A Sala Llena

#ASLTIBURONES | Maldita Tintorera

Durante los años 70 y 80 hubo una proliferación de rip-offs de los más grandes éxitos de taquilla: películas que se aprovechaban de esos éxitos a puro descaro y con un presupuesto muy inferior. Italia fue algo así como la meca de las rip-offs, y las películas más “citadas” fueron El exorcista, Mad Max y, claro, Tiburón. La ventaja que había a la hora de robar de una película como Tiburón es que el tiburón podía reemplazarse tranquilamente por algún otro bicho de mar al que se le daba por matar gente, y se abría todo un abanico de posibilidades que, sin ir más lejos, Joe Dante y Roger Corman supieron aprovechar como nadie en la inmortal Piraña, que tres años después tendría su secuela de la mano del italiano Ovidio Assonitis (quien antes había sido responsable de Un pacto con el diablo -o Chi sei?, o Beyond the Door-, rip-off descarado pero efectivo de El exorcista, y de Tentáculos, o Tentacoli, sobre un pulpo asesino) y de un jovencísimo James Cameron que, dicen, no tuvo mucho que hacer porque Assonitis se adueñó de la película.

Pero algunos realizadores decidieron que la estafa iba a ser total, y así tenemos El último tiburón (L’ultimo squalo, 1981), de Enzo G. Castellari, responsable de montones de rip-offs y, también, de Aquel maldito tren blindado, cuyo título internacional, The Inglorious Bastards, fue rip-offeado por ya sabemos quién. El último tiburón le roba tanto, pero tanto, a la película de Steven Spielberg y la novela de Peter Benchley en que se basó que los estudios Universal lograron sacarla de cartel. La historia es apenas una pequeña variación de la de la película de Spielberg, y chorrea grasa ochentera desde su misma secuencia de títulos, donde un joven hace windsurf al son de una canción imposible. Pero el hecho es que Castellari tiene estilo y sabe narrar en imágenes, y es así como todas las secuencias de ataques tiburoniles terminan resultando memorables, con unos ralentis bellísimos y un montón de grandes ideas. También el propio tiburón es una obra de artesanía muy pero muy lograda, y Castellari lo sabe y nos llena de planos que nos hacen apreciarlo bien. Los roles protagónicos de James Franciscus y Vic Morrow le suman varios puntos más.

Por el contrario, Lamberto Bava supo perfectamente que el bicho de su Shark: Rosso nell’oceano (1984, conocida aquí con el título El devorador) era un coso de gomaespuma sin ton ni son, y es por eso que lo muestra en planos de muy corta duración, y por partes. Igualmente, el monstruo en cuestión, una especie de tiburón deforme con tentáculos, tiene su encanto y parece la versión gore de alguna criatura de programa infantil local de la época. La película, basada en una idea original de Lamberto Bava junto a dos grandes como Luigi Cozzi, discípulo de Argento, y el maestro del giallo Sergio Martino (todos firmando con sus seudónimos en inglés, o sea John Old Jr., Lewis Coates y Martin Dolman) y con cuatro guionistas entre los que se encuentran Dardano Sacchetti y Gianfranco Clerici, presentes en buena parte del cine de terror italiano de los 70 y 80, combina una historia totalmente derivativa de Tiburón sobre los ataques de esta criatura en un pueblo costero de Florida con una intriga científico-corporativa que incluye algún que otro asesinato que parece salido de un giallo de la época. Nada termina de cuajar demasiado, pero la película es muy divertida, Bava Jr. tiene oficio y hay música de Fabio Frizzi, el compositor fetiche del gran Lucio Fulci, lo cual siempre es bienvenido.

Volviendo unos años atrás, más específicamente a 1977, y mudándonos a México, aunque en coproducción con Inglaterra, tenemos al más extraño de los rip-offs de Tiburón. ¡Tintorera!, extravagancia del inefable René Cardona Jr. (el mismo de Fiebre de amor, la de Luis Miguel y Lucerito, entre otras tantas películas que abarcan todos los géneros habidos y por haber), resulta llamativa desde su duración: 126 minutos. Y los ataques del tiburón del título son más bien esporádicos, si bien la caza de tiburones es un tema recurrente durante toda la película y hay, suponemos, un poco más de rigor científico ya que está basada en una novela del especialista en tiburones Ramón Blanco y casi todas las escenas subacuáticas fueron filmadas con animales reales (dos años después, Blanco rodaría Mar asesino, documental sobre tiburones, junto a René Cardona Sr.). El resto de la película gira en torno a dos chongos en sunga (Hugo Stiglitz y Andrés García) y sus múltiples conquistas, que derivan en la formación de un trío poliamoroso junto a Susan George que abarca gran parte de su segunda mitad. El homoerotismo entre los dos personajes masculinos está más que claro desde el primer momento, pero todo este elemento va en un crescendo que termina de explotar en una escena en la que Stiglitz deja en claro su amor por García. De más está decir que, en una película de explotación como esta, toda esta subtrama es al menos sorpresiva. Pero el hecho es que termina siendo el elemento más importante de la trama, y toda la última porción de la película consiste en Stiglitz queriendo vengar la muerte de su amado en manos de esa tintorera maldita.

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