A Sala Llena

Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros (3D) (Abraham Lincoln: Vampire Hunter)

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Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros (3D) (Abraham Lincoln: Vampire Hunter, Estados Unidos, 2012)

Dirección: Timur Bekmambetov. Guión: Seth Grahame-Smith, basado en su propia novela. Producción: Tim Burton, Timur Bekmambetov, Jim Lemley. Elenco: Benjamin Walker, Dominic Cooper, Rufus Sewell, Mary Elizabeth Winstead, John Rothman. Distribuidora: Fox. Duración: 105 minutos.

El Nacimiento de una Nación

¿Cuántas formas existen de esconder el racismo? En 1915, D.W. Griffith inventaba el cine épico en Estados Unidos. Realizaba la primer obra maestra de la historia del cine. Ejemplo básico acerca de la técnica cinematográfica, de las posibilidades narrativas que brindaba la cámara como testigo de múltiples puntos de vista de una misma historia, de cómo trasladar la literatura de Dickens al relato estrictamente visual. Sí, Griffith fue un precursor e innovador. Pero también era racista. Eligió como excusa de su revolución cinematográfica contar la guerra de secesión desde un punto de vista sureño, el lado derrotado, exhibiendo al “negro” como culpable de la guerra, como si fuera un animal salvaje, primitivo, malicioso. Pintaba a blancos con betún y exhibía a los miembros del Ku Klux Klan como grandes héroes, mártires y salvadores. El Nacimiento de una Nación hoy en día es considerada una obra netamente racista que no merecería ser recordada.

Pero a veces se repiten los errores. Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros tenía todas las excusas para brindar un punto de vista ingenioso y original acerca de un periodo clave de la historia del mundo, un periodo donde se aboliría completamente la esclavitud, humillando a los terratenientes sureños y su avaricia. En ese sentido Lincoln fue un héroe, un pacifista. Pero el racismo sigue vigente en Estados Unidos de manera disfrazada. Así como los vampiros del film son una comunidad que se maneja inadvertida, pero atacan de vez en cuando, el racismo de Timur Bekmambetov también es subliminal. Seth Grahame – Smith le echa toda la culpa de la guerra y la esclavitud a los vampiros y su mala influencia. O sea, los humanos por sí solos nunca hubiesen asesinado, violado, quemado y esclavizado a la comunidad negra sureña.

Así es como al principio, el director y los autores, transgiversan la biografía del ex presidente, y lo convierten en un superhéroe vengativo, cazador de vampiros. El problema surge, cuando el director decide dejar atrás a los chupasangre y concentrarse en la biografía de Lincoln. Quizás porque cree todo lo que cuenta y le tiene demasiado respeto a la figura histórica le aplica a toda la película un somnoliento clima solemne. Demasiado triste, extremadamente emotiva y aburrida. Además, Bekmamvetov le da esa estética hiperestilirizada de sus anteriores films (Guardianes de la Noche, Se Busca) a escenas que no lo necesitan. Tanta acción y tanta cámara lenta terminan por ser inconcientemente risibles, provocando un efecto de culpa y molestia. Porque está claro, que no quiso hacer algo ridículo, sino serio con un tema que no se presta a tal. Definitivamente, Lincoln no necesitaba convertirse en un cazador de vampiros para ser recordado como héroe (Spielberg se encargará de demostrarlo a fin de año) y menos en una obra tan falsa.

Bekmamvetov es un pésimo narrador, se preocupa demasiado por lo efectos de cámara y digitales, sin dar una consistencia al relato. El prácticamente desconocido joven elenco (eximido el gran Rufus Sewell) hace lo que puede con personajes tan esquemáticos y elementales. Benjamin Walker en otro contexto tiene mejor futuro que el resto del elenco, pero la superficialidad del personaje no le dan la posibilidad de exhibirse, de mostrarse mejor.

Convertir al presidente más pacífico que tuvieron, es una metáfora de “asesino de muertos” demuestra una vez más la sed de violencia y sangre que tienen los estadounidenses; que esconden su racismo debajo de la alfombra, pero ahí está, latente, a punto de explotar con metáforas burdas y obvias. Como sucede acá.

Pero el peor pecado que comete el film es aburrir, no sorprender. No enganchar ni enamorar con la historia de Abraham y Mary Todd. Es predecible, poco ingeniosa.

Al final, los vampiros que sobreviven a la masacre de Lincoln se mudan para América del Sur. Eso explicaría perfectamente porque seguimos teniendo tantos políticos chupasangres.

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¿A quién se le ocurriría mezclar personajes históricos reales con monstruos de la cultura popular? Al escritor Seth Grahame-Smith. Primero lo hizo en Orgullo y Prejuicio y Zombies, extravagante reinterpretación de la obra de Jane Austen, que espera su adaptación al cine. Sí llegó a la pantalla grande la versión de su siguiente libro, y producida por Tim Burton: Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros.

Mucho antes de dedicarse a la política, Abraham Lincoln (Benjamin Walker) presenció el asesinato de su madre. Consumido por la culpa y la rabia, busca al homicida, que resulta ser un chupasangre. Y uno de miles: tienen su base de operaciones en el Sur del país, donde esclavizan a gente de raza negra y se alimentan de ellos. Entrenado por Henry Sturges (Dominic Cooper), un misterioso y algo libertino caballero, y armado con su fiel hacha bañada en plata, comienza a masacrar no-muertos a diestra y siniestra. Pronto descubrirá que la palabra es tan o más fuerte que la violencia, y ascenderá hasta convertirse en el primer presidente de los Estados Unidos por el partido Republicano. Pero los seres de las tinieblas están dispuestos a dar batalla, y Lincoln no tendrá más remedio que retomar la cacería en persona.

El título hace pensar en un delirio, y lo es, pero de una manera atípica. El director ruso Timur Bekmambetov le imprime su estilo, que puede disfrutarse en sus films Guardianes de la Noche, Guardianes del Día y Se Busca: secuencias de acción tan inverosímiles como sorprendentes (incluye persecución a través de una estampida de caballos), cámaras lentas, personajes con una cualidad inusual de la que deben hacerse cargo… Detalles que hacen pensar, si no en una comedia, al menos en un producto decididamente trash. Pero no: tiene un tono melancólico, trágico, con un rigor histórico bastante cuidado. Los más terribles episodios de Norteamérica en aquellos tiempos (la esclavitud, los enfrentamientos entre el Norte y el Sur) están justificados por la nefasta influencia de los bebehemoglobina. Por extraño que parezca, esta combinación de chifle sobrenatural y seriedad funciona milagrosamente bien y nunca deja de ser entretenida.

Los vampiros de esta historia son un poco diferentes. Se mueven a la luz del día y no pueden matarse entre ellos, así que deben acudir a mortales para lograrlo. A la hora de combatirlos, se usan armas hechas de plata.

Benjamin Walker sale bien parado en su primer papel importante. El parecido con Liam Neeson no es casual: su debut cinematográfico fue interpretándolo en una versión joven en Kinsey, el Científico del Sexo, dirigida por Bill Condon, director de La Saga Crepúsculo: Amanecer 1 y 2, que incluyen vampiros. A su vez, el actor irlandés estuvo por encarnar a Lincoln en el inminente biopic de Steven Spielberg, pero fue reemplazado por Daniel Day-Lewis, otrora candidato a hacer de Drácula en el film de Francis Ford Coppola. ¿Vieron cómo todo tiene que ver con todo? El resto del elenco, cumplidor. Siempre hay que destacar a Mary Elizabeth Winstead, nueva joven musa del cine fantástico y amor imposible de todo nerd contemporáneo. Aquí es Mary Todd Lincoln, la fiel y sufrida esposa del presidente.

Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros es un inusual mash up que, sin alcanzar nunca niveles de genialidad, sirve para distraerse un rato… y fantasear con otras mezclas extravagantes. ¿Sarmiento contra los licántropos? Ahora les toca a ustedes.


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