Crónica de un desastre sagrado: La profanación de la fe desde el bostezo
El gran peligro del cine que decide asomarse a los márgenes de los textos sagrados no reside en la blasfemia -que, al fin y al cabo, no es más que una decisión estética o política-, sino en la incapacidad de dotar de carnadura dramática a aquello que pretende desmitificar. En The Carpenter’s Son, el realizador Lotfy Nathan toma como punto de partida el apócrifo Evangelio de la Infancia de Tomás para urdir una fábula de horror rural y ascético sobre la adolescencia de Jesucristo. Sin embargo, la audacia teológica del planteo original sucumbe de manera progresiva ante una alarmante anemia narrativa y una solemnidad impostada que confunde la parsimonia contemplativa con el puro e intolerable letargo.
La película se sumerge en el anonimato opresivo de un Egipto dominado por el Imperio Romano. Allí, una familia de parias -un carpintero devorado por la severidad y el pánico (un contenido pero desaprovechado Nicolas Cage), su magnética esposa (FKA Twigs) y su hijo adolescente (Noah Jupe)- subsiste bajo el peso de un secreto intolerable: el despertar de unos poderes sobrenaturales en el joven que oscilan de forma brutal entre el milagro biológico y la pulsión destructiva. El conflicto dramático no estalla debido a las presiones del entorno histórico; la irrupción de una extraña joven (Isla Johnston) opera como catalizador y encarnación misma de la tentación satánica, empujando al muchacho a rebelarse contra el severo y estricto yugo paterno.
El principal problema del filme es que Nathan parece más interesado en la textura de la puesta en escena que en el desarrollo de sus personajes. Es innegable que la obra posee una factura visual subyugante: el diseño de producción rústico, la aspereza de los paisajes (rodados en las cadenas montañosas de Grecia) y una fotografía de claroscuros tenebristas logran corporizar una atmósfera de inminencia trágica sumamente atractiva. Pero ese preciosismo formal pronto se revela como una cáscara vacía. Los dilemas éticos y psicológicos del joven mesías, atrapado entre su naturaleza divina y la pulsión adolescente de libertad, se reiteran en un bucle de alegorías obvias que jamás logran incomodar ni conmover.
Incluso la figura de Cage funciona como el perfecto termómetro de esta inconsistencia de tono y de la forma en que la cinta dialoga con el terror religioso contemporáneo. Quienes busquen aquí el grotesco expresionista y la perturbadora perversión oculta que el actor legó en la aclamada Longlegs, se encontrarán con una interpretación radicalmente opuesta y encorsetada. En lugar de encarnar un agente del caos a través del histrionismo puro, Cage ensaya aquí un registro de contención litúrgica, interpretando a un Joseph exhausto, carcomido por el ayuno y una crisis silenciosa de fe.
El problema no radica en su sobriedad, sino en una dirección que le teme a su propia excentricidad: cuando el relato exige el estallido del horror espiritual o el quiebre de la carne, la puesta en escena opta por golpes de efecto timoratos que anulan cualquier asomo de empatía. Mientras otras producciones del género reciente se apoyan en el exceso corporal o la espectacularidad aberrante para sacudir al espectador, The Carpenter’s Son prefiere un estatismo severo que termina por asfixiar su propia premisa. Lo que pudo haber sido un revulsivo ensayo sobre la carga de lo sagrado termina reduciéndose a un mero ejercicio estético atrapado en su propio laconismo.
(Estados Unidos / Francia / Reino Unido / Grecia, 2025)
Guión y dirección: Lotfy Nathan. Elenco: Nicolas Cage, Noah Jupe, FKA Twigs, Isla Johnston, Souheila Yacoub. Fotografía: Caleb Heller. Música: Augustus Muller. Producción: Nicolas Cage, Julie Viez, Eugene Kotlyarenko, Alex Hughes, Riccardo Maddalosso. Duración: 94 minutos.










