A Sala Llena

Algo sobre nada…

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La mayoría de las veces que alguien se sienta frente a una hoja en blanco, la experiencia se vuelve atemorizante. Todos pensamos que lo que tenemos para decir significa algo, que puede alcanzar a alguien y modificarlo aunque sea en una parte mínima pero, cuando estamos frente a la máquina, las dudas nos asaltan de manera bastante brutal: ¿A alguien le importa lo que tengo para decir? ¿Alguien de verdad me extrañaría si dejara de hacerlo? ¿Puedo aportar algo desde aquí o soy demasiado petulante por el solo hecho de intentar lograrlo?   Nadie tiene una respuesta verdadera para esta pregunta. Ni siquiera quien cuenta permanentemente con la reafirmación positiva de su entorno.  Nadie sabe si lo que dice tiene valor verdadero y, mucho menos, si podrá sobrevivir los embates implacables del tiempo. Ninguna voz, por más potente que sea, está a salvo del tormento de la duda. Así que, aquí estoy yo, tratando de poblar de palabras este espacio, preguntándome más que nada qué carajo tengo para decir hoy; y la respuesta a esa pregunta, muy probablemente sea: NADA.

La nada se yergue en el universo de quien pretende crear algo, como una especie de fantasma doloroso, que se levanta por sobre nuestras cabezas y nos aprieta el estómago en un puño.  La angustia se instala allí donde debiera instalarse la inspiración, donde debiera anidar esa sensación incomparable que depara el hecho de estar siendo el canal elegido por una idea para cobrar vida propia.  Algunos se llenan de ira, otros se pueblan de impaciencia, de celos, de envidias; sueñan con el asesinato, con la paradoja espantosa de la vida y empiezan, lentamente a morir o a enloquecer. Otros, los más tontos tal vez, los que son como yo, se embarcan en el collage, las cartas de amor, las telenovelas mexicanas, las comedias de Arnold Swarzeneger, las conversaciones telefónicas con la familia, las compras compulsivas, el terror nocturno, los ataques de pánico y la fantasía perenne de un momento mejor. De esa manera vamos logrando sobrevivir al hecho de que la genialidad nos haya esquivado el bulto.

Pero mientras tanto hay que apechugar, y seguir haciendo malabares con los dones que Dios nos regaló. Porque el desperdicio de esos dones, escasos o abundantes, supone aún un dolor más fuerte que el fracaso y que el temor de la nada.  Así que, hoy me gustaría compartir este momento de angustia con todos. Porque, sería relativamente fácil elegir una película y ponerme a criticarla o a recomendarla, enumerando sus virtudes y sus desgracias. Pero la realidad, es que hoy representaría lo mismo que hacer la plancha y jamás he sido menos que transparente en este espacio que nos convoca.  Cuando les hablo de algún film, les hablo desde la entraña, con todo el apasionamiento y la vehemencia que puedo y que tengo.  Y si han leído la columna, entonces saben que este lugar es cualquier cosa, menos deshonesto. Por eso, y para exorcizarlo, quiero compartir este fantasma que hoy representa la hoja en blanco. Ustedes pueden ayudarme a que vaya perdiendo su peso y su forma. Ustedes pueden contribuir a resolver el dilema arcaico de convertirlo de nuevo en una posibilidad.

Saltar al vacío suele ser la comparación más típica para representar a quien se aventura a contar una historia, a decir algo, a perseguir la idea de un relato que valga la pena. No siempre ese salto encuentra un aterrizaje pacífico. A veces perdemos todos nuestros pelos y dientes contra el suelo y nuestras narices estallan en pedazos.  Otras, las menos, caemos en algún espejo de agua o sobre alguna almohada de papel de arroz y somos, por breves instantes, felices. Así es como se vive de este lado de la hoja y así es como se espera morir.

Hoy los busco como los amigos que son, como los lectores que son y como maravillosos testigos. Les extiendo esta duda, para que la compartan conmigo y para que salgamos juntos de ella. Por supuesto, más temprano que tarde estaremos todo embarcados en una nueva duda, pero de eso amigos se trata este juego maravilloso. Es ese juego el que alimenta este espacio que compartimos todas las semanas. ¿Creían que era el cine? No, es otra cosa. El cine es el bote más bello y el más fuerte para sortear este mar extenso y caprichoso, de respuestas esquivas. Por suerte, ese bote es nuestro y nadie puede quitárnoslo. Si nos sacaran los ojos, todavía podríamos verlo con la mente y con el espíritu, porque el cine es lo más cercano que tiene el hombre a volver tangible la materia imaginaria.  Así que, mis queridos amigos, hemos elegido un buen bote para sacarle el cuerpo al naufragio.

¿Tiene el cine la verdad de las cosas? Una parte de mí se esfuerza locamente en creer que si. Pero hoy parece que la otra mitad está de centinela y mi mente está sometida a ella de manera casi total. Solo mis dedos sobre el teclado se sublevan al elegir algún conjunto de palabras. Pero la parte que está en vigilia es fuerte y la angustia bastante portentosa, así que por hoy, los voy a usar de paño de lágrimas y me voy a sacudir el terror.  La semana que viene volveré y seré toda pachanga.

La pregunta en mi universo siempre es la misma: ¿Qué es lo que tengo para decir hoy? Por ahora, la respuesta está en otra parte. Tal vez la tenga alguno  de ustedes. Quiero que sepan que estoy aquí, con el alma en vilo, esperándola.  Pero por ahora, me tengo que entregar a confiar en que mañana, la luz que espero, se encienda dentro de mi alma y arranque de nuevo la faena voraz.

Si amigos queridos, escribir sobre la nada es terriblemente atemorizante. Así que los dejo y me voy a ver una película.

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