A Sala Llena

Blancanieves

(España/ Bélgica/ Francia, 2012)

Dirección y Guión: Pablo Berger. Elenco: Maribel Verdú, Daniel Giménez Cacho, Ángela Molina, Inma Cuesta, Sofía Oria, Ramón Barea. Producción: Ibon Cormenzana, Jérôme Vidal y Pablo Berger. Distribuidora: IFA. Duración: 104 minutos.

Blancanieves, de Pablo Berger, integra una particular lista de películas que emulan al cine mudo, integrada por La Antena de Esteban Sapir, El Artista de Michel Hazanavicius, Tabú de Miguel Gomes y la filmografía del canadiense Guy Maddin. Como el Pierre Menard de Borges, que reescribe textualmente el Quijote, estas cintas reviven el pasado, pero al hacerlo en el presente son necesariamente distintas al modelo que copian.

Berger reelabora el cuento de los hermanos Grimm aludido en el título. La heroína, en este caso, es la hija de un famoso torero sevillano, Antonio Villalta, quien sufre un accidente durante una corrida de toros y queda parapléjico. El mismo día, su esposa muere al dar a luz a una beba, y Antonio, doblemente entristecido por su tragedia y la de su amada, rechaza a su hija. Carmencita, entonces, es adoptada por su abuela, mientras Antonio se casa con Encarna, la enfermera que lo cuida durante su convalecencia. Varios años después, esta abuela fallece, y la niña se traslada a la estancia de su padre, donde descubre que Encarna mantiene a Antonio recluido en un dormitorio, mientras ella disfruta del dinero y el prestigio del apellido Villalta. De todos modos, Carmencita logra construir una relación con su padre, pero Encarna los detiene. Tiempo más tarde, sobrevive a un intento de asesinato, aunque pierde la memoria en el proceso, y cuando un grupo de toreros enanos la rescata, ella pasa a formar parte de su espectáculo itinerante.

Como en las películas mudas, la cinematografía es en blanco y negro y los diálogos aparecen en intertítulos. Habituados a la verosimilitud del cine sonoro, nunca dejamos de advertir lo que falta: las voces, el berrido del toro, el clamor del público. Blancanieves, como El Artista, La Antena y Brand Upon the Brain! de Maddin, aprovecha la irrealidad y el clima onírico del cine mudo para transportarnos a un territorio fantástico. Sin embargo, en la película de Berger, esta evocación del pasado es casi decorativa. Maddin, Sapir y Gomes, en cambio, son más ambiciosos. Sapir imagina una ciudad distópica, en la que la falta de voz simboliza la restricción de las libertades. Y a través de sus narradores, cuyas voces remplazan las de sus personajes, Maddin profundiza en los misterios de la memoria personal y Gomes, en el trauma colectivo de la historia nacional.

Berger se contenta con un homenaje cinéfilo, pero transmite mucho amor. Blancanieves es una película generosa, conducida por actores que entienden el proyecto. Maribel Verdú, como Encarnación, es una malvada memorable, y Macarena García es tan inocente y hermosa como reclama el personaje de los hermanos Grimm. El de Berger es un cuento de hadas melancólico y sus trágicas escenas iniciales, aunque respetan las convenciones del género, presagian el sorprendente y triste final. El mundo de la ficción y quienes la integran son frágiles, como muñecos de porcelana, y por eso solamente pueden existir en una película muda, preservados en imágenes monocromáticas.

calificacion_3

Por Guido Pellegrini

 

Pablo Berger se mete con la jodida faena de la manipulación de un cuento de hadas tradicional; historia además llevada al cine desde la época de aquellas películas mudas que el propio Berger pretende emular. Y que tuvo tantísimas versiones -desde la más famosa producida por Walt Disney en 1937 a la de horror con la teniente Ripley en el papel de madrastra terrible- pero ninguna análoga a la idea del director que aquí nos incumbe.

Y digo ninguna porque a pesar de las vueltas de tuerca de otras producciones que llevaron al cuento de hadas al porno, al horror o al musical, ninguna logró darle tanta identidad específica a una Blancanieves protagonista que ganaba en mito con su ambigua ubicación geográfica y su vaga pertenencia cultural. Y Berger nos presenta a su bella Blancanieves andaluza; hija de un torero leyenda y una cantante de flamenco que ocupan el vetusto lugar de los reyes.  Esta nueva identidad se logra rápido –literalmente en segundos- con un prólogo que encabronó a algunos españoles pavos que pensaron que la película podría llegar a ser responsable de algún tipo de estigma relacionado a las corridas de toros.

Sin embargo, la apropiación de Berger, esta Blancanieves de toros, flamenco, gazpacho y vino tinto,  es más un cuento sevillano que una españolización del mito. Los ofuscados, en todo caso, deberían haber sido los andaluces.

La Blancanieves sevillana, en la superficie, sigue los pasos del cuento popularizado por el texto decimonónico de los Grimm; su madre muere al parirla y, luego de unos años de felicidad con su abuela, se va a vivir con su padre y su ególatra madrastra del averno, que en esta ocasión reemplaza al famoso espejo por una cámara fotográfica y las portadas de las revistas del corazón. Tal reemplazo no es menor, porque además del otorgamiento de identidad, hay en esta versión una búsqueda de realismo. No desde el naturalismo sino desde la racionalización, pecado que no ensucia el tratamiento gracias a la puesta final del mismo Berger y sus colaboradores.

Pero no sólo hay en esta Blancanieves una nueva identidad, Berger se asume como mitólogo -aunque paradójico, porque no sólo deconstruye el mito del cuento de hadas sino que crea su propia figura mítica- y realiza una subversión de los valores burgueses transmitidos en los textos de los Grimm. Aquí Blancanieves es la torera impensada, la mujer que deja el lugar sumiso del cuento para transformarse en la heroína de la tauromaquia; generando así su propio espacio de poder, acción negada por los hermanos Grimm en su universo de mujeres pasivas que esperan al príncipe otorgador de vida. Acción que junto a la inclusión en la historia del representante sin escrúpulos que se aprovecha de su analfabetismo para esclavizarla ad eternum, sintetiza la visión del realizador.

La puesta en escena logra su máxima expresión, su potente lenguaje cinematográfico, en un clímax extenso que pone a Blancanieves en el centro de la plaza de toros más espectacular del mundo, en el lugar de su padre, donde se termina de transformar frente a nuestros ojos en un mito mucho más majo que el que conocíamos.

calificacion_3

Por Ernesto Gerez

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