A Sala Llena

Buenos Vecinos (Neighbors)

(Estados Unidos, 2014)

Dirección: Nicholas Stoller. Guión: Andrew J. Cohen y Brendan O’Brien. Elenco: Seth Rogen, Zac Efron, Rose Byrne, Brian Huskey, Christopher Mintz-Plasse, Carla Gallo, Dave Franco. Producción: Seth Rogen, Evan Goldberg y James Weaver. Distribuidora: UIP. Duración: 96 minutos.

El sistema educativo hollywoodense.

En muchas ocasiones al momento del análisis de los productos del “sector fecalofílico” de la industria se tiende a confundir ficción con documental, homologando la representación de determinado tópico por parte del mainstream norteamericano con la praxis concreta, el devenir del sustrato temático de turno en la realidad. Contextualicemos la hipótesis con la ayuda de un ejemplo circunstancial: que Hollywood considere que todos los estudiantes universitarios estadounidenses son unos imbéciles alienados no quiere decir que de hecho lo sean, por más que encontremos una y otra vez esta “concepción” en una catarata de propuestas insufribles que retrasan décadas en lo referido a un “destape” por hoy vetusto.

Por supuesto que estamos pensando en Buenos Vecinos (Neighbors, 2014), el último mamarracho de la lista, en esta oportunidad combinando la “comedia de fraternidades” con la centrada en conflictos entre moradores contiguos. Sin el más mínimo dejo de sutileza, inteligencia u originalidad, la enorme torpeza del film sólo consigue poner al descubierto el óxido detrás de las fórmulas y la incapacidad del realizador Nicholas Stoller para escapar de los clichés y aggiornar dos subgéneros que tienen su obituario escrito desde hace tiempo. Si bien aquí no hay ánimos de remake, hubiese sido interesante que se tuviese en cuenta a la maravillosamente enajenada película homónima de 1981, el opus final de John Belushi.

La anodina trama se focaliza en los problemas que Mac Radner (Seth Rogen) y su esposa Kelly (Rose Byrne), la típica pareja de atolondrados con una bebé de pocos días, tienen con sus nuevos residentes de al lado, el clan Delta Psi Beta y su presidente Teddy Sanders (Zac Efron), un bobo obsesionado con la organización de la fiesta “más grande de la historia” con vistas a quedar inmortalizado en un muro de reventados por el alcohol y demás “héroes”. Lo que debería ser una escalada de agresiones símil humor negro nunca llega más allá de una farsa inofensiva y hueca, que para colmo aburre desde el inicio en función de chistes malogrados y ese tono inmaduro estándar destinado a captar al público adolescente.

Así como el “sistema educativo hollywoodense” pretende crear un ejército de infradotados que se sientan identificados y celebren la levedad conformista, sostenida a su vez en ídolos “excretados” como el insoportable Rogen o el “infante Disney” Efron, la obra queda atrapada en un círculo de idiotez inconducente en el que la ensalada de lugares comunes y el desconocimiento absoluto de la dialéctica de la ironía provocan indiferencia y/ o hastío, en especial gracias a la unidimensionalidad de los protagonistas y un relato que se pasa de previsible. Alguien debería avisar a los productores aniñados actuales que el “orden explícito” de la comicidad ya sabe a rancio y se acerca al colapso discursivo definitivo…

calificacion_1

Por Emiliano Fernández

 

Damas en guerra.

Lo nuevo de Nicholas Stoller como director se traduce en una comedia ciclotímica, por momentos ingeniosa pero un tanto dispersa, que naufraga cuando se estanca en una suerte de planicie visual y narrativa durante los monólogos a cargo de Teddy (Zac Efron) o la repetición de un chiste hasta agotarlo, como sucede con el del airbag, que en una primera visión resulta explosivo e inesperado (aunque lo hayamos visto en el trailer), pero luego la reiteración termina por desgastarlo.

Como una suerte de híbrido entre Proyecto X, el microuniverso de Kevin Smith y esa cualidad de cine prismático-antropológico que abarca todas las etapas atravesadas por un ser humano, símil Apatow, Stoller -al igual que la figura central de la NCA- explora las zonas oscuras de esa institución denominada “familia” en tono de comedia fumona, alocada, lisérgica y escatológica.

Por eso Mac (Seth Rogen) y Kelly (Rose Byrne)  tienen sexo como los personajes de Apatow: de manera ridículamente incómoda, azotada por la rutina y la pérdida de la pasión post paternidad. Así como Pete y Debbie abrían Bienvenido a los 40 con una escena de sexo frenético en la ducha, Buenos Vecinos comienza con la humillación sexual característica del cine de Apatow: la pareja protagonista intenta tener sexo delante de su hija recién nacida, mientras la pequeña los mira fijamente a pesar de no entender lo que está sucediendo. La confirmación de que Mac y Kelly ya no son jóvenes llegará con la mudanza de sus nuevos vecinos: la fraternidad Delta Psi liderada por el macho alfa, Teddy.

Es que Mac y Kelly son los padres exhaustos que eran Pete y Debbie en Ligeramente Embarazada, esos que se quedan dormidos en el suelo mientras se preparan para una salida nocturna que nunca llegan a concretar. Son dos jóvenes fiesteros atrapados en los cuerpos de unos padres treintañeros y se rehúsan a crecer, a madurar, y por eso viven en una constante lucha contra el tiempo. Es que ser padres primerizos de treinta y tantos  no es compatible con ser cool en el film. Como bien indica el slogan publicitario del poster estadounidense, “familia vs. fraternidad” es el enfrentamiento al que asistiremos durante 97 minutos. Buenos Vecinos mantiene el tono realista asociado a la idea de una pareja que acaba de tener un hijo y cómo su vida tal cual la conocían ya no existe. Así como a Debbie en Ligeramente Embarazada le negaban la entrada a un boliche por ser “vieja”, el líder de los Delta Psi, no invita -en principio- a sus nuevos vecinos a enfiestarse con ellos. Pero estos padres no se comportarán como personajes de su edad y todo el tiempo estarán revelándose contra el comportamiento que la sociedad impone como el correcto.

Pero, al igual que en las comedias de Apatow, cuando uno comienza a rascar la superficie queda al descubierto un fondo extremadamente conservador; lo que no sería un problema. De hecho no lo es en las comedias de Apatow. Pero sí lo es aquí, sumado a la imprecisión del guión en cuanto al timing, lo que produce una pérdida de agilidad en los diálogos. Es que el guión de Andrew J. Cohen y Brendan O´Brien no es lo suficientemente ingenioso ni posee la profundidad y la sensibilidad de Apatow para narrar, pero sí un talento algo discontinuo, que funciona como una suerte de entremés hasta que aparezca otra genialidad de la comedia.

calificacion_3

Por Elena Marina D’Aquila

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