A Sala Llena

A Roma con Amor, según Tomás Maito

Divertida… pero sin magia

Woody Allen fue quien renovó el género de la comedia en Estados Unidos cuando éste se encontraba en una etapa de transición debido a la desaparición de Charles Chaplin, Buster Keaton, los Hermanos Marx y, más adelante, Billy Wilder. Lo paradójico es que ahora en su país de origen le cuesta encontrar financiamiento para sus películas; por eso, en los últimos años, se habituó a filmar en Europa.

Esta etapa actual es recurrentemente criticada –si bien hay muy buenos films ligados al drama como Match PointEl Sueño de Cassandra– quizá porque sus comedias no están a la altura de sus grandes obras y solo devienen en trabajos correctos como ScoopConocerás al Hombre de tus Sueños.

Pero toda duda se disipó con el estreno de Medianoche en París, película dueña de un argumento exquisito que explota al máximo el universo Allen que, con su original paralelismo entre lo real y lo fantástico, consagra una obra maravillosa. En A Roma con Amor, su siguiente y último film, no se ve reflejada una continuidad respecto de su predecesora y, aunque sea entretenida, está lejos de la profundidad artística de la rodada en Francia.

Esta nueva obra narra la experiencia de varias personas en la capital italiana, y justamente es ahí donde falla, ya que entre tantas historias y subtramas la narración se pierde y se hace un tanto confusa. Allen supo concretar películas de este estilo, con una notable exquisitez, como Días de RadioCelebrity; en ésta –la más coral de todas– no logra construir un universo armónico como acostumbra.

Un joven (Jesse Eisenberg) que se enamora de la amiga de su novia (Ellen Page); un don nadie (Roberto Benigni) que repentinamente se vuelve famoso; un representante musical ya retirado (Allen) que quiere volver célebre a su futuro consuegro (Fabio Armiliato), el dueño de una funeraria, a quien escucha cantar en una ducha; y una pareja que se ve envuelta en una situación de adulterio -él (Alessandro Tiberi) con una prostituta (Penélope Cruz), ella (Alexandra Mastronardi) con un actor reconocido (Antonio Albanese)-. Todas estas historias resultan demasiado numerosas para amoldarse en menos de dos horas, más aún cuando solo concuerdan en tópicos ideológicos y están mal organizadas a nivel narrativo.

Todos estos relatos que transcurren paralelamente en Roma inciden en algún punto en las recurrentes temáticas del cine de Allen y en su conflictiva manera de retratar las relaciones humanas. Todos estos personajes le escapan a su vida habitual, ya que el adulterio, la confusión y la neurosis que las situaciones les provocan los lleva tanto a disfrutar como a chocar con la realidad a la que se enfrentan.

Pero hay que decir que A Roma con Amor tiene su lado positivo, empezando porque cumple con su función de entretener. A pesar de tener personajes sin mucha justificación como el de Benigni o el de Alec Baldwin –una especie de conciencia de Eisenberg– Allen desarrolla un film un tanto voluptuoso y hasta bizarro. La película, además, ironiza la propia figura de Allen y se muestra crítica con el arte moderno –esto sucede en la historia protagonizada por el propio WA, en la que hay incluso una interesante toma de posición-.

En conclusión, se puede decir que A Roma con Amor es una comedia pasajera en la carrera de Allen, correcta, con divertidos gags y frases cómicas a pesar de sus errores, pero a la que le falta la magia de Medianoche en París -película que enamora en cada plano y es fundada por la encantadora caracterización de cada uno de sus personajes-. A Roma con Amor es, o sea, un paso atrás respecto del producto anterior.

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