A Sala Llena

Bon Appetite

No sé que me pasa, pero estoy muy vaga con las tareas de la casa. No estoy moviendo ni uno solo de mis preciosos deditos últimamente, ni siquiera para lavar los cuatro vasos locos que hay en la pileta desde hace unos tres o cinco días. No sé si es el calor, o la humedad, o el hecho de que me esforcé mucho durante la Navidad, pero la realidad es que para este Año Nuevo, todavía no he puesto mi nidito de amor en condiciones.

Hasta este día, mi media naranja y yo, no sabemos si lo vamos a pasar solos o acompañados, por lo cual no me he aventurado aún a salir por ahí a comprar comida, a hornear galletas, a preparar postres ni a nada que se le parezca. Lo cierto es que, hasta este medio día, no se me caía una sola idea de la cabeza con respecto a la organización del asunto de Año Nuevo.

Me senté a mirar la tele y haciendo zapping me encontré con el programa de Maru Botana.  Todo el mundo en ese show se estaba cagando de risa, así que me quedé a ver. Particularmente, adoro la comida de la rubia del canal de las pelotas, sobre todo porque es un poco quilombera y, mas que nada, porque las cosas no le salen casi nunca perfectas, pero siempre se ven mas ricas que cualquier cosa que yo haya visto cocinar en la tele. Todo parece voluptuoso, generoso, grande, chorreante, increíblemente tentador…

Como tenía hambre, no me pude despegar del televisor. Primero hizo unos sándwiches de miga  con masa de brioche (no tengo idea de qué carajo es  eso pero se veían fantásticos) y los metió a todos dentro de una especie de caja redonda, comestible también, hecha creo yo, con la misma masa. Los sándwiches eran de jamón crudo, tomate, queso, mayonesa, lechuga y no se cuantas cosas mas que te hacían caer redondamente la baba. Armaba un disco con la miga, lo rellenaba y después lo cortaba en triangulitos y los acomodaba dentro de la caja uno por uno. Les juro que, de haber podido,  me hubiera tirado de cabeza adentro.

Cuando terminó con la caja de sándwiches, se fue patinando (si, andaba en patines) para el lado opuesto de la cocina y entonces empezó a armar algo que, no les miento, creo que casi me hace llorar. Tengan piedad de mi, era el medio día, me había levantado temprano, había a penas desayunado dos tazas de mate cocido con budín ingles,  mas  unos quince palitos de la selva, que habían elevado tanto mi azúcar en sangre que me dejaron poco menos que rebotando contra las paredes y hablando pavadas.

Se trataba de algo que se llama Couliac Relleno.  Es una cosa gigante que lleva, entre otras cosas que se me escaparon, salmón rosado, huevos revueltos abundantes, bien condimentados y remojados en salsa tabasco, champiñones por manojos, arroz blanco con salsa de soja, como cuarenta panqueques y no sé cuantos ingredientes alucinantes mas, todos envueltos en una masa elástica,  que los contiene por completo y que se va derecho al horno para cocinarse de manera sublime.

No pude ver como lo terminaba. Me fui corriendo a llamar al delivery para que me trajera cualquier cosa que tuviera salmón adentro. Como quien dice, comí por los ojos y me terminé dando una panzada de salmón, rúcula, queso crema, bagel y ensalada de verdes con vinagreta agridulce. Como me quedaban uno o dos palitos de la selva, me los engullí de postre y me quedé pipona, mas tranquila, ya meditando otra vez  la cena de Año de Nuevo.

Estuve un rato largo pensando en esas películas que te abren el apetito. Hay films que están enteramente dedicados a la comida y a esos, es mejor verlos con algo a lo que hincarle el diente cerca para no pasar todo el tiempo con la boca hecha agua. Hay otros que, aunque la trama no tenga que ver en lo absoluto con el arte culinario, igualmente están dentro de la colección de imágenes que nos disparan las ganas de comer o, porqué no también, las ganas de cocinar.  Es que el cine tiene esa forma tan eficaz de invadir nuestros sentidos, esa manera tan penetrante de cambiar nuestros deseos, de trastocarlos, de convertirlos, de volverlos nuevos y desconocidos.  Es curioso como cada vez que encaramos una película, ya sea en la oscuridad misteriosa de una sala de cine o en la comodidad blanda del sofá de nuestro living, casi siempre y para completar la experiencia audiovisual, nos hagamos de chocolates, pochoclos, papas fritas, café caliente, mate amargo, tortas fritas o lo que sea que nos haga la cosa mas completa, mas sensual, mas emocionante. Es por eso que hoy y a modo de “guía práctica” para la cena de Año Nuevo, me gustaría armar una lista de películas que han estimulado tanto mi vista y mis oídos, como mi apetito. Pueden tomar esta lectura, como un manual de ayuda para cuando necesiten reencontrarse con un sabor particular o un aroma perdido que los transporte a lugares felices.

Empecemos por un ejemplo fácil: para quienes quieran disfrutar del sabor del café en alguna tarde de primavera, sentados afuera, mirando a la gente y a sus mascotas vagar por la ciudad, recomiendo la ya recordada en esta columna Tienes un E-mail. En este film, Tom Hanks y Meg Ryan, se la pasan saboreando sus variedades de café de Starbucks, mientras leen libros o caminan o, simplemente, se enamoran. Es un película amigable, como el sabor de un buen café con leche calentito, que si se acompaña con una media luna, se vuelve casi una muestra pequeña del paraíso.

Sigamos con algo un poco mas sofisticado: supongamos que estamos de humor para  comida exótica. Algo de sabor diferente, algo aventurero, un poco extravagante, que nos haga sentir sexys, mundanos, intrépidos. Un buen banquete jamaiquino por ejemplo. Si es así, En sus Zapatos, la película del 2005,  dirigida por Curtis Hanson y protagonizada por Toni Collette y Cameron Díaz, puede llegar a ser la opción que satisfaga ese apetito. En ella, vemos a Toni Collette, cocinar para su novio, ir de tour gastronómico por toda la ciudad e incluso casarse en un restaurante jamaiquino, con un buffett increíblemente apetitoso y llamativo. Muy moderno, romántico, original y para nada pretencioso. Una buena opción para los que gustan de comer parados, charlar animadamente,  probar nuevos sabores y  conocer gente copada, interesante y relajada. Si  por esas casualidades se topan con esta película, asegúrense de verla con una buena cerveza helada a mano y, por qué no, un poco de pescado frito crujiente y alguna salsa agridulce.

Supongamos ahora que tenemos antojo de comida francesa. Imaginemos por un rato, que viene nuestra suegra a pasar el Año Nuevo y queremos dar el batacazo con algún plato elegante que la deje en orsai. Por ejemplo, beef bourguignon, una especie de estofado hecho a base de carne, verduras  y vino tinto que se te mete por la nariz y te va hipnotizando hasta dejarte totalmente indefenso. Un plato con sabores complejos y aromas invitantes que lleva horas de preparación minuciosa y de cocción  muy lenta. Toda nuestra casa quedará por días impregnada de ese olor magnífico que parece provenir de algún lugar familiar, pero que por alguna razón, nos parece desconocido, provocativo y  (por qué no decirlo en francés) chic.  Si estamos de humor para darnos el gustazo, podemos elegir de entre varias películas, la maravillosa Julie y Julia. Este film basado en las notas de la bloguera Julie Powell (Amy Adams) y en la vida de la cocinera Julia Child (Meryl Streep), nos muestra de manera muy ilustrativa y clara, la forma más eficiente de preparar todo tipo de platos de la cocina francesa. No se puede encarar esta película con hambre, si es así, el espectador desprevenido no podrá escapar a la necesidad imperiosa de la ingesta de algo que calme su ansiedad y su deseo. Si por estas noches se encuentra usted con el antojo de ver Julie y Julia, recuerde remojar un poco de pan en aceite oliva, agregarle un poco orégano y tenerlo en rodajas al alcance de la mano. Eso por supuesto, si no quiere directamente hacerse el estofado y devorárselo frente a la pantalla de su televisor. Depende, mas que nada, de la voluntad y de las ganas de meterse en la cocina que tenga el lector asiduo y fiel de esta columna.

Si estamos de humor para la pastelería, tal vez podamos encontrarnos con Enamorándome de mi  Ex, si mas bien nuestro ánimo viene por el lado de las pastas La Dama y Vagabundo es un clásico de la cocina italiana, si codiciamos un poco de mediterránea, el banquete de bodas de Mamma Mía tal vez nos ayude, si queremos dejar contentos a los niños y que coman hasta que se les salgan las orejas, podemos optar siempre por el festín de recepción de Hogwarts en Harry Potter y la piedra Filosofal. Les juro que cada vez que veo aparecer mágicamente toda esa comida delante de las narices de los jóvenes magos, mi estómago comienza a expresarse más que ruidosamente, añorando  patitas de pollo fritas, enormes bols de puré de papas con cantidades industriales de manteca, lentejas de chocolates de distintos colores, gelatinas, caramelos y dulces de todas las variedades del mundo. Créanme, sus hijos, sobrinos, nietos, ahijados o lo que sean, son incapaces de resistir semejantes manjares.

Si lo que nos queda por discutir es el postre, Chocolate  es la opción ideal a la cual recurrir ante la necesidad de dulce. Además de tener a Juliette Binoche y a Johnny Depp como protagonistas, esta película es una oda a la cosa mas perfecta que pueda pasearse por nuestro paladar (por lo menos si hablamos de comestibles). Esa especie de hechizo, de encantamiento, de embrujo sin antídoto que es el chocolate. Si se decide por este film mi querido lector, deberá considerar acompañarlo con una buena mouse o con unos brownies esponjosos bañados con helado de crema y salsa de chocolate, o tal vez una caja completa de bombones o unos buenos conitos rellenos de dulce de leche. Tal vez quiera considerar también, un buen licor casero o una medida pequeña de whisky con dos bochas bien grandes de helado y una lluvia torrencial de almendras.

¡Oh si! El cine es sin duda una fuente inagotable de placer, un pasaporte directo al uso pleno, feroz y salvaje de los sentidos.  Es una alfombra mágica, una puerta maravillosa, un pasadizo secreto rumbo a grandes inspiraciones, ideas, trucos y sueños.  Podemos servirnos de él, untarnos con él, rociarnos con él, devorarnos todo lo que tiene para ofrecer y, aún así, quedarnos con ganas de mas, de mucho mas.

Todavía no sé a ciencia cierta cómo voy a despedir este año y a recibir el que viene. Tengo muchos  deseos, sueños y alegrías a los que quiero homenajear con agradecimiento y muchos miedos, fantasmas y pesadillas a los que quiero espantar. A veces no hay nada que funcione mejor que una  buena película y  una flor de comilona como amuleto infalible para atraer  la buena suerte y  exorcizar a los malos espíritus.

Por lo pronto, para esta noche en que mi hombre vuelve cansado, quemado y un poco harto pero poniéndole toooodaaaa la onda: hamburguesas de McDonalds en la mesa y Tiempos Violentos en el televisor.  Siempre que como hamburguesas pienso en esa película.

Nada como una buena porción de comida chatarra y un poco de violencia desnuda para levantarle el ánimo al macho alfa de la manada.

 

FELIZ AÑO NUEVO Y ¡BON  APPÉTIT!

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