannes. La leyenda de Père se terminó de imprimir aquí en Locarno. En esos años su figura se agiganta y son él y su equipo de entonces quienes vuelven a poner al festival del leopardo en un destacado lugar en el universo festivalero. Fue tal su importancia y presencia que llegó a ser el modelo de alguna de las publicidades de los sponsors del festival. Por más poder que Frémaux tenga, a ninguna marca con aspiraciones estéticas elevadas se le ocurriría usar su imagen para vender sus productos. Seamos honestos. Sin embargo Olivier, al escuchar las sirenas de Arte Francia, también decidió dejar las luces del mundo de la programación y los festivales para transformarse en una pieza oculta (al menos de los reflectores festivaleros) para volverse una figura clave en el mundo de cine internacional más celebrado y autoral. Alguna vez, algún director de festival para los que supe trabajar, lo definió como un “tiburón”, pero también como alguien al que le gustaba mucho el cine. En lo personal, si bien lo saludé un par de veces, nunca llegué a conversar con él. Sin embargo su figura siempre significó mucho para mí, así como sus trajes blancos que transformó en su uniforme de batalla. Creo que si algo aprendí de él fue eso, vestirme bien durante los festivales. Y saber que usar, al menos, un saco a la hora de pararse frente a una audiencia, ya hacen la diferencia. A veces creo, quiero creer, que ese, tratar de vestirse mejor, fue mí único legado a los jóvenes programadores latinos que me vieron en acción en aquellos ya lejanos días de Mar del Plata. Pero dejemos de lado la frivolidad fashionista y volvamos al cine, pero no sin antes contar un tercer caso, que demuestra que no todo es glamour, beautiful people y luces de reflectores. En los desayunos del hotel veo todos los días a un señor mayor sentado solo, en una mesa redonda de las grandes, frente a su notebook y muchos papeles y tarjetas personales (si, la gente sigue usando tarjetas de presentación). Cada día y a todo hora, ahí continúa esa persona cuyo rostro (siempre serio) me suena de algún lado. Finalmente alguien me dice de quién se trata. No es otro que John Hopewell, mítico cancerbero de la revista Variety, uno de los medios encargados de que todo lo que está mal en los cines y los festivales lo siga estando. Hopewell no parece abandonar nunca el hotel y sin embargo, ahí está, representando a una revista que, dicen, es leída por toda la gente del medio.
Hoy en día los programadores eligen desaparecer (o al menos no mostrarse tanto) ante la presencia de los directores de festival y la tarea de los críticos ya no se sabe bien cuál es en los festivales. Ni tampoco fuera de ellos, si vamos a ser sinceros. El circuito de validación que crearon los festivales dejó de lado a la figura de los críticos. La vieja guardia ya no sabe cómo adaptarse a los nuevos tiempos y sus intentos de hacerlo no terminan dando los mejores resultados, ni sus mejores imágenes. Ya no hacen falta los críticos, nos dice el mundo del cine actual. O quizás apenas para algunas pocas tareas. Por ejemplo, Locarno sigue manteniendo un “daily”, llamado Pardo, esas pequeñas revistas o diarios que son tan útiles para contar y saber cosas del festival y que además funcionan como una herramienta hermosa para empezar el día. Ahí uno puede leer sobre lo que va a deparar la jornada que recién empieza, reportajes a los cineastas, recomendaciones de los programadores, etcétera. En una época en las que las publicaciones en papel son dejadas de lado por la mayoría de los festivales, argumentando que se trata de motivos ecológicos y no económicos, lo de Locarno y su equipo editorial es casi heroico, y esperamos que a nadie se lo ocurra dejar de lado estas oportunas publicaciones. Pero después de esto, ¿dónde está la crítica en un festival de cine?
En nuestros ya lejanos tiempos a cargo de los festivales siempre les dimos lugares a los críticos, tanto a los jóvenes como a los otros. A los jóvenes les dimos espacios para que se junten entre ellos, los publicamos en libros y catálogos y les hicimos saber que siempre iban a tener un lugar en nuestro festival. Espero que eso haya servido para algo. Pero no lo sé, aunque veo muchas esquirlas de lo ocurrido en aquellos años. En lo más personal debo decir que siempre le tuve mucho cariño y admiración a los críticos, por eso a veces me duele verlos comportarse como comparsas de festivales malos y defendiendo a películas aún peores. O adoptando las “nuevas” formas de la crítica para estar a tono con los tiempos que vivimos. Me doy cuenta que todo esto suena muy lúgubre, aunque la realidad tampoco es del todo así. No es tanto que no haya crítica, sino que la crítica ya no quiere ir a la guerra contra todos los males del cine, y el mundo, ya que estamos, y prefiere encerrarse en sus cada vez más pequeños universos. O, peor aún, intentar hablarle a un mundo que no los escucha.
Hace unos días se llevó a cabo en el festival una mesa redonda titulada “Un mundo sin críticos de cine” (que bien podría haber sido el título de esta crónica), a la cual no pude asistir ya que, como avisé al principio de estas crónicas, me encontraba acompañando a mi mujer en alguna que otra velada glamorosa. Por lo tanto no sé sobre qué se habló ni cuáles temas se tocaron. Pero el dato que mencionaba al principio, sobre la ausencia de críticos en los diferentes jurados, es algo que le debería prender alguna que otra alarma, especialmente a los jóvenes críticos, quienes hoy día parecen sentirse más cómodos entre ellos, hacer revistas, podcasts (que no están mal, pero la crítica se escribe, sépanlo) y programar en pequeños lugares, cineclubes, etcétera, todas estas tareas notables, de las que la mayoría de las audiencias suelen ser, justamente, otros jóvenes críticos. Como si la idea de llegar a lugares de mayor poder en los festivales de cine ya sea algo inalcanzable o imposible de realizar. Quizás por esto el día de los críticos se siga -y se seguirá- festejando, como desde hace ya muchos años, todos los 30 de febrero.
PD: me doy cuenta que esta ya es la tercera crónica desde Locarno y casi no hemos hablado de películas. Peor aún, me doy cuenta que en este texto ni siquiera se menciona un título de alguna película presente en el festival. La próxima es la vencida, sufridos lectores. Se los prometo.










