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Cine

Crítica de “El final de la calle Oak” (The End of Oak Street), film dirigido por David Robert Mitchell

EN ESTE MUNDO PELIGROSO TENEMOS QUE ESTAR JUNTOS

El término cosplayer parte de la conjunción en inglés de costume (disfraz) y player (jugador/actor); alguien que se disfraza de algo. David Robert Mitchell, como propone José Miccio en este hermoso texto, es una especie de cineasta-cosplayer: supo encarnarse en el ojo de un John Carpenter para It Follows, luego en un Lynch post-Mulholland Drive para Under the Silver Lake y ahora regresa, luego de ocho años de inactividad en cine, para calzarse el traje del Steven Spielberg de E.T. the Extra-Terrestrial y realizar una película sobre una familia en crisis rodeada de un contexto fantástico.

Denise (Anne Hathaway) y Greg Platt (Ewan McGregor) forman un matrimonio de clase media con dos hijos que vive en un suburbio de Estados Unidos a principios de los ochenta. De repente, unas misteriosas luces empiezan a aparecer de forma aleatoria por el vecindario, manifestando una presencia de naturaleza desconocida. Luego de una serie de avistamientos, la luz se corta en todas las casas a la redonda por una noche. Al día siguiente, los Platt se dan cuenta de que están rodeados de flora y fauna prehistóricas, y tendrán que luchar por sobrevivir en este contexto.

Steven Spielberg, no sólo en la mencionada E.T., ha tratado como columna vertebral de su obra el tema de las familias en quiebre. Tiburón, Encuentros cercanos del tercer tipo, Jurassic Park y hasta The Fabelmans constituyen variaciones sobre los mismos tópicos: ausencias, abandonos, familias con fecha de vencimiento o paternidades asumidas. David Robert Mitchell entiende que la concepción del fantástico en Spielberg es menos una vocación por mostrar los desconocido que una forma de somatizar conflictos humanos —con forma de dinosaurios, tiburones o extraterrestres—.

Siguiendo este lineamiento, la familia protagónica de El final de la calle Oak no pasa por un momento particularmente glorioso: el padre pierde su trabajo y lo oculta por vergüenza, mientras que la madre fantasea con abandonar toda su vida y empezar de nuevo. La grieta que, entrado el fantástico en el relato, separa al vecindario del mundo jurásico, tranquilamente puede ser la representación a gran escala del quiebre familiar.

Este planteo tan en línea con el Spielberg de los ochenta se mantiene a lo largo de todo el film; Mitchell nunca coquetea con una visión del mundo (o de la familia) anclada en el cinismo de gran parte del cine hollywoodense del siglo XXI, más bien se atiene a una concepción que hoy podría resultar arcaica, pero que resulta coherente con la estética elegida para llevar adelante este proyecto. Esta perspectiva eminentemente optimista se mantiene hasta el final del relato, presentando un renacer para la familia cuando todo parece perdido.

Por otro lado, las formas elegidas por Mitchell para narrar visualmente también encuentran un correlato directo en Spielberg: un uso magistral de la profundidad de campo para generar tensión entre elementos (véase la escena del dinosaurio-serpiente que entra a la casa sobre el final del segundo acto); un aprovechamiento dramático de cada extremo del formato ancho de pantalla; travellings minuciosamente compuestos que no alardean de virtuosismo a los gritos, simplemente lo transitan en silencio. Mitchell ejecuta una continuación del clasicismo spielbergiano, siempre con destreza pero nunca haciendo uso de pirotecnia visual ostentosa.

El final de la calle Oak resulta una propuesta temática y visualmente en sintonía con la producción hollywoodense de otra época, más cercana al verano del ‘82 en el que transcurre parte de la acción que a la actualidad. Todo cierra con un broche dorado cuando concluyen los créditos: la película está dedicada al padre de Mitchell, recientemente fallecido. Es de esperarse que el lenguaje ochentoso de Hollywood, y en particular el de Spielberg, haya ayudado a cimentar la relación entre el padre y el hijo, y esta película sea el agradecimiento, la retribución del cineasta al cine.

Guion, dirección: David Robert Mitchell. Elenco: Anne Hathaway, Ewan McGregor, P.J. Byrne. Producción: J. J. Abrams, David Robert Mitchell, Matt Jackson. Duración: 99 minutos.

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