A Sala Llena

Aquel Martes Despues de Navidad, Según Julián Tonelli

Invasión a la privacidad

En su legendaria obra ¿Qué es el cine? André Bazin definió al cine y a la fotografía como “invenciones que satisfacen definitivamente y en su esencia misma la obsesión del realismo por una reproducción mecánica de la que el hombre queda excluido”. A diferencia de otras disciplinas artísticas, las dos mencionadas partían de una base objetiva que obligaba a creer en la imagen. La esencia del cine, entonces, estaba en su capacidad de registrar la realidad. Esta era la premisa moderna. Ahora bien, ¿qué función cumplía el lenguaje cinematográfico? Bazin no dejó dudas: el montaje era el “creador abstracto del sentido” cuya utilización siempre conllevaba un costo para la especificidad en el cine. Por eso, “cuando lo esencial de un suceso depende de la presencia simultánea de dos o más factores de la acción, el montaje está prohibido”. Como principio fundamental, la unidad del espacio debía ser respetada.

Los talentosos directores rumanos de la actualidad parecen seguir esta consigna al pie de la letra. Aquél Martes Después de Navidad, segunda película de Radu Muntean, es indudablemente un ejemplo de ello. Su estructura consta de una larga serie de planos secuencia que refleja la desintegración de una familia de clase media a partir de un adulterio. Claro que, en el comienzo, nada sabemos acerca de ello. Tan sólo vemos a Paul (Mimi Branescu) y a Raluca (María Popistasu) bromeando despreocupadamente luego de hacer el amor. Ella le comunica que va a pasar la navidad en la casa de su madre, lejos de Bucarest. Él se queja, aduciendo que sin ella se siente vacío. Ella le pide que deje de fumar. Él le responde que no puede. A priori, estas con conversaciones típicas de cualquier pareja. De repente, pasamos a la siguiente secuencia. Paul está en un shopping con cara de pocos amigos mientras su esposa Adriana (Mirela Oprisor) elige los regalos de Papá Noel para la pequeña hija de ambos. Es así como nos enteramos de la infidelidad del protagonista. Si esta sorpresa jamás podría ser considerada como propia del realismo baziniano, sí cabría señalar que, en cualquier caso, aquélla es estimulada por éste.

Muntean nos introduce sin dilaciones en la intimidad de sus criaturas, quizá más de lo que nosotros querríamos. Paul y su mujer llevan una vida tranquila y acomodada. La mayor preocupación del matrimonio parece ser la elección de los regalos de navidad. En total armonía, las escenas familiares y las de adulterio se alternan sin provocar modificaciones considerables en el relato. De repente, la rutina es sacudida por un inevitable encuentro entre Adriana y Raluca, ya que esta resulta ser la dentista de la hija de Paul. Pese al realismo objetivo de la técnica, el director nos convierte en cómplices de los amantes en esta vergonzosa circunstancia. Miradas de reproche de ella por la presencia de una esposa que ignora todo lo que pasa a su alrededor, intentos de evasiva de él como respuesta. En cuanto que intrusos dentro de ese consultorio, nos sentimos incómodos, nos queremos ir de ahí, queremos separar nuestra mirada de la mirada de la lente, pero no podemos.

La confesión de Paul a su esposa, sobre el final de la película, nos alivia. Muntean nos da un respiro, nos libera de una tensa complicidad que jamás buscamos pero que tampoco rechazamos. Súbitamente se nos vuelve a ubicar en un rol neutral para presenciar el mejor desenlace posible, el de la verdad. Si se está dispuesto a atravesar la dolorosa experiencia que nos propone, será imposible, entonces, dejar pasar una obra como Aquél Martes Después de Navidad.

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