A Sala Llena

Amour, según Carlos Rey

El prestigio del tedio.

A Sala Llena se caracteriza por las múltiples visiones de las películas, desde diferentes lugares, diversas opiniones y notas. Amor por el cine, pasión de los críticos que escriben para la web. Cuando revisé que Amour de Michael Haneke tenía seis (6) notas a favor y ninguna en contra, sentí la necesidad de equilibrar un poco la balanza (de paso evitamos que la web se convierta en Positif de los 60’s). El set está perdido (6-1) pero allá vamos con unos breves comentarios de lo que parece ser la película más sobrevalorada del año 2013.

Sería muy sencillo citar a Jacques Rivette por milésima vez con su famoso articulo “De la abyección”, cuyo texto fue recuperado algunos años después por Serge Daney en “El Travelling de Kapó”, para formular una teoría sobre Amour de Michael Haneke pero, como escribió Hernan Schell hace algunos años en El Amante, estamos un poco cansados de Daney y, si bien la abyección está presente casi permanentemente en Amour, vamos a dejarla descansar por el día de hoy. Amour debería llamarse Odio. Odio al cine y a sus personajes, odio de Haneke a los espectadores, cinismo en el peor de los posibles tonos solemnes. Pretensión. Aburrimiento. Lo notable es la cantidad de elogios que recibió este festival de misantropía solemne por parte de la crítica ¿por qué sucede esto? ¿Acaso la Nouvelle vague no derribó los puentes y quemó los restos del cinéma de qualité?

Hay una pulsión de un sector de la critica moderna para volver a construir esos puentes, intentar otra vez recorrer esos caminos que parecían cerrados. Sucede permanentemente con Haneke, entre otros directores. Ya había pasado con esa pésima película llamada La Cinta Blanca, cargada de obviedades –“por esto los nazis fueron tan malos”– y de una solemnidad arrolladora. Claro, la génesis del nazismo o la finitud del ser humano. Temas importantes. Muy importantes. “Importantes”. IMPORTANTES. Contados en clave de cinismo y de manera aburrida. No me gusta citar a Jose Pablo Feinnman pero lo hago: Haneke es el máximo exponente de lo que  JPF llamó “El prestigio del tedio”.

Y el prestigio del tedio es mucho mayor cuando un cínico misántropo construye un ambiente de una pareja de octogenarios donde la esposa (una Emmanuelle Riva que amamos en Hiroshima mon amour) contrae una enfermedad terminal y el marido (Jean-Louis Trintignant) debe cuidarla hasta el desenlace final. Haneke se ubica en el personaje de Trintignant. El desprecio del personaje hacia su hija (Isabelle Huppert, la mujer de 60 años más bella de la historia) es el mismo que tiene Haneke hacia los espectadores y hacia el personaje de Riva, con el cual se ensaña de manera particular (sin entrar en detalles, la escena del baño con la enfermera no se puede filmar) incluso hasta en el mismo momento de su muerte, donde la frialdad del personaje de Trintignant representa la gelidez y el sadismo de Haneke, que parece disfrutar el acto final.

Amour se llama la película, pero es lo que falta en ella. El odio y los simbolismos, como esa paloma que Trintignant quiere liberar, es lo que Haneke nos quiere mostrar. Claro, su mujer muere pero él libera una paloma. Y Haneke nos muestra unos cuantos planos generales de la casa vacía. Por estas cosas sucede que los críticos bienpensantes se juntan a pensar el cine en El Café de la Paz, celebran el tedio y por la cual llaman “maestro” a Haneke. Sí, el Café de la Paz todavía existe, pero no se discute más la revolución ahí, eso pasaba hace 60 años. La misma cantidad de años que atrasa Haneke.

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Por Carlos Rey

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