A Sala Llena

Almas Gemelas

Hoy me levanté temprano. El timbre sonó como a las nueve de la mañana. Era el portero del edificio que me avisaba que los censitas ya estaban abajo y que me tocaba a mí. Estaba muy excitada, había esperado toda la semana a que llegara el censo, el primero que yo respondería como dueña de una casa y esposa y bla bla bla, y además quería invitarlos con torta o café y charlar y eso… Llegaron demasiado temprano, me agarraron en pijama, así que me cambié rápido, me lavé los dientes a las apuradas, me vestí y salí. Cuando llegué a la puerta de los ascensores, me di cuenta de que no me había perfumado, me volví hecha una tromba y, haciendo mucho ruido, me mandé al baño y me eché como para el campeonato. Mientras tanto, mi marido dormía a pata ancha. Cuando le avisé que ya estaban aquí, que los censistas habían llegado, me dijo que fuera respondiendo yo que él ya bajaba y no sé qué, porque hablaba a media lengua, con la cara colorada y babeando en la almohada.

En el edificio somos una bocha, por lo que la cosa se había organizado para que todos respondiéramos en el palier,  sentados cómodos, en mesas redondas, charlando con los vecinos, mirándonos las caras de dormidos y haciendo comentarios como “me agarraron muy temprano” o “mi vieja no se quiere levantar” o “¿alguien quiere tomar algo?  Hago mate y bajo…”  y esas cosas. Yo estaba chocha, así que me senté a responder como la mujer adulta hecha y derecha que soy.  A la mitad de la planilla, tuve que pedirle a mi hombre que bajara porque había una pregunta que no sabía responder, algo acerca de sus estudios universitarios que yo no tenía ni idea, así que el gordo bajó y la contestó él mismo, con la cara recién lavada, hinchada e impresentable. Terminamos y le dimos la mano al censista, nos subimos al ascensor y prendimos la tele. 

En directo vimos como la pantalla de Crónica TV, pasaba de rojo a negro y la muerte se volvía noticia una vez más, cambiando la realidad, sumergiéndolo todo en un estado onírico de incredulidad,  de desconcierto, de pasmosa angustia.

Yo no puedo hablar de política, no solo porque sé muy poco, sino porque físicamente soy casi incapaz de hablar de política en serio. Mi familia es una especie de collage ideológico en el conviven peronistas, kirchneristas, radicales de la primera hora, socialistas, liberales, gatos, perros, canarios, peludos y bisontes, por lo cual es imposible sentarse a la mesa familiar y discutir la coyuntura del país, sin que se armen unas bataholas de Padre y Señor nuestro.   Es por eso, que esta columna, vuela fuera del radar de esas cuestiones. 

La tele y la radio, por supuesto, estaban embebidas en el tema y se hablaba mucho y se decían decenas de cosas. Hombres, mujeres,  oficialistas, opositores,  todos tenían algo para decir. A algunos les creímos, a otros rotundamente no. Pero mi media naranja y yo, los escuchamos a todos con atención y con buena voluntad. Lo que más me fue ganando a lo largo del día, fue la imagen de la presidenta, sola, sin su hombre, sin su compañero de la vida entera. Yo, que tengo un hombre que representa casi todo en mi vida, aún cuando mi mundo es mucho mas extenso que los límites de su piel,  no pude mas que sentirme desolada. ¿Cómo se sigue escribiendo la historia, cómo se hace para dejar ir a la mitad de la propia alma?

La pregunta me quedó clavada en la mente como una finísima, traicionera y obstinada astilla.

El día venía más que raro, con un espíritu bastante lúgubre y la casa y el desorden medio que ya me oprimían el pecho, así que, decidimos salir a tomar aire, a dar una vuelta. Agarramos el auto y partimos, pero yo ya pensaba un poco en esas parejas del cine que encarnan la idea del alma gemela, la idea del apareamiento de por vida y del amor eterno que ni la muerte puede separar. Porque el cine se alimenta del amor de los hombres y de la muerte, de manera casi excluyente.

Dimos una vuelta por la ciudad cerrada, mientras mi mente divagaba por el asunto de las parejas eternas del cine y sus amores y desgracias. Aparecieron Molly y Sam, de Ghost, la Sombra del Amor, Mina y Drácula, Jerry Maguire y Dorothy Boyd,  Forest Gump y Jenny,  Satine y Christian, la maravillosa pareja de la inolvidable Moulin Rouge, Charles y Caroline Ingalls; y algunas parejas reales llevadas a la gran pantalla, empujadas por su amor inmortal: Jim Morrison y Pamela Courson, John y Yoko,  Héctor Lavoe  y su mujer Puchi,  Henry y June,  Karen Christence y Dennis Finch Hatton, cuya historia de amor convirtió al film África Mía de Sydney Pollack en una de las historias románticas mas alucinantes de todos los tiempos, George Sand y Alfred de Musset, Camila y Ladislao, Sissy y Francisco José…

Era inevitable llorisquear, pero yo en general, me paso un poco de rosca, así que decidimos volver a casa y poner un dvd liviano para descomprimir. Mi bombonazo de marido me dejó acaparar el televisor mitad para distraerme y mitad para evitar  hacer otro viaje a la guardia de la clínica si me daba el consabido pichiruchi. Hace muy poco, y llevada de las narices por el metejón rabioso que tengo con Tom Hanks, compré la recontraromántica comedia Tienes un e-mail, protagonizada por mi amor platónico y su eterna compañera de pantalla Meg Ryan.

Me senté en el sillón con un mate cocido muy azucarado y me dispuse a verla.

Todos sabemos de qué se trata, al menos los que no pasamos los 90 en una almeja. La pasan en cable día por medio. Tom Hanks y Meg Ryan, se enamoran por mail en una época en la que la gente todavía se conectaba a su línea telefónica para acceder a la red. Él es un magnate dueño de una cadena de librerías gigante y ella tiene una librería chiquita y poética de libros para niños, en seguida se vuelven competidores y enemigos pero, por supuesto, terminan locamente enamorados. Dirigidos por Norah Ephron (la misma directora de Sintonía de Amor) la película resulta tan refrescante como efectiva, gracias a las maravillosas actuaciones de sus dos protagonistas y a la adición increíblemente exacta de Greg Kinnear, como uno de los personajes satelitales,  que resulta brillante y desopilante.

A mi, en particular, las comedias románticas me hacen las veces de calmantes o remedios contra la ansiedad, la mala onda, el miedo y la tristeza, por lo que, cada tanto, en mi casa flotan los diálogos livianos, rosas e inclusive a veces sonsos, de las comedias americanas de amor y fantasía. Además, necesitaba ver el principio del amor, el principio de la historia, el momento mágico y bendito en el cual dos personas se conocen y se reconocen, el momento en que se eligen, el momento en que comienzan a soñar. Ese instante crucial de la vida en el que encontramos nuestra “alma gemela”,  nuestra compañía verdadera, esa que hace que nunca más nos lleguemos a sentir del todo solos.

Vi la película entera, tratando de aislarme, con la respiración entrecortada, fijándome en los detalles, los errores, la dirección de arte, la magnifica puesta neoyorkina y la inteligentísima presencia musical. Por un rato dio resultado, y me di cuenta de lo valiosas que son algunas películas leves, algunas películas que no harán historia, que no serán recordadas como bisagras cinematográficas, pero que te ayudan a remontar por un rato,  una tarde de congoja y desorientación. Asegúrense de tener muchas en su videoteca, porque necesitamos los finales felices, los finales esperanzados y rosas, las cursilerías que hacen que nuestro corazón se llene de un espíritu ingenuo y bobalicón, que nos pone a resguardo del tedio, de la maledicencia, del cinismo y de la muerte. Aunque sea por pocos minutos.

Necesitamos los finales felices porque, en el fondo, sabemos que el final trágico, fatal, sin sentido, desolador, aniquilador, sobrevendrá tarde o temprano y nos dejará desnudos frente a la nada.

Por eso amigos, siempre tengan a mano una comedia romántica que les recuerde que, aunque hay un final inevitable,  ese principio mágico y narcótico, justifica la totalidad de nuestra existencia.

 

Esta columna está dedicada a quienes han perdido a su amor.

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