El lado más seductor de la ciencia ficción suele ser su capacidad para anticipar el futuro, o al menos de ilustrar las posibilidades de lo que vendrá. Aunque a esta altura parece que los carros voladores de Volver al futuro 2 o el levantamiento de los simios no llegarán, hay otras cosas que van muy bien encaminadas. Conversaciones íntimas con sistemas operativos (Her), robots que hacen tareas domésticas o misiones (Yo, Robot, Blade Runner), búsqueda de planetas habitables (2001: Odisea del espacio), algoritmos que predicen crímenes (Minority Report), supervigilancias autoritarias (1984, Brazil) y el no saber qué es real y qué no (Matrix) son algunos de los casos más comunes. Era cuestión de tiempo para que llegaran películas con fines parecidos a las anteriormente mencionadas, pero que no entran en el mismo género solo por el hecho de que ya son una realidad.
En el 2010, David Fincher estrenaba La red social con guion de Aaron Sorkin (casualmente, este, ya en la silla de la dirección, trae la secuela de esa película). Cuando gran parte del mundo todavía no tenía redes sociales, Fincher expuso, con este relato de courtroom drama sobre la creación de Facebook, cómo se iban a desarrollar las relaciones humanas a partir de la llegada del invento de Mark Zuckerberg, que en definitiva fue el abrir de una caja de Pandora. 16 años después, Luca Guadagnino, con Artificial, hace lo mismo, acercándonos la historia de la creación de ChatGPT y la IA.
En el 2003, Ilya Sutskever (Yura Borisov), un joven científico informático interesado en redes neuronales artificiales (sistemas informáticos inspirados en el cerebro humano que aprenden a reconocer patrones), comienza a trabajar con el profesor Geoffrey Hinton (Mark Rylance) en las bases de lo que hoy conocemos con la IA. Con el pasar de los años, sus avances se hacen más prometedores, pero mientras Hinton es una persona más prudente que entiende que a un experimento como este le faltan al menos 100 años de pruebas, Ilya, como buen joven idealista, entiende que su trabajo podría resolver los grandes problemas de la humanidad.
En el 2012, Ilya conoce a Sam Altman (Andrew Garfield), un joven emprendedor millonario con la capacidad de ver a la IA como el futuro tecnológico que va a dominar el mundo. Con dinero y muchos contactos (aparece un gran Ike Barinholtz como Elon Musk), Altman crea en el 2015, con la invención de Ilya, OpenAI, una organización sin fines de lucro cuya misión era simplemente investigar. Pero, luego de una disputa con Musk y problemas con Google, la compañía empieza a aceptar dinero de terceros, lo que no solo empieza a comprometer su tarea inicial, sino que los obliga a salir más rápido con su mejor producto: ChatGPT.
Finalmente, con el tiempo, el verdadero rostro y agenda de Altman se van revelando. La película empieza a presentar situaciones en las que se hacen demasiado tarde las preguntas fundamentales sobre la AI: quién debe controlarla, con qué objetivos y bajo qué mecanismos de supervisión.
Hay conversaciones privadas y algunos personajes de origen ficticio o dramatizado, pero toda la película está sostenida por situaciones de público conocimiento y por una profunda investigación periodística e histórica. Esto le da un genuino valor a Artificial. En un principio se habló de la ciencia ficción, género amado por los directores por su cuota de libertad. Otros están obsesionados con el pasado, con historias que ya tienen respuestas. El presente es más difícil, es más comprometedor. Este mismo año hemos tenido films como Fjord y Naza, que tocan temas del ahora, de los cuales se desconoce cómo en 10 años serán recibidas. Ver films del presente tiene un agregado de importancia y, por ende, un tono de denuncia. La película de Luca Guadagnino no es que se quede en el simple mensaje de “usar IA es malo”. Más bien, sin la necesidad de colocarse o incluso apuntar a un lugar ideológico, presenta un catastrófico futuro más cercano a las caídas de los grandes imperios de la historia que al de Terminator. Curiosamente, tiene una escena postcréditos que resume todo lo que busca decir.
De Guadagnino hay que decir que, si hay un film que lo consagra como realizador, es este. El director italiano que saltó a la fama mundial con Llámame por tu nombre ha demostrado ser un artista versátil con algunos éxitos que puede trabajar con cualquier historia sin perder su valor agregado. Desde el terror de Suspiria hasta una cinta con alma de novela latinoamericana como Desafiantes, o historias más incómodas y más exigentes como Cacería de brujas. Artificial en sí misma es un gran drama tecnológico centrado en las motivaciones de los personajes. Luca logra hacer un dibujo en tiempo real con los hechos reales y con dramatizaciones. Hay un gran juego con El silencio de los inocentes, donde el espíritu de Hannibal Lecter se apodera de las escenas. También hay momentos satíricos que buscan mostrar cómo las personas más inteligentes del mundo también son unos idiotas. Y, en resumen, logra mostrar cómo al final todos los males del mundo nacen del miedo más primitivo, el de estar solos.
En la parte actoral, la película se nutre mucho de su reparto. Curiosamente, el Musk de Ike Barinholtz en cualquier otro caso sería recibido como una burla. Sin embargo, lo que se nos muestra es genuinamente lo que imaginamos todos de cómo debe ser el dueño de Tesla. El Hinton de Rylance, el Greg Brockman de Cooper Hoffman y el personaje de Jason Schwartzman suman mucho a la trama. No es el caso de Monica Barbaro, que se siente un poco desperdiciada al interpretar a la exdirectora de OpenIA, Mira Murati. Pero todo esto se resume en dos personajes.
El film muestra a la IA como una suma de dos partes: lo noble, inteligente e idealista de Ilya Sutskever y lo tenebroso, ambicioso y doble cara de Sam Altman. ChatGPT puede ayudarte a salvar a tu perro mientras se está muriendo, pero también puede guiarte al escribir una carta donde le explicas tu suicidio. Estas dos facetas se ven en las actuaciones de Yura Borisov y Andrew Garfield. La misma historia los lleva a tocar lo exagerado. Mientras que Yura encuentra un tono de ingenuidad y culpa acertado, pero sin nunca dejar el rol introvertido, la labor de Garfield hace que uno piense que el actor sería una gran opción para interpretar a un futuro Joker en DC o al mismo Hannibal Lecter ya mencionado. Esto puede hacer que el film pierda cierta credibilidad en algún espectador al ver tan claramente a un egocéntrico, manipulador y carente de empatía. Sin embargo, llevándolo a la realidad, podemos remitirnos a las pruebas.
El 5 de octubre, a horas de su estreno mundial en el NYFF64, Vanity Fair publicó su nueva edición mensual que, curiosamente, está dedicada a Sam Altman con una extensa entrevista. Por si fuera poco el descaro del timing de esto, justamente se viralizó un recorte de la charla en la que a Altman se le pregunta sobre el uso de ChatGPT en momentos donde una persona está pensando en quitarse la vida. Más allá de que Altman da una respuesta muy vacía, este es precisamente un tópico que es expuesto en Artificial y un claro ejemplo del poder del control de la narrativa. En otras palabras, lo que quería demostrar esta obra ya era una realidad a horas de su première.
En la suma de sus partes, Artificial es excelente, pero el simple hecho de su existencia también es importante. Desconocemos el futuro, pero en un momento de la película un personaje da en el clavo con un momento a lo JFK: «La pregunta no es “¿Cómo puede salir mal esto?”, sino “¿Cómo podría no salir mal?”». Luca Guadagnino abre otra caja de Pandora y logra hacer su Oppenheimer sin tener que recurrir al pasado.
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(Estados Unidos, Reino Unido, Italia, 2026)
Dirección: Luca Guadagnino. Guion: Simon Rich. Elenco: Andrew Garfield, Billie Lourd, Monica Barbaro, Cooper Hoffman, Jason Schwartzman, Mark Rylance, Yura Borisov. Producción: Jeffrey Clifford, Jennifer Fox, Luca Guadagnino, David Heyman, Simon Rich. Duración: 140 minutos.









