A Sala Llena

A llorar al campito

Ya hace rato que venimos diciendo que la mejor ficción por estos días está en las series. Y es tal vez por eso, que cada vez hay más y más fanáticos alrededor del globo, de la variedad de fenómenos que han salido a la luz de un tiempo a esta parte. Y esos fenómenos pertenecen a los más diversos géneros y asumen formas en verdad distintas, lo que constituye una clara dificultad a la hora de encontrar patrones que se repitan en favor del éxito. Lo único que uno puede aventurarse a decir, es que a la gente le gusta que le cuenten buenas historias. Y por suerte, hay muchos tipos por ahí con las ganas y la capacidad de hacerlo.

En particular, consumo vorazmente series de todo tipo y factor de manera ávida, y con claros tintes de adicción. Para una persona como yo, que suele administrar (mal, jejeje) su propio tiempo, es algo verdaderamente sencillo sentarse a la mañana a mirar un show y levantarse a las diez de la noche habiendo inhalado una temporada entera en un día o más. Hay gente que siente culpa al hacerlo y piensa que ha perdido un día fecundo de productividad. Yo, que no tengo la más mínima conciencia desarrollada en ese sentido, siento en cambio que me devoro un trozo importante de cultura popular y que mi cabeza se expande en pos de nuevos y grandes horizontes. Pero el factor determinante de todo este asunto, es desde dónde, desde qué fuente, consumimos el producto. Porque no puedo dejar de pensar en el hecho, de que nos hemos vuelto hacia las series con tanta enjundia, porque ahora hay fuentes de las que nos podemos servir todo el manjar, sin tener que esperar ni cinco minutos entre capítulo y capítulo.

El fin de semana pasado, por ejemplo, se me dio por meterme con Downton Abbey, serie que siempre me había interesado, pero que había postergado porque consideraba que me tomaría un buen tiempo verla apropiadamente. Sabía que el guionista principal era Jullian Fellowes (ganador del Oscar por Gosford Park) y llegué a la conclusión (equivocada) de que la serie sería policial o, por lo menos, de misterio. Y si bien tiene algunos matices, la cosa va totalmente por otro lado. Aun así, me enganché redondamente. Y las primeras tres temporadas me las fagocité entre sábado y domingo. Sí, sí, no hice otra cosa que comer y ver la serie. Un capítulo atrás del otro. Lo que no recuerdo es si arranqué el viernes o el sábado propiamente dicho, porque ahora que lo pienso, es una verdadera patriada. En fin, si hay algo que las sobredosis de series pueden hacerte, es perder la noción del tiempo. En eso son exactamente igual a un casino de Las Vegas o a las drogas.

La vi vía Netflix y para cuando me di cuenta de que todavía no estaba cargada la cuarta temporada, ya era demasiado tarde: estaba totalmente enganchada. Así que me resigné y disfruté el viaje. Pero no pude más que preguntarme, hasta cuándo los espectadores latinoamericanos, vamos a ser la audiencia de segunda mano. No puedo negar que eso ya me tiene redondamente harta.

Las grandes cadenas de televisión, incluidas las cadenas premium, se ven cada vez más amenazadas por el desembarco de sus materiales en internet de manera gratuita y para todo el mundo. Si bien es cierto que la piratería tanto en la red como en las calles sigue siendo una claro peligro para la industria, los usuarios de Netflix, MovieCity, HBO y la mar en coche, se han multiplicado también a lo largo y ancho del planeta voluminosamente. Así que muchachos, una de cal y una de arena. Y es innegable que ustedes son los responsables del fenómeno pirata, cometiendo el imperdonable error de no estrenar simultáneamente en los dos hemisferios. Y ojo, no estoy pidiéndoles que liberen sus contenidos, ni que dejen de levantarla con la pala. Nada parecido, ni remotamente por el estilo. No estoy en delirium tremen. Sí quiero y me atrevo a exigir que la salida a la luz de las producciones, sea pareja para todo el mundo.

Yo consumo televisión premium y pago religiosamente por ella. Pero amigos, me tiene soberanamente rota la camiseta que, a esta altura de la soirée, todavía tenga que esperar para ver algunos shows un buen tiempo después de sus estrenos. Y asuman ya de una vez que el estreno es uno solo. Lo que hacen con nosotros, es refrito y con suerte. De esa manera, a la gente que gusta fervientemente de las series y tiene ganas de saber qué está ocurriendo con todo, no le queda otra que meterse en la red y descargar capítulos.

Es verdad que con algunas grandes producciones como Game of Thrones por ejemplo, se les prendió la lamparita. Pero eso fue solamente porque la gente la descargó a mansalva y los obligó a replantearse los lanzamientos anuales. Creo muchachos, que ya es hora de que se pongan media pila porque, mientras estaba mirando Downton Abbey y me di cuenta de que Netflix para Latinoamérica no cargó todavía la cuarta temporada que se emitió en 2013, me agarré una rabieta del carajo y los puteé en arameo. Y el primer impulso que tuve fue el de entrar en Cuevana y hacerlos mierda. Por suerte me contuve, porque si no esta semana no habría podido ni salir de la cama para laburar.

Dejen de tratarnos como espectadores de segunda, porque los vamos a voltear a descargas.

Y con esto no quiero hacer apología de la piratería ni mucho menos. Estoy solo señalando un dato claro de la realidad. Y les vendría bien hacer una lectura y actuar en consecuencia.

Latinoamérica ha apoyado y levantado series de manera rotunda e, inclusive, las ha bancado en sus primeras temporadas hasta que emprendieron el vuelo. Y si no que lo diga Chuck Lorre, con sus Two and a Half Man y The Big Bang Theory. Comedias que ahora son las más populares en Estados Unidos, pero que en sus primeras temporadas arrancaron con mucho más fuerza en Latinoamérica. Aquí son emitidas por la Warner, varios meses después de sus comienzos de temporada en Estados Unidos y eso es un verdadero rompedero de pelotas.

Entiendo que en sus pequeñas cabecitas gringas, todavía somos la parte de abajo del mundo. Pero, muchachos, es hora de que se vayan dando cuenta de que soplan otros vientos por estas tierras. Asúmanlo rápidamente. Avívense de una buena vez. Porque es innegable que las series son, ahora más que nunca, una parte importante de la cultura popular. Fenómenos que han aunado criterios y voluntades, derribado fronteras, acercado líneas de pensamiento. Es imperativo que se hagan responsables de esto y que colaboren en la difusión amplia y justa de los contenidos.

Contenidos que son, innegablemente, maravillosos.

Y si no, a llorar al campito.

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