A Sala Llena

Blue Valentine, según Rodolfo Weisskirch

Emulando a Gena y Seymour

Imposible olvidarse de John Cassavetes. Y mucho más difícil, imitarlo, reconstruir su magia, construir las interpretaciones que lograba con su pequeño grupo de “amigos” al punto de hacer creer a público cinéfilo y críticos, que solo estaban viendo el resultado de largas sesiones de improvisación. Y no era así. Todo estaba planeado.

Algunos crédulos creyeron ver en Nick, su hijo, el legado de John. Idiotas. Nick destruyó la imagen de John cuando realizó el último guión que dejó su padre: Cuando Vuelve el Amor, solo Gena Rowlads (Mamá) quedaba del legado Cassavetiano en ese film… y un pequeño tributo de Travolta, el resto era para el olvido (especialmente la actuación de Sean Penn).

Pero varios cineastas jóvenes comprendieron y aprendieron, lo que Nick no pudo. Hacer un cine honesto, fuera de los márgenes convencionales de Hollywood. Historias creíbles con personajes queribles y odiados. Discursos que vayan más allá de los personajes, de los actores y sobrevuelan el pensamiento del resto de los mortales. Así era el cine cassavetiano. Una constante exigencia de sacar al ser humano en alma y existencia. Un ejercicio actoral, el “ser uno mismo” en el escenario de la vida.

Y sí, se puede encontrar un pedacito de Cassavetes en Sofía Coppola, un pedacito en Rebecca Miller, un pedacito en la pequeña Zoe (hermana menor de Nick). ¿Acaso las directoras comprenden mejor el universo cassavetiano que los hombres? Es posible, acaso en los años ’70 John Cassavetes ¿no comprendía mejor a las mujeres que cualquier otro director de la década?

Pero aún así… siempre falta algo. Quizás los mejores exponentes no sean aquellos indies estadounidenses que hacen obvia la instrucción, sino aquellos que revivieron sus historias en universos propios, como por ejemplo Abel Ferrara que hizo una más que elogiable remake de The Killing of Chinese Bookie con Tales a Go Go. O los brasileros Luis y Ricardo Pretti, Guto Parente y Pedro Diogenes con Estrada para Ythaca recreando el espíritu de Maridos.

Lo de Derek Cianfrance, se acerca al primer grupo: el de los nuevos indies del cine estadounidense que emulan a Cassavetes por su independencia y temática, y no tanto por lo que sus films dejaron. Más allá de este aspecto, no puedo negar, que como me advirtiera mi colega Tomás M. Luzzani, hay mucha estética de John en esta trunca historia de amor.

Dean y Cindy son dos perdedores, fracasados en el amor que se encuentran, cuáles Minnie y Moskowitz. Se enamoran y no pueden imaginar la vida, sin el otro. Al menos, eso nos muestra Cianfrance en los sucesivos flashbacks que interceden en el presente no tan optimista de la pareja.

En el presente, tienen una hija. Cindy es una enfermera cuya carrera está en ascenso. Dean se ha quedado en sus sueños. Su única meta en la vida es criar a Frankie, sobrevivir a Cindy y tomar cerveza. Pero, al igual que en los films cassavetianos, el alcohol no es EL conflicto, sino un vehículo que provoca que el matrimonio desbarranque.

Es un romance triste, con final predecible. Cianfrance utiliza el mismo recurso que ya habían usado Gaspar Noé en Irreversible o Francois Ozón (sin mucho más cerca de este) en Vida en Pareja: mostrarnos la felicidad al final, para conseguir que no podamos creer la infelicidad inicial que, temporalmente hablando corresponde al desenlace. El interrogante es COMO está pareja llegó de un punto a otro.

A pesar de que no es muy original el planteo, es ingenioso el desarrollo, y sobretodo honesto. Tan real acaso, que las situaciones se hacen demasiado densas y dolorosas. Hay mucha intervención de parte de los actores en la resolución narrativa, ya que ellos aportan, la espontaneidad, el rigor y la verosimilitud necesaria para que el relato y el ritmo no decaigan. Tanto Williams como Gosling conforman una pareja tristemente creíble, melancólica, austera, reprimida emocionalmente. La violencia es real, cruda. El sexo, adquiere una relevancia que va más allá del acto en sí: la definición de qué es, esa pareja. Un retrato de juventud sin sueños, que vive el día a día, golpeándose constantemente, mientras trata de definir ingenuamente, “que es el amor”.  

Cianfrance logra mantener a los personajes a una distancia prudencial para no volver la historia en una telenovela de la tarde, pero también mantiene un tono frío y sombrío para no lograr una total empatía. En ese sentido, más allá de que Cassavetes tampoco transformaba sus tensos romances en telenovelas, uno podía sentir respirar al lado suyo a cada personaje. Pero ese era el poder de Rowlands, Gazzara, el mismo Cassavetes, Peter Falk o el gran Seymour Cassell. No quiero menospreciar con esto a Gosling y Williams que son, sin duda lo mejor del film (el juego de sonrisas y miradas que hacen cuando se conocen es fantástico, un lujo en el cine contemporáneo), pero aún les falta un poco para cautivar con espontaneidad pura, que el cine estadounidense se niega a mostrar, hace mucho, mucho tiempo.

El montaje está pensado desde el guión y la paleta de colores primarios elegidos por el director de arte y de fotografía son una gran compañía del dúo interpretativo, así como la hermosa banda sonora.

Cuesta seguirle las huellas al director de Opening Night o Torrentes de Amor, pero acaso se puede tener cierta esperanza: solo basta comparar el último maravilloso plano de Blue Valentine con el de Maridos. Ahí, hay algo más que esencia o espíritu.

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