A Sala Llena

Boogie Nights…

Hoy estuve de un humor de perros, al borde de la demencia. Mi mañana no arrancó todo lo feliz que me hubiera gustado. De hecho, me crisparon los nervios desde bien tempranito. Los dueños del departamento de arriba decidieron renovar la cocina y el baño así que, esta mañana, mientras yo trataba de tener mi sueño de belleza, reparador y reconfortante, comenzaron a demoler los cerámicos a golpe de maza y con uno de esos taladros neumáticos, que meten un batifondo proverbial y están diseñados para que la gente pierda el juicio en cuestión de segundos. Primero los mandé a la concha de su madre desde mi cama, pero, cuando vi que el exabrupto no surtía otro efecto más que el de asustar a mis pobres gatos, me asomé por la ventana y amenacé con meterles una granada en el trasero si no dejaban de joder con el taladro. ¡Si, así iban a reventar rápido y a terminar el trabajito de una sola vez! Por supuesto, nadie me dio ni tronco de pelota y los trabajos siguieron, aún cuando me quejé con dos de los porteros y con el administrador. Fui bastante razonable, les dije que la maza me la bancaba, pero que el taladro era demasiado. Parece que en este edificio la gente no está familiarizada con el concepto de contaminación sonora, así que sonrisita va, sonrisita viene, me mandaron a lavar los platos. En fin, al carajo… Si pierdo la cordura y los dinamito a todos, se van a tener que ir a cantarle a Gardel.

Más tarde, tratando de anular el ruido infernal que me agigantaba la cabeza, me preparé un mate cocido, me cambié y me encaminé a la clase de pilates. Siempre viene bien tener el culo parado, cuando una está medio al borde de la chifladura. Respiré hondo, traté de que el sol y la ciudad se me metieran por los poros y arranqué mi caminata, solo para descubrir que a la redonda, había por lo menos 20 obras más con el mismo taladrito.  Por suerte, mi Chuchi hizo una entrada estratégica por teléfono y pudo cambiarme significativamente el humor. Mientras yo caminaba por las veredas de mi barrio como la lady que soy, me contó que llegó al trabajo, prendió la computadora y, sin ningún tipo de aviso, el anime porno (hentai) con el que habíamos estado recreándonos anoche, le había estallado en la nariz en plena oficina. Aparentemente pudo salvar la situación pasando por mermo, pero no creo que haya rescatado demasiado la dignidad, porque sé que su oficina es totalmente vidriada.

Riéndome a mandíbula batiente, encaminada a mover mi esqueleto, se me ocurrió que ya era hora de hablar un poco de pornografía en esta columna.

Una de las primeras expresiones que tuvo el cine, fue la pornografía.  De hecho, la industria del cine pornográfico, ha crecido a la par de la del cine convencional desde el principio de su historia.  A penas el mundo pudo ver imágenes en movimiento en la gran pantalla, casi simultáneamente, algunas de esas imágenes se convirtieron en eróticas, picarescas o pornográficas. El cine había llegado a saciar una necesidad imperiosa, que ya había sido semi atendida por la fotografía y la pintura, pero que ahora podía darse el lujo de tener una ilusión completa al alcance de los ojos (y las manos, cuac) del espectador. Imágenes en movimiento, erotismo en movimiento y, la mejor parte,  voyerismo sin consecuencias.

Dentro  del universo femenino, la pornografía suele estar casi vedada. Algunas mujeres (entre las que me encuentro) pueden hablar sin tapujos acerca de su gusto por la pornografía pero, el sector, es bastante reducido. Y no me refiero a las que se lo cuentan a sus amigas en charlas de café, si no a las que pueden expresarlo naturalmente en cualquier ámbito.  Después, hay unos cuantos grupos más. Está el grupo que no se la permite ni en sueños, el que la oculta, el que la ignora, el que la denosta, el que la politiza, el que la demoniza y, el más jodido de todos y por el que siento particular preocupación: el que dice que no le causa nada o peor, que le causa asco. Este último grupo suele estar compuesto por mujeres que no se permiten el placer y que incluso le han tomado miedo. Un miedo tan grande, que ni siquiera en la soledad del pensamiento, pueden liberarse. El machismo ha hecho mucho daño en estas cuestiones y, por supuesto, ni hablar de las religiones que, me atrevo a decir por lo menos las más grandes, son denotadamente misóginas y enemigas de la expresión de la sexualidad femenina. Por supuesto (y como en casi todo lo que respecta al tema) los hombres tienen una relación más abierta con la pornografía y, para ellos el ritual, llega casi a la categoría de inevitable. Es cierto también, que el hombre es un animal cuya estimulación erótica está fuertemente apoyada en lo visual, mientras que la de la mujer es menos clasificable y más misteriosa. Tal vez sea por eso, que la mayoría de la gran producción de cine pornográfico del mundo, está dirigida al público masculino. Pero no se confundan, para la mujer la pornografía también es increíblemente disfrutable, es tremendamente estimulante y se constituye de manera diferente, pero también contundente, en puerta al disfrute y al placer.

Muchas de las razones por las cuales la pornografía y su goce están confinados no solo al ámbito de lo privado si no, más bien, al de lo escondido, tienen que ver con el prejuicio que se tiene acerca del mundo de la producción de pornografía. Occidente, se relaciona mejor con lo que lo excita, si esto tiene una pátina de “prohibido”, de “tabú”, de “transgresión” y es por eso que le adjudica esas características a un medio que, cuando es compuesto, protagonizado y consumido por adultos responsables y conscientes, no tiene más oscuridad que la inherente a cualquier ámbito de la naturaleza humana. La película que se metió con este tema y desnudó los fantasmas, las estupideces y la hipocresía que se cierne sobre él, es la maravillosa Boogie Nights de Paul Thomas Anderson.

La cinta se estrenó en el año 1997, con un muy joven Mark Wahlberg a la cabeza, pero con Burt Reynolds llevándose todos los aplausos.  El elenco, espeluznantemente bueno, era completado por Julianne Moore, William Macy, Don Cheadle, John C. Reilly, Heather Graham y Philip Seymour Hoffman que también era bastante pebete, pero que ya se perfilaba como una bestia de la actuación cinematográfica.

El film la iba de un muchacho jovencito, de finales de los 70, que tenía un pene extremadamente grande y que huía de casa de sus padres porque la madre era una mujer terrible. Era descubierto por un director de películas pornográficas (Reynolds, su personaje estaba basado en el célebre director y activista William Margold) que lo llevaba a vivir a su casa y le ofrecía una familia, un mundo maravilloso de posibilidades y lo convertía en la estrella de sus películas.  Así, el muchacho pasaba de ser un ilustre desconocido, a vivir en la piel del legendario Dirk Diggler. Como espectadores fuimos invitados a ser testigos maravillados del ascenso, apogeo y caída de la estrella en cuestión, víctima de sus delirios de grandeza y su adicción a la cocaína.

La cinta tenía joyas en casi todos los niveles. Las actuaciones de Julianne Moore, Burt Raynolds  y William Macy (como un asistente de dirección tímido y retraído, devenido en asesino), eran sencillamente espectaculares. El diseño de producción y la reconstrucción de época no tenían falla alguna, la puesta de cámara, increíblemente audaz, era disfrutable tanto para el ojo avezado, como para el espectador inocente, la fotografía de Robert Elswit no podría haber sido más ajustada y el guión, del propio Anderson (que le mereció una nominación al Oscar) era una de las piezas mejor ensambladas que esta servidora ha visto y oído. También cabe destacar el trabajo de Wahlberg, que logró una interpretación sorprendentemente tierna, dulce y casi naif, de un hombre cuyo pene era una máquina perfecta de fornicación y placer.

La película lograba mostrar el mundo de la pornografía, como un lugar verdaderamente integrado por seres humanos, y de manera completamente desprovista de estereotipos. Retrataba el sufrimiento verdadero, la aproximación natural al género, la perversión escondida dentro y fuera de éste, la sensibilidad y vulnerabilidad de las personas y, sobre todo, como el amor de la familia (en este caso de la familia elegida) se sobrepone a todo y puede rescatarnos aún de los lugares  donde parece no haber puerta de salida. Boogie Nights era una cinta excelente, carnal y eufóricamente viva, que se convirtió rápidamente en clásico y que retrataba de manera impoluta, el mundo de la producción de pornografía de los 70 y los 80.  Pero sobre todo, es una buena manera de empezar a ver el asunto desde una óptica mucho más relajada y cercana.

Así que, si andan con ganas de amigarse con  el género, arranquen viendo esta obra maestra que nos pone bien en frente de la humanidad profunda que conlleva y, de a poco, vayan abriéndole las puertas a lo que venga después. Les aseguro que una vez que el velo cae, la vastedad del mundo que hay detrás, les va a volar la cabeza…

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