A Sala Llena

Autómata

(España/ Bulgaria, 2014)

Dirección: Gabe Ibáñez. Guión: Gabe Ibáñez, Igor Legarreta y Javier Sánchez Donate. Elenco: Antonio Banderas, Birgitte Hjort Sørensen, Melanie Griffith, Dylan McDermott, Robert Forster, Tim McInnerny, Andy Nyman, David Ryall. Producción: Antonio Banderas, Sandra Hermida, Danny Lerner y Les Weldon. Distribuidora: Independiente. Duración: 109 minutos.

La vida humana está sobrevalorada.

Definitivamente si hay un género que casi no recibe atención por parte de la gran mayoría de los cineastas hispanoparlantes, es la ciencia ficción más tradicional. Ya sea que sopesemos el sector industrial o los confines alternativos de la pluralidad de naciones involucradas, lo cierto es que por lo general es el terror quien se adueña de esa pequeña parcela que podría ocupar alguna de las vertientes de la fantasía especulativa. En esto tiene mucho que ver las limitaciones del “sentido común” de los realizadores y su patética educación, orientada a asignarle demasiadas necesidades de producción a determinadas obras y optar en cambio -una vez más- por la previsibilidad ajada de la comedia o el drama.

Por supuesto que en esta coyuntura la vieja excusa de no poder abarcar materialmente el género de turno obvia la posibilidad de convites minimalistas centrados en el presente (no todo debe ser sí o sí un futuro derruido) y oculta el hecho de que a los responsables no se les suele caer ni una sola idea (a pesar de que directores y guionistas se la pasan refritando clásicos del horror, le tienen pánico a su primo hermano, el de las reflexiones sutiles). Cuando ya no teníamos más esperanzas al respecto, aparece Autómata (2014) como un bálsamo destinado a remarcar la capacidad de nuestros países en cuanto a la construcción de propuestas maravillosas que no tienen nada que envidiarle a Hollywood y sus aledaños.

Ahora bien, podemos llevar la aseveración aún más allá y afirmar que esta faena supera con creces al promedio estadounidense actual dentro de la categoría: mientras que las distopías del norte aburren con su infantilismo y pobreza conceptual, el opus del español Gabe Ibáñez retoma lo mejor de su linaje con vistas a explotarlo de manera concienzuda, complejizando las exhortaciones históricas sobre la inteligencia artificial y combinándolas con una buena dosis de acción. En esencia estamos ante un rip-off de Blade Runner (1982), quizás no enteramente una copia al carbónico pero sí un homenaje de rasgos explícitos, que vuelve a instalar la atmósfera de film noir en una gesta de nihilismo y revoluciones varias.

Hoy las tormentas solares son las causantes de un páramo radiactivo que se extiende por todo el globo, redujo la población a sólo 21 millones de personas e impuso un proceso de regresión tecnológica al destruir las comunicaciones. La corporación ROC creó el Pilgrim 7000, un androide que en un primer momento fue utilizado para edificar las murallas de las últimas ciudades y luego se transformó en un asistente full time de los hombres, un ser equivalente a un esclavo. De improviso nos topamos con un aggiornamiento de las leyes de la robótica de Isaac Asimov, en esta ocasión rebautizadas “protocolos”: el primero preserva toda forma de vida y el segundo impide cualquier alteración de los autómatas a sí mismos.

Suplantando el existencialismo decadentista de Philip K. Dick por el humanismo racional de Asimov, la película sigue la investigación del agente de seguros Jacq Vaucan (Antonio Banderas) a partir del descubrimiento de un puñado de robots con características muy especiales. La perspicacia del film radica en que a lo largo de su desarrollo narrativo evita tanto la levedad del devenir contemporáneo de la ciencia ficción como la angustia de la orilla más meditabunda, volcándose de a poco hacia el desconcierto del protagonista ante lo hallado y su desesperado periplo en pos de subsistir, el cual -desde ya- empalma con la vivificación de la cibernética y la denuncia del comportamiento de los “monos violentos”.

Aquí Ibáñez por suerte repite el equipo de su interesante ópera prima, Hierro (2009), aquel thriller hitchcockiano acerca de la maternidad: la fotografía de Alejandro Martínez y el diseño de producción de Patrick Salvador están a la altura de un verosímil sustentado en un realismo circunspecto (los Pilgrim no son objetos vintage sino una necesidad del relato), una rusticidad a la Neill Blomkamp (la presencia de guetos ratifica la segmentación política de la estructura social propuesta) y una inversión de la dialéctica cyberpunk (pareciera que únicamente la autonomía de la tecnología nos podrá salvar de nosotros mismos). Las máquinas son ese “otro” que genera temor y hace que sobrevaloremos nuestra existencia…

calificacion_4

Por Emiliano Fernández

 

Humano, demasiado humano.

Leyes de la robótica:

Ley 1: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

Ley 2: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.

Ley 3: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

El temor de la humanidad hacia los androides ha ocupado gran parte de la literatura y el cine de ciencia ficción desde la segunda mitad del siglo XX. Dentro de este abanico futurista, el divulgador científico y novelista Isaac Asimov y el escritor Philip K. Dick, entre otros precursores, fueron los que se atrevieron y consiguieron introducir las ideas más revolucionarias sobre la inteligencia artificial en la literatura y crearon así obras inmortales como Yo, Robot y la extraordinaria saga de Robots, en el caso de Asimov, y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en el caso de Dick.

En un mundo devastado por las explosiones solares y el cambio climático, los sobrevivientes de los cataclismos apocalípticos se han convertido en dependientes de autómatas restringidos con las dos primeras leyes robóticas de Asimov, omitiendo la tercera. En medio de esta distopía cuya estética emula a la contaminada e insalubre ciudad de Blade Runner, la adaptación cinematográfica de Ridley Scott de la novela de Dick, Jacq Vaucan (Antonio Banderas), un agente de seguros de la compañía que monopoliza la fabricación, venta, supervisión y reparación de los robots, investiga el mal funcionamiento de un autómata que se estaba auto reparando.

La segunda película del director y guionista español Gabe Ibáñez crea una atmósfera asfixiante para encontrar a través de la filosofía existencialista el camino de la evolución del concepto de inteligencia artificial y la necesidad de la vida de abrirse camino en situaciones límite. La sensibilidad clasicista que el director de origen madrileño crea a través de la exposición de los personajes a situaciones límite, tiene como corolario la tradición literaria de la ciencia ficción que suele mezclar el género fantástico, los avances científicos y el género policial para darle ritmo a la historia a través de una investigación que conduce a Vaucan hacia lo impensable.

La escenificación de un mundo burocrático donde la mayoría de la población vive en la más absoluta pobreza y tener empleo es un lujo, junto a la peregrinación de los autómatas por el desierto hacia las zonas radioactivas, es extraordinaria y forma parte del homenaje a la tradición literaria de la ciencia ficción, uno de los principales aciertos de Autómata.

La gran actuación del versátil Antonio Banderas, como burócrata fuera de su ámbito, completa esta gran obra que se convertirá en un clásico indiscutible del género de robots por su trabajo visual, su original enfoque de la vida artificial y su extraordinario guión, cuyo final es hermoso y nos interpela susurrándonos que algo hemos perdido en las arenas movedizas de la lógica de la razón instrumental. Al fin y al cabo, seguimos siendo humanos, demasiado humanos.

calificacion_4

Por Martín Chiavarino

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